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Optimistas vs. pesimistas. Cambio climático: el reto es impedir daños más graves

El huracán Sandy, en EE.UU.
El huracán Sandy, en EE.UU. Crédito: NYT
Luis Castelli
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27 de mayo de 2018  

Nada más alarmante, más desolador, que hablar del cambio climático: catástrofes, inundaciones, sequías, hambre, migraciones masivas y sacrificios vienen inmediatamente a la imaginación. Sin embargo, la mayoría de los habitantes del planeta no ha incorporado todavía este fenómeno a sus preocupaciones principales. Quizás porque se percibe como un trastorno menor o algo que recién ocurrirá en tiempos o sitios remotos.

El calentamiento global tampoco ha provocado un sentido de urgencia entre los gobernantes. No obstante, ha excedido ya los límites de lo ambiental para convertirse en un problema ético y político. Se trata del desafío más complejo que los países enfrentan hoy: promover un nuevo modelo de crecimiento con menores emisiones de carbono.

Después de la Cumbre Climática de París quedó al desnudo que el dilema de fondo es el siguiente: sabiendo el hombre lo que debe hacer para asegurar su supervivencia en la Tierra, ¿lo hará o no lo hará? Las medidas de contención del cambio climático son incompatibles con el pensamiento de corto plazo. Y resulta dudoso que las demandas de coyuntura sean sometidas a principios éticos estructurales: la conciliación entre política y preservación ambiental es difícil. De allí que las agencias de energía deberían ser independientes de las políticas partidarias, conducidas por personas con alta formación técnica y monitoreadas por una gran participación ciudadana. Solo la educación y la independencia política permiten pensar y actuar en relación con el largo plazo.

El cambio climático es un problema colectivo que exige soluciones igualmente colectivas. Una muy particular configuración de la globalización implica interdependencia, no solo en el desarrollo económico y social sino en la resolución de sus consecuencias negativas. La lucha es gigante. Y cada país -incluso aquellos que poco aportaron a la catástrofe- debe hacer su contribución reparadora en condiciones complejas y hasta en soledad. Una suerte de juego digital multiplataforma a gran escala, con infinitos ordenadores interconectados a un mapa de territorios que se van agotando o ahogando. La sensación es abrumadora: la tragedia ya ocurrió y, ahora, el desafío es administrar los efectos e impedir daños mayores.

Lo estimulante es que se observan tendencias globales de que la humanidad podría evitar los peores impactos del calentamiento global. Está en marcha una revolución de la energía renovable, cuyos costos bajaron un 90% durante la última década. Las inversiones en energía verde siguen aumentando, a pesar de las medidas adoptadas por el presidente Donald Trump, como la salida de los Estados Unidos del Acuerdo de París. Las ventas de automóviles eléctricos crecen y los principales fabricantes se comprometieron a abandonar en breve la producción de vehículos operados con combustible fósil.

La lucha contra el cambio climático exige detener la destrucción de los bosques, cuyas pérdidas se han duplicado desde el año 2000. Contener la deforestación y plantar nuevos árboles son algunas de las formas más económicas y rápidas de reducir las emisiones de carbono. Simultáneamente, es necesario repensar la ganadería, responsable del 18% de las emisiones de gases de efecto invernadero, fundamentalmente por la digestión de los rumiantes.

Es necesario llevar adelante políticas beligerantes con el cambio climático. Para 2050, necesitamos una economía mundial neutra en emisiones de carbono para que la Tierra siga siendo habitable. No hay mayor reto ni mayor incertidumbre. Nada asegura que podamos lograrlo. Tampoco que estemos condenados al fracaso. Por eso, es indispensable intentarlo.

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