Para un régimen paranoico, será difícil volver a confiar en EE.UU.

Fuente: Archivo
Adrián Foncillas
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25 de mayo de 2018  

"Esta ocasión perdida es un momento verdaderamente triste en la historia". El colofón de la carta con la que Donald Trump comunica a Kim Jong-un la cancelación de la cumbre de Singapur es su momento más racional. Antes había alternado los recordatorios de las "poderosas y masivas" armas nucleares norteamericanas con sus deseos de reunirse en el futuro con el líder norcoreano. Parece escrita por "un niño resentido de 12 años rompiendo con su primera novia", juzgaba en Twitter Benjamin Young, reputado norcoreólogo.

La jornada deparó un metafórico contraste: Corea del Norte volaba con explosivos su icónica base de ensayos nucleares frente a la prensa internacional y Trump hacía saltar por los aires la cumbre un par de horas después. La secuencia sugiere un cálculo que algunos verán como el corolario de la inteligencia de Trump y otros como el de sus tácticas arteras. Quizá fuera una coincidencia, pero es improbable que en Pyongyang lo vean así. Parece quimérico que Kim Jong-un vuelva a confiar en Trump.

Trump justificó su decisión en la "tremenda ira y hostilidad abierta" del último comunicado norcoreano. Es difícil contradecirlo. La viceministra de Exteriores, Choe Son-hui, había recuperado ayer los insultos, las amenazas y otros lugares comunes de la retórica norcoreana. "Es decisión de Estados Unidos si quieren encontrarnos en una mesa de negociaciones o en una confrontación nuclear", clamó en la agencia de noticias oficial KCNA. También calificó de "estúpidos e ignorantes" los comentarios del vicepresidente estadounidense, Mike Pence, que había aventurado que Corea del Norte seguiría el destino trágico de Libia si no firmaba el acuerdo con las exactas condiciones que Washington exigía.

Fue la única respuesta esperable tras semanas remando en soledad hacia el éxito de la cumbre. Corea del Norte amontonó gestos de buena voluntad hacia Seúl y Washington desde que empezó la maratón diplomática. Liberó a tres presos norteamericanos, colocó sobre la mesa de negociaciones su sagrado programa nuclear, ignoró las primeras maniobras militares en su patio trasero y ayer desmanteló su silo atómico.

Trump se atribuyó todo el éxito de la negociación y subrayó que Pyongyang acudía por sus eficaces presiones diplomáticas y económicas. La teoría es puesta en duda por la mayoría de expertos. Presentar la cumbre como un acto misericordioso hacia un enemigo humillado no es la mejor estrategia para sentar las bases de una negociación y constructiva. Ningún ego soporta eso y menos uno tan inflamado como el norcoreano. Pyongyang había ofrecido el diálogo desde una posición igualitaria después de los lanzamientos de misiles intercontinentales con teórico alcance de golpear suelo estadounidense.

También escuchó cómo Estados Unidos planteaba la cumbre más como una imposición que una negociación, y le recordaba una y otra vez a Libia. Ese país epitomiza todos los miedos norcoreanos porque Khadafy acabó asesinado y mutilado después de renunciar a su arsenal nuclear. La reciente ruptura del acuerdo de desnuclearización con Irán no debió tranquilizar a un régimen instalado en la paranoia, pero tampoco se escucharon entonces lamentos desde Pyongyang.

John Bolton, consejero de Seguridad Nacional, fue el primero en sugerir la receta libia. Pareció entonces un traspié diplomático, pero no a la luz de lo que siguió. Pence y Trump aludieron a Libia después, y el presidente avanzó que Corea del Norte quedaría tan "diezmada" como el país africano si rehuían el acuerdo.

La estrategia solo se entiende si buscaba arruinar la cumbre y es la más lógica tras el relevo de cualquier perfil dialogante en la Casa Blanca por halcones. Bolton es uno de los artífices de que la administración Bush cancelara el acuerdo que Bill Clinton había firmado con Corea del Norte en 1995 y recientemente desdeñó estas negociaciones como una pérdida de tiempo.

Ese contexto explica la reacción norcoreana de ayer después de haber soportado con sorprendente estoicismo los desplantes.

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