El regreso acelerado a una España ingobernable

Martín Rodríguez Yebra
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26 de mayo de 2018  

Una bomba de efecto retardado aturdió a Mariano Rajoy cuando empezaba a acostumbrarse a la rutina de un gobierno sin estridencias, impotente para impulsar reformas, pero entregado a la placidez de la subsistencia.

Rajoy empezó la semana festejando la trabajosa aprobación parlamentaria del presupuesto que blindaba su gestión hasta 2020 y la termina al borde del derrumbe como consecuencia del descalabro institucional que provocó la sentencia lapidaria de la Audiencia Nacional en el juicio por el caso Gürtel, la mayor trama de financiamiento ilegal en el Partido Popular (PP).

La secuencia de esos hechos retrata un rasgo distintivo de la España marianista: el fallo fue todo menos sorpresivo y, sin embargo, no estaba en los papeles de nadie una crisis dramática que ya alarma a Europa, afectada por el foco de desestabilización abierto en Italia con la inminente asunción de un gobierno populista y anticomunitario.

Rajoy, con su pasividad militante, había logrado llevar a los españoles al umbral de la indolencia después de sobrevivir sin heridas aparentes un sinfín de casos de corrupción en el partido que preside desde 2003, la peor parte de la debacle financiera, el auge de la política antisistema y la rebelión del independentismo catalán.

Y un día el dique desbordó. Los jueces no solo condenaron a penas severísimas a hombres que fueron cercanos a Rajoy. También acusaron al PP de lucrar a sabiendas con esos delitos, en una suerte de doping electoral. Y para colmo pusieron en duda la sinceridad del testimonio judicial que el propio presidente dio en el juicio el año pasado. Su credibilidad como líder quedó oficialmente dañada por la tinta indeleble de la Justicia.

La incógnita socialista

Desconcertado por el peso del desgaste acumulado, el líder conservador recurrió ayer a la receta conocida de asustar con el peligro de la ingobernabilidad. Reaccionó así a la jugada temeraria del secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, de registrar una moción de censura para tumbar el gobierno y asumir la presidencia por la vía rápida.

Sánchez tiene una legitimidad endeble y está escaso de apoyos para ganar la votación. Necesita la mitad más uno de los votos del Congreso de los Diputados: eso se traduciría en la combinación tóxica del populismo de Podemos, los partidos secesionistas de Cataluña, los herederos de ETA y el nacionalismo vasco moderado, que esta misma semana apoyó las cuentas públicas de Rajoy.

Es la misma alquimia inconcebible que le impidió al socialista formar gobierno en 2016 después de casi un año de bloqueo institucional, al cabo de dos elecciones generales sin ganadores claros. La sombra del país ingobernable vuelve a aparecer.

El drama adicional que aqueja ahora a Rajoy es que los liberales de Ciudadanos -en auge en las encuestas- ya no están dispuestos a inmolarse por él. Su rostro visible, Albert Rivera, no se sumará a la moción para llevar a Sánchez a la Moncloa, pero exige a cambio que el presidente convoque a elecciones anticipadas en caso de que el órdago parlamentario fracase.

Susto o muerte, dirían en España. Esa es la alternativa que acorrala a Rajoy. El desastre lo sorprende sin los deberes hechos, presa de la autosuficiencia. El PP nunca se renovó, a pesar del lastre de tener un extesorero que recaudaba dinero negro a granel entre empresarios, de haber dilapidado casi todos los gobiernos regionales que encabezaba y de la larga lista de altos cargos que soportaron el escarnio de la cárcel.

Ni las nuevas caras que amagaron emerger se salvaron del incendio. La expresidenta madrileña Cristina Cifuentes resultó el caso emblemático, fulminada por haber conseguido un máster de manera irregular en una universidad pública y por la difusión de un video que la mostraba intentando robar unas cremas antiage en un supermercado.

Las encuestas muestran hoy una fuga acelerada de votantes de la derecha hacia Ciudadanos, impulsada más por el repudio al PP que por la fe en Rivera.

El sistema español tiembla. La posibilidad de un "gobierno Frankenstein" de Sánchez aterra a los mercados. Unas elecciones anticipadas abocarían al país a la competencia más incierta de su historia democrática cuando aún no superó el desafío separatista catalán. ¿El PP iría a la pelea con Rajoy otra vez de candidato o hará una renovación exprés y forzada (acaso con el gallego Alberto Núñez Feijóo)? ¿Está Rivera, de 38 años y con un partido naciente, lo suficientemente preparado para gobernar? ¿Con quién podría aliarse si se convirtiera en el verdugo del PP? ¿Qué se puede esperar de la izquierda? El PSOE sigue en la espiral descendente. Y Podemos se extravía en su inmadurez, con un líder -Pablo Iglesias- bajo fuego por haberse comprado un chalet burgués en la sierra de Madrid.

La posibilidad del caos es el hilo al que se agarra Rajoy. Conoce bien el libreto: se trata de convencer a los españoles de que detrás de su gobierno agonizante se agazapa algo irremediablemente peor.

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