La final que les devolvió el protagonismo a los jugadores por encima de la táctica

Diego Latorre
Diego Latorre LA NACION
El golazo de Gareth Bale de chilena que encaminó un nuevo título de Real Madrid
El golazo de Gareth Bale de chilena que encaminó un nuevo título de Real Madrid Fuente: Reuters
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26 de mayo de 2018  • 23:59

KIEV.- El fútbol es de los jugadores. Más allá de la importancia de lo colectivo, de las tácticas y de las estrategias que puedan plantear los entrenadores, y muy por encima de los debates sobre antigüedad y modernidad, la explicación de lo que pasa en un partido se asienta en los aciertos, los errores y hasta las vicisitudes que le ocurren a los protagonistas durante 90 minutos. Es una verdad que a veces tiende a cuestionarse, pero que se vuelve diáfana en encuentros como la inolvidable final que disputaron Real Madrid y Liverpool en Kiev.

El equipo español hizo historia ganando su tercera Champions League consecutiva apoyado en la mayor categoría individual de sus futbolistas, en su capacidad para sufrir cuando toca y de jugar cuando el viento gira a favor, en su jerarquía para equivocarse poco y dejar que los fallos los cometa el rival.

Fue un partido lleno de nombres propios: Bale, Karius, Salah, Modric , Mané, Ramos...

Para el resultado, los dos primeros tuvieron más influencia que nadie. El galés, porque entrando desde el banco marcó los goles de la victoria, el primero con una chilena memorable, de esas que quedan registradas en la historia; el segundo, con la colaboración inesperada del arquero alemán del Liverpool.

Lo del pobre Karius -y quiero aclarar que en el adjetivo solo hay conmiseración- también será inolvidable, pero en sentido opuesto. Regaló el 1-0 con un error infantil, amateur, insólito. Y después, cuando su equipo se aferraba al amor propio para buscar el empate, poniendo las manos demasiado flojas ante el remate lejano de Bale.

La lista de nombres determinantes, en cualquier caso, la había inaugurado Mohamed Salah . Mientras el goleador egipcio estuvo en la cancha, la final le perteneció a un Liverpool vigoroso, efervescente, avasallador, lleno de energía y recursos para asfixiar al Real Madrid. Su infortunio fue un golpe del cual nunca pudo recuperarse del todo el equipo inglés, que se sintió huérfano sin su gran estrella.

Llegó entonces el turno de Modric. El croata conoce al dedillo todo el manual del mediocampista: maneja los tiempos y los espacios, tiene despliegue, quite y llegada. A partir de su toque y el de Toni Kroos , el Real se sintió más cómodo para aumentar el tiempo de posesión y de esa manera frenar el ritmo del Liverpool.

Mané tuvo su lugar en la noche, porque fue de los pocos hombres del Liverpool que mostró personalidad y talento para acudir al rescate del equipo después del 1-0, cuando parecía que ya nada podría levantarlo del nocaut. Y también Sergio Ramos, no por el forcejeo que derivó en la lesión de Salah (para mí sin intención alguna de provocar daño), sino por su liderazgo para sostener la estructura durante el largo rato que Liverpool gobernó el juego. Sin olvidar la inteligencia y picardía de Benzema o el esfuerzo de Wijnaldum.

Esta vez, lo individual estuvo por encima de lo colectivo, y jugador por jugador, en la cancha o en el banco de suplentes, ningún equipo del mundo tiene tanto capital como el Real Madrid. Por eso es tricampeón y su leyenda ya se alarga hasta el infinito.

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