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El acuerdo con las FARC, un legado indiscutido, pero que exige cambios

Ramiro Pellet Lastra
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27 de mayo de 2018  

Probablemente nadie las leyó de punta a punta, salvo quizás sus numerosos escribas. Lo cierto es que esas 297 páginas del acuerdo firmado con las FARC siguen bajo escrutinio de la sociedad colombiana, que se pregunta, sin la misma urgencia de antes pero con auténtico interés, cómo seguirá el proceso de paz frente al nuevo escenario político.

"Acuerdo final para la terminación del conflicto y la construcción de una paz estable y duradera" es el nombre del texto que votó el Congreso en 2016, cuando fue aprobado a pesar del rechazo social expresado en un referéndum, cuyo sorpresivo resultado negativo le borró la sonrisa y dejó boquiabierto al presidente Juan Manuel Santos.

Las ventajas de haber sellado la paz no están en duda, y nadie lo puso en discusión durante la campaña electoral. Eso sí sucedía cuando los secuestros, atentados y emboscadas revolucionarias, así como la toma de pueblos, eran moneda corriente. Pero son muchos los cabos sueltos.

"En las elecciones pasadas lo que estaba en juego era el proceso de paz en sí. Se discutía si se debía negociar con las FARC. Lo que sí está en discusión ahora es cómo se implementa ese acuerdo, cómo se consolida la paz", dijo a LA NACION Francisco Miranda, director de la consultora de estrategia política Emetres.

El candidato del Centro Democrático, el derechista Iván Duque, quiere mantener el acuerdo, pero con cambios sustanciales en la reglamentación, que eviten la impunidad y no se la hagan fácil a los exguerrilleros en su inserción en la vida civil y política.

Duque quiere por lo pronto que funcione lo que está escrito. Denuncia que la "justicia transicional", diseñada para eximir de la cárcel a los que confiesen sus crímenes, ni siquiera está cumpliendo esa modesta función. De momento, que se sepa, ningún excombatiente de las FARC se dejó caer por los tribunales. Y nadie los llamó.

Claro que Duque, de alguna manera, ha sido también un dique de contención del ala más radicalizada de su partido, que quiere desarmar todo el acuerdo de paz, tirarlo a la basura. Borrarlo como un error, como un mal sueño.

El exnegociador del gobierno con las FARC, Humberto de la Calle, ahora candidato sin chances, advirtió durante la campaña que el país estaba amenazado por una "nostalgia de la guerra", y acusó a Duque y los suyos de echar sal en las heridas de guerra con fines electorales.

El probable rival de Duque para la segunda vuelta, el izquierdista Gustavo Petro, de Colombia Humana, insistió por su parte en que no quiere tocar una coma. Quiere dejar las 297 páginas negociadas durante cuatro años en La Habana tal cual están, sin enmiendas ni tachaduras. Su promesa a la sociedad es consolidar la paz sin mirar atrás.

Petro tiene un buen punto. ¿Acaso los guerrilleros no renunciaron a sus correrías, entregaron las armas y abrazaron la paz, con el mismo cariño que en las noches de montaña abrazaban sus AK-47? Solo que los críticos del proceso quieren mucho más que guerrilleros desmovilizados. La entrega de las armas realizada ante los observadores de la ONU, y su paso a la vida civil, solo es el punto de partida. Deben reparar a las víctimas y someterse a la justicia, más no sea la justicia transicional. Deben confesar sus pecados antes de insertarse en la vida política.

El acuerdo de paz les regaló diez escaños para que comenzaran sus andanzas en el Congreso, cinco en cada cámara, una especie de "acción afirmativa" para que puedan hacer pie hasta armar una estructura partidaria razonablemente organizada. Iván Duque y otros críticos cuestionan ese regalo incondicional, que consideran excesivo.

De todos modos, el nuevo movimiento político en que se transformaron las FARC tiene mucho camino por recorrer. Por ahora se podría decir que ni siquiera arrancó. En otras palabras, nadie los vota.

"La sociedad colombiana entra en una nueva etapa, porque por primera vez en 60 años las FARC están fuera de escena. Es algo así como la vuelta a la democracia en los países que vivieron en dictadura. La sociedad les agradeció que dejaran las armas, pero no los acompañó en su reconversión a la política. Les dieron un cachetazo electoral en las legislativas de marzo, donde solo sacaron 55.000 de los ocho millones de votos", explicó Miranda.

Los colombianos tienen la atención dividida. "Hay varios temas en juego de manera paralela. Uno es el acuerdo con las FARC y su implementación, claro que sí. Aunque hay otros", confirmó el politólogo Rafael Nieto.

Los temores pasaron de las FARC a Venezuela. El 45% de los colombianos, nada menos, temen que de alguna manera Colombia se contagie de su vecino. Ese es el fantasma que reemplazó a la guerrilla. Ver cómo se viene abajo el edificio de al lado debe ser una visión espeluznante.

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