Sueño con estrellas

Diana Fernández Irusta
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29 de mayo de 2018  

¿Por qué me gusta tanto The Expanse, la serie que ninguno de mis conocidos ve? La serie que tampoco sigue demasiada gente en el mundo; al menos, no la suficiente como para hacerla ingresar en el podio de las exitosas. Recientemente, SyFy, el canal que la emite en los Estados Unidos, anunció su cancelación y las redes ardieron de fans (habrá pocos, pero hay) que reclamaban su continuidad. Jeff Bezos vino al rescate y la serie encontró un nuevo hogar en Amazon. Pero esa es otra historia.

Mientras tanto, ¿por qué a algunos nos sigue dando tanto gusto verla? En principio, está el espacio. Basada en las novelas de Daniel Abraham y Ty Franck, cuenta los efectos del salto de la humanidad hacia el universo, durante un hipotético año 2200 en el que prácticamente todo el sistema solar fue colonizado. Y es el espacio, amigos. La vastedad, el frío, el silencio, la ausencia de gravedad contados con una cercanía pasmosa. Nada de las límpidas visiones que alguna vez inauguró Kubrick con 2001, Odisea del espacio: en The Expanse las naves chirrían, los cuerpos se estresan; el universo es un hogar paradójico, fatalmente distante e hipnótico (no casualmente, entre las voces que reclamaron la continuidad de la serie estuvo la del astronauta danés Andreas Mogensen). Sentimos el toque áspero del infinito tanto como lo sienten los personajes; nos asomamos con ellos al ventanal de una estación espacial en Ganímedes y nos extasiamos ante la belleza inabarcable de Júpiter, tan impávido y hermoso, allí nomás. Pero sabemos que si algo quiebra las estructuras de vidrio que nos protegen, todo, la estación espacial con forma de domo, los viveros hidropónicos y las personas que viven junto a ellos, todo perecerá. Fascinación y temor. Adrenalina, maravilla. Temblor.

Para The Expanse, la humanidad del siglo XXIII es una humanidad declaradamente mestiza y diversa. Los hombres y mujeres que circundan las estrellas comparten todo tipo de responsabilidades, credos, orígenes. Son mestizos y diversos, pero también, ay, tan humanos. Por eso, y pese al prodigio de la ingeniería interestelar, nada parece ser plácido para ninguno de ellos. Nada en la humanidad de dentro de dos siglos diferirá demasiado de nosotros, sus remotos ancestros, nos dice la serie. En el lejano porvenir también hay disputas políticas, conflictos de clases y un odio visceral, ya no hacia el que viene de otros países, sino al que vive en otro planeta. La Tierra, Marte y el cinturón de asteroides -los tres principales emplazamientos humanos en el sistema solar- se detestan con saña.

La Tierra es rica, Marte es poderoso, el cinturón es pobre. Sumidos en una rivalidad sin fin, marcianos y "térreos" viven al borde de la destrucción mutua. Feos, sucios y desposeídos, los cinturoneros extraen de los asteroides metales cruciales para el desarrollo de los planetas fuertes. Viven expuestos a la falta de gravedad y los entornos nocivos: sus huesos son débiles, sus niños desarrollan síndromes autoinmunes. La población del cinturón se sabe descartable, carga con unas cuantas masacres y exuda una rabia dura, caótica, irrefrenable.

"Hicimos todo este viaje, tan lejos, a la oscuridad, ¿no pudimos traer más luz?", dice un personaje mientras mira hacia la profundidad sin nombre que rodea su nave espacial, loco de nostalgia por un poco de tierra, algo de verde, un retazo de azul.

Quien lo escucha es James Holden, uno de los personajes centrales, que aún no sabe que allí afuera algo del misterio está cobrando forma. Y que en breve su especie, díscola, insatisfecha, frágil y cruel como es, se las tendrá que ver con la terrible sustancia de lo desconocido. Habrá Prometeos, habrá preguntas y el eterno riesgo de calcinarse frente al Sol. Pero de momento Holden permanece lejos de todo eso; está a punto de asumir el mando de su primera nave. La bautizará Rocinante, y el detalle no es menor.

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