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La historia en dimensión humana

EL LECTOR Por Bernhard Schlink (Anagrama)
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21 de enero de 1998  

ES éste uno de esos libros cuya lectura pierde espesor si se adelantan ciertos puntos de la trama. Pero es imposible no mencionar uno de ellos si se quiere hacer algún comentario.

La primera parte narra el amor entre un adolescente de quince años y una mujer de treinta y seis, hasta que ésta desaparece sin dejar rastro. La segunda, he aquí el adelanto inevitable, gira en torno de un juicio en que aquella mujer es una de las acusadas por crímenes de guerra durante el nazismo, juicio al que el joven, ya estudiante de derecho, asiste a raíz de un seminario. La tercera, la más breve, transcurre durante los dieciocho años que pasa ella en la cárcel.

Bernhard Schlink trabaja como juez. Nacido en Alemania en 1944, había publicado antes tres novelas policiales. En El lector , la edad del protagonista y narrador es más o menos la que tenía el autor en los tiempos en que transcurre el relato. A diferencia del autor, el narrador desecha la posibilidad de trabajar como juez y encamina su profesión hacia la docencia y luego hacia la investigación. Más allá de lo que pueda haber de autobiográfico en los hechos presentados en el libro, es evidente que Schlink trata de asuntos que conoce muy bien por experiencia.

Todo está narrado con sencillez, con frases cortas y secas que a veces, sobre todo en la primera parte, rayan inclusive en la tosquedad. En la segunda parte, en cambio, principalmente desde que el narrador descubre por sí mismo uno de esos puntos que no conviene adelantar (y que explica hacia atrás varios detalles estratégicamente sembrados), el relato cobra otro espesor.

Al enfrentarse con ese pasado de su antiguo amor (amor que jamás alcanzará con ninguna otra mujer), el narrador reflexiona acerca de su generación, "la de los nacidos más tarde": "No podemos aspirar a comprender lo que en sí es incomprensible, ni tenemos derecho a comparar lo que en sí es incomparable, ni a hacer preguntas, porque el que pregunta, aunque no ponga en duda el horror, sí lo hace objeto de comunicación, en lugar de asumirlo como algo ante lo que sólo se puede enmudecer, presa del espanto, la vergüenza y la culpabilidad". Para encarar el gravoso tema de los crímenes del nazismo y sus secuelas en la sociedad alemana, Schlink elige entrar por la dimensión humana de un caso particular y, si es lícito hacer tal distinción, no de los más importantes.

El título El lector , que no hace honor cabal a la novela, recobra un dato del pasado: el protagonista, antes de pasar a otros menesteres, a pedido de su amante le leía libros, hábito que retomará mediante cintas grabadas cuando su antiguo amor esté en prisión. Y eso tiene que ver con el secreto que ella guarda y que él empieza a deducir durante el juicio. Al hacerlo, advierte que la ahora acusada, por mantener oculta una vergüenza personal, está dejando que la acusación exceda su verdadero crimen. De ese modo, él queda implicado en el juicio, puesto que, si habla, revelará lo que ella se empeña en ocultar, y si calla, permitirá que la justicia sea parcialmente injusta.

"Quería comprender y al mismo tiempo condenar el crimen de Hanna... No conseguí resolver el dilema." He aquí el mayor mérito de esta obra, su inteligencia (y no es mérito menor): plantea varias facetas del problema en un espectro que va desde los victimarios hasta las víctimas (aunque no con todos logra la misma consustanciación), trata de abordar diversos puntos de vista, y no dicta sentencia. El núcleo del horror es inefable. Permanecerá siempre como problema, sin solución definitiva, sin disolución posible. Sólo se puede girar alrededor de él. Pero hacerlo, en todo caso, se acerca más a una solución que el mero silencio. Así también la literatura. (203 páginas).

Pablo Ingberg

(c) La Nación

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