En primera persona: a siete años del trasplante que le cambió la vida

Santiago con su familia
Santiago con su familia
Santiago Comesaña
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29 de mayo de 2018  • 17:10

Podría resumir mi historia como trasplantado renal con unas simples líneas: paciente con enfermedad renal declarada desde los 10 años, posterior insuficiencia renal crónica e ingreso a hemodiálisis a los 28. Tras siete años y medio de espera y, con 36, receptor de un órgano de donante cadavérico. Desde ese diciembre de 2011 y, a la fecha, controles periódicos sin mayores complicaciones.

Pero resumir mis vivencias como trasplantado me llevarán algunas más.

Con nombre y apellido

El recorrido hasta el trasplante se trató de un tiempo de espera. De ser, precisamente, paciente. Arte difícil de cultivar en la medida en que los años se suceden y la realidad se mantiene inalterable. Y un arte sencillo de aprender en la medida en que uno se encuentra con personas decididas a recorrer el camino junto a uno. Todos con un nombre y un apellido.

Los del mismo apellido siempre estuvieron. La familia acompañó incondicionalmente. Ya sabía que tras cada sesión de diálisis el celular sonaría. Ritual que se repitió durante siete años y medio.

La persona que comenzó a compartir el apellido propio fue el sostén principal. "Cuando estés triste y tengas ganas de llorar, no voy a llorar con vos. Te voy a dar fuerzas para que dejes de hacerlo". No hubo, para mí, mejor libro de autoayuda que esas palabras.

Si uno tiene la suerte de compartir el trabajo con un amigo que también tiene nombre y apellido, más de la mitad de la batalla está ganada. Un mate en el momento de recaída, un abrazo en los momentos de dificultad y una sonrisa durante todo el día fueron el signo de que esta historia debía terminar bien.

Una técnica de diálisis que, además de conectarme y desconectarme de la máquina tres veces por semana, hizo a las veces de psicóloga. Ella también tiene un nombre y un apellido. El saber que estaba hacía más llevaderas las sesiones. Y desde ya, menos aburridas.

Y, por último, con mi mismo apellido y sangre, una bebita que con su sonrisa y sus hoyuelos logró ser un magnífico motivo de distracción los últimos meses de espera.

Anónimo

El 1 de diciembre de 2011, finalmente, el teléfono sonó. Lo que soñaba que algún día sucedería, sucedió. Todas las personas arriba mencionadas fueron las primeras en saberlo. A todas las llamé por su nombre.

Sin embargo, no es aquí donde termina mi historia, sino donde comienza. Y lo más extraño es que si bien tengo nombres y apellidos para tanta gente que estuvo a mi lado, no lo tengo para quien me permitió vivir todo lo que siguió y que aún sucede.

Además de poder seguir disfrutando y compartiendo con mi hija, me permitió revivir la experiencia de ser padre. Y de un hijo que, como todos los hijos, nos enseñan mil cosas por día. Pero esta vez, sin interrupciones. Sin tener que depender de una máquina tres veces por semana durante cuatro horas.

A ese anónimo le debo un vuelco en la calidad de vida. Planificar vacaciones sin elegir el destino en función de si cuenta con un centro de diálisis. Vivir el día a día sin estar pendiente de los martes, jueves y sábados, días en los que, inexorablemente, asistía al encuentro de una máquina que cumplía con la función que mi cuerpo ya no podía.

Seguramente me estoy olvidando de decenas de incomodidades que abundan en la vida de un paciente en espera de un trasplante renal. Pero es precisamente ese olvido parte de la calidad de vida recuperada. Recordar el pasado para valorar el presente pero, a la vez, no vivir anclado a una etapa sacrificada y tediosa de la vida.

Tengo personas con las que comparto mi vida. Personas con nombre y apellido. Y tengo un ángel de la guarda anónimo que me regaló la posibilidad de vivirla plenamente.

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