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Golear a Haití, un acto más simbólico y emocional que competitivo

Cristian Grosso
Cristian Grosso LA NACION
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29 de mayo de 2018  • 22:23

La selección se llevó el cariño de miles hinchas en un acto más simbólico y emocional que competitivo. Como no se iba a tratar de una oportunidad calificada para juzgar el funcionamiento del equipo, lo más trascendente fue rodearlo de energía antes de encarar el desafío en suelo ruso. La despedida del país del plantel albiceleste ofreció un simulacro que apenas tomó color con los goles y una certeza que nadie esperaba despejar en la Bombonera: los ajustes importantes se cocinarán en la intimidad de las prácticas, un espacio de pruebas mucho más relevante que el amistoso con Haití.

El partido en recortados pasajes escapó de sus aires de parsimonia y algo de desinterés. Apenas, relámpagos de la media hora final. Lógicamente, el 4-0 quedó como una anécdota. Caballero observó a distancia siempre, no le patearon nunca. Fue un ensayo que se quedó a mitad de camino en la pretensión de entretener y mostrar algunas de las virtudes del seleccionado. Para ser jugado en serio, le faltó intensidad. Seguramente sobrevolaron esos fantasmas que siempre siembran las lesiones cuando el auténtico interés está a la vuelta de la esquina.

La Argentina transitó con comodidad por su última aparición en sociedad antes de emprender esta noche el viaje a Barcelona, próxima estación de ajustes y aclimatación. Todas las facilidades de los caribeños permitieron un ensayo que lleva el sello de Sampaoli: Salvio de falso 4 subido al mediocampo para terminar como extremo. No tenía sentido una retaguardia tradicional para no marcar a nadie. Las torpezas de los antillanos quedaron retratadas en el penal de Ricardo Ade sobre Lo Celso. Pura brusquedad y atropello. Acertó Messi. Lo celebró con obligada discreción, no correspondía más.

De tanto amasar el cuidado de la pelota y sus recorridos, la selección desatendió algunos cambios de ritmo. Demasiado vals y poco rock and roll. Saludable como idea madre, pero son los matices los que terminarán de enriquecer la partitura. No conviene avanzar porque se caería en la trampa de darle entidad al ensayo. Haití siempre estuvo satisfecha con evitar el papelón, y la Argentina no se esmeró por apresurar el trámite. Una lógica de necesidades en los extremos: un rival a mil kilómetros del primer plano internacional y la selección con modorra, como si no quisiera despertar ninguna diablura del destino. Los riesgos prometió tomarlos en el Mundial.

Es que a la Argentina no le van los partidos de relleno. Jugadores hambrientos, acostumbrados a las presiones de la élite, necesitan oler sangre. Por eso, también, faltó agresividad. Hay un rasgo que se va afirmando: esta selección no se aburre cuando tiene que masticar excesivamente la posesión, no la desespera si tiene que dar cinco, seis o diez pases en campo contrario hasta descubrir -o fabricar- el hueco. Sabe que pierde sorpresa, pero no desmaya en el intento. Ese adn ya es reconocible, más allá de la talla del rival.

Haití siempre opuso una infantil resistencia, pero le alcanzó para sostenerse por casi una hora con solo un gol en contra. Porque a los 15 minutos del segundo tiempo apareció Messi y aprovechó un rebote que dejó el arquero ante un cabezazo de Lo Celso. Las sucesivas rotaciones relativizaron aún más el tono del choque. Otra vez brotó Messi después de un desborde de Pavón, otro triplete del capitán en la selección, y el marcador tomó números de goleada. Suiza, Brasil, Guatemala, Panamá y Ecuador ya habían sufrido una metralla por triplicado de parte de Messi. Haití se sumó a sus impávidas presas.

Agüero completó la planilla. Volvió a jugar después de casi 50 días y enseguida se conectó con el gol. Reemplazo a Higuaín, que no encontró recompensa en la red para su empeño. Pero la decisión del público fue arroparlos a todos y no importó su identificación con River: el 'Pipita' también disfrutó de una ovación de la Bombonera, un templo que se podía presumir hostil. Cachetazo a los memes.

Al encuentro, por supuesto, le sobraron minutos decorativos. Pero el entusiasmo de la gente nunca se consumió, al contrario, creció a medida que el simulacro le hizo lugar a los goles. Igual, nadie se engaña: la verdadera historia obligará a subir el listón. Después del cálido abrazo que recibió el plantel albiceleste en la cancha de Huracán, la palmada afectiva que se llevó de la Bombonera fue la sensación más reconfortante de la noche. No está mal para una selección que se acostumbró a vivir bajo sospecha.

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