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Travesía de alta mar

Soledad Simond
Soledad Simond LA NACION
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1 de junio de 2018  • 00:00

El otro día le contaba a un amigo sobre un chico con el que salí que resultó ser un seductor serial. De esos que te hacen sentir la novia de América y después te enterás de que tienen una novia en cada puerto. Ese tipo de "marinero" que dice que va a tatuarse tu nombre, pero resulta que era un tattoo de chicle Bazooka. Hombres que te despiertan un tsunami interno y después convierten ese maremoto en lágrimas. Esos que, al final, casi logran que le tengas miedo al agua. En fin, ¿quién no se embarcó alguna vez con alguno de ellos? "Me da vergüenza", le dije a mi confidente masculino. "¡¿Qué te da vergüenza?!", me preguntó sorprendido. "Me da vergüenza haber caído en su trampa", le respondí. "¡¿Vergüenza?!", me gritó él, "vergüenza debería darle a él, vos sentite orgullosa de tener el corazón abierto". (Nota al pie: recomiendo altamente a los amigos varones). Y eso quedó dándome vueltas, no solo su inspiración y sus palabras de empoderamiento, que sé que cuando las nubes se despejan residen dentro de mí, sino este sentimiento tan destructivo de estar avergonzada. Entonces, como dice la investigadora Brené Brown (que también acompaña nuestra nota "Sos más fuerte de lo que creés"), empecé a decirlo, porque es el mejor antídoto contra la vergüenza. Y en la medida en que lo iba diciendo, la trampa del marinero se convertía en mi última mejor travesía, como el cuadro de la gran ola del pintor japonés Hokusai.

Ahora, ya sabemos que mejor que que te la cuenten es vivirla, pero mejor que vivirla es capitalizarla.

¿Por qué caemos en las redes equivocadas?, porque muchas veces vemos en esas redes un sinfín de posibilidades. Esa es una habilidad femenina: decoramos. Puede ser una virtud útil cuando queremos reciclar espacios, pero suele ser una herramienta peligrosa si dejamos de ver la realidad para ver la potencialidad. Tantas veces creemos que el hombre de altamar puede echar al fin raíces y convertirse en padre de familia. Y ahí nos quedamos, esperanzadas, en vez de aceptar a cada uno como es, con sus destrezas y debilidades. Entonces, mi mayor aprendizaje para los vínculos en general es que lo que es, es; y mejor no sumarle ciencia ficción.

A veces no es tan fácil, la seducción funciona como cantos de sirena, pero convengamos en que las sirenas no existen; en cambio, sí podés escuchar las alarmas de sirena que casi siempre te alertan sobre en dónde nos estamos metiendo. En una de esas tardes totalmente desconcertada por el cambio abrupto de los acontecimientos, mi amiga Dafne me dijo: "Vos sabías en dónde te estabas metiendo, no sos una víctima". Agradecí la crudeza, porque ese cachetazo de amor que te despabila del "¡¿por qué a mí?!" te coloca inmediatamente en otro lugar: ya no sos la mujer que se queda en el muelle esperando, sos aquella que alza sus propias velas siempre con viento a favor.

Justamente porque conozco mi valor y mi fuerza, encontrarme encallada con este varón marino me resultó un poco bochornoso. Y creo que termino de escribirlo para exorcizarlo. Lo que descubro es que solo atravesando las olas podés entender aún más la complejidad de la vida, los vericuetos del deseo, el amor desbocado, las oscuridades del otro que solo iluminan las tuyas, lo difícil que es a veces encontrarnos, los dolores de cada uno. Y entonces, amarte más que nunca, sin culpas ni rencores. Todos estamos viendo cómo ser felices, incluso los marineros de pelos al viento, y a veces sentimos que equivocamos el rumbo, pero -creeme- no se trata del rumbo o de un destino a donde hay que llegar al fin, todos estamos navegando aquí y ahora un mar de abundancia.

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