Breve crónica de una noche en Moscú

6 de junio de 2018  

Pri-vyét. Después de algunos intentos, consigo que la rusa del mercadito me salude. Empecé con un fallido good morning, seguí con el más universal hello y recién cuando le digo un hola resignado me responde con una sonrisa (ahora sé que en la lengua de Dostoyevski hay una manera formal de saludar y otra para todos los días, la cantarina pri-vyét: ella me considera digno de tuteo). Mis contactos en Rusia, después, me explican que, aunque casi invisibles, son resabios del siglo XX: educados en la antipatía contra todo lo que suene yanqui, ninguno de los rusos te contesta si les hablás en inglés, pero hay muchísimos que entienden los palotes del castellano. Después de la Guerra Civil española, unos cuantos republicanos encontraron refugio en Moscú, adonde vinieron con lo puesto y algún poemario de García Lorca. Y el fecundo vínculo con La Habana hacía que no fuera raro encontrar un cubanito en las aulas de las escuelas públicas.

Fuente: Brando Crédito: Nicolás Bolasini

"Quien no lamenta la desaparición de la Unión Soviética no tiene corazón. Y quien quiere recrearla como era no tiene cabeza": para el mármol, la frase de Putin pone en órbita los dilemas de un pueblo orgulloso. Al caminar por Moscú, la capital del país más grande del mundo (tan grande que tiene 11 husos horarios: cuando en una punta es mediodía, en la otra es casi medianoche), los últimos siglos se superponen como en los libros infantiles desplegables: están los palacios opulentos del imperio, los mamotretos de hormigón del comunismo y las torres acristaladas del capitalismo (y los híbridos: mansiones señoriales de volutas y floripondios tachonadas con vetustos hoz y martillo). Se dice que Rusia es un país genial para los grandes acontecimientos históricos, pero en el que nunca existirá la vida normal: aunque esté repleto de negocios, marcas, logos y hábitos occidentales, una pareja de hombres o de mujeres no podrían darse un beso porque terminarían en la cárcel; todos los días, la Plaza Roja recibe una pequeña multitud de viejos nostálgicos que exigen el regreso del comunismo; y con los organy (los órganos del antiguo servicio secreto) en el poder, los noticieros parecen películas de espías envenenados.

En mi habitación del hotel Aerostar, apenas adivino lo que dice el informativo del canal 1: no se entiende nada, ni lo que se oye ni lo que se lee. Con los sonidos guturales del eslavo clásico, el alfabeto cirílico, que fue creado en el siglo X por un pupilo de los hermanos Cirilo y Metodio para divulgar la Biblia, es un misterio de vocales tachadas y consonantes patas para arriba. No será fácil encontrar gente que entienda otra cosa que no sea el ruso (aunque intuyo que hay un idioma, el del fútbol, que es universal). Me preparo para salir a la calle en Moscú y sentir el peso de siglos de historia: en mi afán por el color local, me antojo por una ración de arenques fritos y una petaca de vodka. No tengo la más mínima idea de cómo pedirlos, pero voy a empezar con un amigable hola.

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