Vivimos en una sociedad obesogénica que culpa a las víctimas

Daniel Flichtentrei
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31 de mayo de 2018  

Tal vez en el futuro, nuestra época sea recordada como aquella en que la humanidad se hizo obesa. Una transición antropológica de la especie que incrementó su masa corporal a una velocidad como nunca se había registrado. Entre otras cosas, porque mientras esa calamidad ocurría ante nuestros ojos sostuvimos empecinadamente teorías que no la explicaban y culpamos a las víctimas para no admitir ese error. Estamos obesos porque vivimos en una sociedad obesogénica. No se debe ni a nuestra debilidad de carácter ni a nuestra pereza o gula.

Acumular grasa es un mecanismo evolutivo que nos "defiende" de la sobrecarga de comida almacenando el exceso mientras eso sea posible. Superada esa capacidad, sobreviene la enfermedad en sus más diversas manifestaciones clínicas. La obesidad es el modo mediante el cual nuestra biología se "adapta" a un ambiente que ha puesto al consumo como criterio ordenador de la vida.

Suele mencionarse como motor de las conductas insalubres el "estilo de vida", pero esa denominación refuerza la idea de una decisión voluntaria. No es el "estilo", sino las condiciones de vida, los determinantes sociales que están más allá de la decisión de las personas.

No comemos más de todo. Comemos más de algunas cosas y menos de otras. Y es allí donde reside la explicación de la pandemia de obesidad.

La medicina forma parte de la cultura y, no pocas veces, produce un conocimiento que refuerza en lugar de revertir sus desvíos. La teoría del balance energético (engordamos porque comemos más y nos movemos menos) describe, pero no explica lo que sucede. La resistencia a considerar la evidencia científica difundida por la OMS que señala al procesamiento de los "productos comestibles" como determinante de la alteración metabólica, forma parte de un circuito que oculta las raíces del problema e impide encontrar respuestas globales.

Comer es un sustituto de satisfacciones más profundas, pero menos disponibles, y un recurso al alcance de la mano para atenuar la ansiedad. La cultura en que vivimos nos ofrece la inquietud y el falso remedio para calmarla.

Nuestros sistemas cerebrales de recompensa fueron seleccionados para guiar las elecciones y satisfacer las necesidades biológicas. Hoy se los manipula irresponsablemente en función de un beneficio económico y a costa de nuestra salud. La medicina no puede reforzar esa trampa.

El autor es médico cardiólogo y director de Intramed

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