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El halo erótico de la moda

Se cumplen cien años de la publicación de Las montañas del oro, el primer libro del autor de La guerra gaucha. En esta página se evoca su irrupción en el mundo literario y las imágenes seductoras de su mundo poético, en las que tras el lujo, la seda, los tules y los diamantes habría de surgir el brillo trágico de la espada. La elegante, de Edouard Vuillard
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12 de noviembre de 1997  

LEOPOLDO LUGONES creía que hojear figurines de moda era un pasatiempo agradable para los poetas. La lectura de su obra en verso permite suponer que él mismo debió de solazarse con esa distracción en apariencia ajena a su índole beligerante.("Mi alma vive en flameantes sobresaltos de lucha", le confiesa a Rubén Darío en un poema epistolar).

El interés de Lugones por la moda femenina se revela no sólo en sus poemas amorosos; también en los que celebra lo nacional y telúrico, como en este pasaje de su Oda a los ganados y las mieses: "La niña, que ya tiene costurera, / luce un vestido con volado en forma / de granadina negra, cinto de hule, / zapatos blancos y peinado de onda".

En otro poema, a manera de requiebro galante, Lugones emplea el lenguaje de un cronista de modas: "Sus ojos de terciopelo /corresponden al modelo / de crespón leve y oscuro, / mas los linones y tules / a los que hoy nadie se atreve / sentarán cuando se lleven / los ojos castos y azules". En otro, describe con minuciosidad el atavío de una dama elegante: "Lleva traje verde oscuro, con adornos / de violeta sombrío. / Aligera esa seriedad de otoño / un ampo de gasa que en petulante moño / va acariciando la tierna barbilla".

Los versos de Lugones, en los que abundan las referencias a la moda, fueron utilizados en su época con fines comerciales por la casa Ideal de los Novios. Situada en pleno centro de Buenos Aires, esa antigua tienda acostumbraba exhibir en sus vidrieras un maniquí acompañado de la siguiente leyenda: "Tenemos todas las elegancias para la mujer que enumera el señor Lugones en su último poema, menos el relieve audaz de las rodillas".

A partir de 1905, en que Lugones publica Los crepúsculos del jardín, la moda femenina, en tanto código de clase y ornamento interesado de atracción sexual, aparece con frecuencia en sus poemas de amor. La mujer, que en Las montañas había sido víctima de sus elucubraciones teosóficas y mortuorias ("Mi novia yerta viene, tal un callado lirio / nacido en la bondad de los sepulcros"), es liberada de su halo sombrío para mostrar su gracia pueril, su sensualidad. Las efusiones sentimentales del poeta van dirigidas hacia dos ideales femeninos que, si bien comparten algunas características físicas (palidez, ojeras, delgadez extrema), se diferencian entre sí por la edad y la manera de vestirse. Uno de ellos corresponde a un tipo de mujer adulta, distinguida y ociosa, exponente de un medio social que Lugones admira por su riqueza y refinamiento; el otro se identifica con un tipo de jovencita púber, de aspecto virginal, más bien asexuada, en cuyos menudos senos se aterciopelan mimos. El poeta envuelve a la primera en telas suntuosas ( raso, moaré, seda), mientras que las de textura leve (muselina, gasa, tul) son destinadas a la jovencita, que también suele llevar ropa de colegiala, hebillas en los zapatos y "candideces" de "hija de María" .

La estética del lujo, inseparable del modernismo, hace de la mujer un objeto frágil y precioso. Fiel a esa estética, Lugones celebra las manos "torturadas de diamantes" de la amada, sus bucles de "tibia seda", su fina "languidez de encaje", o la "suprema elegancia" de su traje de raso gris. Hierática y enjoyada, su inexpresividad no carece de cierto fulgor pecaminoso : "Sus ojos miran cual los de una ciega, / sin expresión, sin rumbos, sin visiones, / y la estupefacción que los anega / anticipa espontáneas perversiones".

La moda femenina, con su componente fetichista, invade la naturaleza, que en vez de copiar al arte, como quería Oscar Wilde, copia prendas íntimas y adornos femeninos. Así, una magnolia en un vaso de agua semeja un "corsé de inviolado raso"; una rosa en el huerto "deshace" su lento moño; las flores del almendro son "papelitos blancos" con que se hacen los rizos las mujeres. A veces, la naturaleza comparte la voluptuosidad del poeta: "El campo contemplaba con éxtasis impuro tu media negra", o se colma de felicidad con "el nervioso zapatito blanco" de la amada.

La jovencita virginal no admite esos pintorescos desbordes. Por su aspecto infantil, un tanto ambiguo, hace pensar en un "paje rubio", en un "compasivo serafín". El poeta observa con inquietud los signos corporales de su incipiente femineidad: "Contiene y turba su inocencia extraña... /su corpiño, con virginal secreto, / junto con las manzanas se hinchó este año".

Lugones, en su mitología personal, acabará por identificar a la jovencita púber con la luna nueva ("la delgada luna de plata pulida"), símbolo además de la "virgen cruel", cuya pureza es "vecina de la muerte", y origen a la vez de angustiosas inhibiciones, pues representa, en el plano del erotismo, lo socialmente interdicto.

A pesar de la prohibición, o en virtud de ella, el poeta encuentra la manera de manifestar su deseo mediante un subterfugio: el reemplazo de la jovencita por la mujer niña (la femme-enfant) que conserva, en su físico y en su mentalidad, rasgos y actitudes infantiles. "Bajo los fluidos bucles en que flota / su fina cabeza de rubia beldad, / recluye en el ámbito de su ancha capota / con mimo adorable su puerilidad", versos un tanto cursis que parecerían dedicados a Mary Pickford (capota, rulos en tirabuzón, mohínes), la Novia de América del cine mudo de Hollywood.

La moda femenina de la época, al acentuar por igual la levedad y el aire pueril de la mujer, le permite al poeta esa sustitución decorativa que trivializa su erotismo arraigado en el mito de la luna. Pagará por ello un precio muy alto: la sujeción a un léxico modisteril, el amaneramiento, la falta de emoción que se percibe en casi toda su poesía amorosa.

Por Juan José Hernández

Para La Nacion - Buenos Aires, 1997

A la conquista de la gloria

En 1897 salía de imprenta Las montañas del oro, primer libro del joven poeta Leopoldo Lugones. Nacido el 13 de junio de 1874 en Córdoba, ya se había destacado allí, con sus versos iniciales y con escritos periodísticos de tendencia socialista y anticlerical, antes de trasladarse a Buenos Aires en 1896, año en que, en la misma ciudad, Rubén Darío, siete años mayor que él, daba a luz sus Prosas profanas. Llegado tres años antes, el nicaragüense comenzaba a reinar en el ambiente poético y cultural con su modernismo, no sin cierta dosis de escándalo por la audacia de la novedad.

Así describiría Darío la irrupción porteña de su cofrade: "Un día apareció Lugones, audaz, joven, fuerte, fiero como un cachorro de hecatónquero. Llegaba de su Córdoba natal con la seguridad de su triunfo y de su gloria". Ya en 1896 eran compañeros de trabajo en el Correo, y compartirían cenáculos y páginas de revistas y de este Suplemento, del que fueron animadores destacados con sus versos y opiniones.

La descripción de Darío sugiere una magnífica imagen del joven Lugones: la convicción del propio talento, el ímpetu arrollador y el voraz proteísmo multiforme, esa capacidad de abordar los más diversos campos y géneros e ideas con el mismo apasionamiento. Los hecatonquiros (correcta forma castellana del término empleado por Darío, con típico gusto modernista por lo exótico y lo antiguo) eran gigantes de cien manos y cincuenta cabezas, que ayudaron a Zeus y los dioses olímpicos en su lucha contra los titanes. El Zeus nicaragüense había encontrado a un aliado múltiple en el campo de batalla de las letras.

El centenario de Las montañas del oro es buena excusa para evocar la imagen del poeta, y evitar la consabida polémica acerca de su proteísmo literario (que lo llevó rápidamente de innovador a retrógrado) e ideológico. Una anécdota ilustra el placer que esa omisión me permite. Cierta vez me propuse leer la poesía completa de Lugones en orden cronológico. Del deslumbramiento ante aquel primer libro, pasé a Los crepúsculos del jardín (1905): su prodigio de acrobacia verbal, que lleva el modernismo hasta la cumbre y el abismo al mismo tiempo, me desalentó de la empresa. Nadie, claro, podría negar la grandeza hecatonquira de versos como éstos: "Y sus cabellos de fragancia queda, / que artístico alfiler prende y alhaja, / hacen pensar en la excesiva seda/ de un insecto anormal que se amortaja".

Los poetas suelen preferir, dentro de la obra poética de Lugones, Lunario sentimental (1909), claro antecedente de la libertad metafórica ultraísta: "el charol de sus ojos", "tu escarpín evasivo". Hay en este libro un alarde técnico, en sus hallazgos metafóricos y en la buscada y rebuscada variedad de rima, metro y ritmo, que sólo un sordo podría desconocer. Semejante prodigio me despierta admiración, pero apenas me conmueve. El laforguismo gestual, su audacia y su límite, está prefigurado en la paradoja del prólogo, anuncio de que no irá más lejos que su modelo: defensa del verso libre, defensa obtusa de la rima.

Las montañas del oro siguen erigiéndose allí en su majestuosidad volcánica. Un oro que está muy lejos aún de aquella metáfora de Juan L. Ortiz, nacido a la poesía en el ocaso de los dioses modernistas: "Lugones era oro, pero oro muy pesado". El alarde de rimas de, por ejemplo, el Lunario (aspa/caspa, azabache/cachivache, crustáceo/violáceo) puede resultar oro pesado para el lector actual. Las montañas, aunque anterior, resulta mucho más novedoso en ese aspecto: predomina el verso libre al modo de Laforgue (variaciones sobre metros canónicos) y la rima asonante, ligera, en versos pares.

La "Introducción" irrumpe en heroicos alejandrinos (con algunas variantes) y rima consonante pareada (no fuera que lo creyesen incapaz). Héroe de esta épica: "El poeta es el astro de su propio destierro. / Él tiene su cabeza junto a Dios, como todos, / pero su carne es fruto de los cósmicos lodos / de la Vida". Su linaje: "Dante alumbra el abismo con su alma"; Whitman: "Y todo cuanto es fuerza, creación, universo, / pesa sobre las vértebras enormes de su verso"; Homero: "Tan de cerca le ha hablado Dios, que él habla lo mismo". El dilema, herencia del positivismo: "¡He aquí el nuevo dogma! Dios, lacerante yugo, / es el primer tirano y el primer verdugo. / La libertad le niega, la ciencia le suprime: / la libertad que alumbra, la ciencia que redime. / [...] / Mas ¿con qué vais, entonces, a llenar lo infinito?". Y entonces: "La fe es una montaña llena de precipicios, / en sus cavernas moran las larvas de los vicios: / [...] / En todas las montañas sólo la cima es pura. / La cima es el esfuerzo visible del abismo / que lucha en las tinieblas por salir de sí mismo. / El alma tiene una: Dios". Al modo whitmaniano, el yo poético se arroga un yo profético: "Dios ha dicho palabras a la hoja de hierba: / Pueblo del Nuevo Mundo, tú eres la gran reserva / del Porvenir". Y luego: "En medio de aquel trágico horror, yo estaba solo / entre mi pensamiento y la eternidad", "y decidí ponerme de parte de los astros".

A lo largo del libro invocará a más ancestros: Baudelaire, aludido en "Y aparecieron dos ojeras tristes / como flores del Mal bajo tus párpados"; el entonces recién fallecido Verlaine, al que saluda en el cierre del penúltimo poema, y otros enumerados en el último, entre ellos Hugo y Poe. La imaginería tiene, de cabo a rabo, mucho en común con tales nombres: siempre es noche, sombra, tiniebla; el rojo sangre predomina sobre el modernista azul; rastros de ocultismo y de una cierta necrofilia; algún raro toque de sensualidad magistral: "Yo pulsaré tu cuerpo, y en la noche, / tu cuerpo pecador será una lira". Hasta los temas vulgares o vernáculos (mar, carbón, vacas) están enrarecidos por una atmósfera mítica.

El verdadero heroísmo de este libro consiste en que no desmerece del linaje invocado: se gana un lugar en él con voz propia. El empuje del joven poeta que ha llegado a la conquista de Buenos Aires muestra aún, pese a la rarificación mítica y umbrosa, una luz que llega hasta la cima y reluce como auténtico oro.

Por Pablo Ingberg

Para La Nacion - Buenos Aires, 1997

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