¿La actual tregua entre Estados Unidos y China conducirá a evitar una guerra comercial?

Luis Palma Cané
Luis Palma Cané PARA LA NACION
Crédito: DPA
(0)
31 de mayo de 2018  • 11:08

Desde comienzos del corriente año, el presidente Trump ha vuelto a insistir en muchas de sus erróneas promesas de campaña; destacándose, entre ellas, su afán proteccionista encarnado en su ya famosa frase "America First".

Al respecto, a principios de marzo, aplicó barreras arancelarias del 25% para el acero y del 10% para el aluminio. Simultáneamente, explicitó el ataque comercial directo a China, sosteniendo que dicho país era el principal causante del déficit comercial de su país (del orden de los 600 billones de dólares anuales, un PBI de nuestro país) con un saldo a su favor de, aproximadamente, 375 billones; nada menos que casi un 65% del total. Su principal argumento fue que las prácticas comerciales por parte de China eran "desleales" y que, por lo tanto, afectaban el nivel de empleo de los obreros americanos. En consonancia con tales argumentos, hacia fines de marzo aumentó su artillería: ordenó implementar nuevos aranceles para importaciones chinas valorizadas en 50 billones de dólares. La respuesta fue inmediata: China gravaría importaciones de EE UU por un valor similar.

Sin embargo, fiel a su estilo autoritario y confrontativo, Trump redobló la apuesta. En efecto, argumentando la "reacción injusta y desproporcionada" de las autoridades chinas, el 2 de abril aumentó la lista de importaciones sujetas a aranceles en 100 mil millones, llevando el total a 150 mil; esto es, casi un 30% de los 525 mil millones que importa de dicho país. Nuevamente la respuesta china no se hizo esperar: a las 48 horas aumentó su "listado" a igual importe y arancel.

Sin duda, este fue el momento más álgido de una eventual guerra comercial entre las dos primeras economías del mundo. Ante tan negativo escenario, la casi totalidad de las economías desarrolladas comenzaron a presionar a Trump para que evitara el inicio de un conflicto que -sin duda- sería extremadamente perniciosa para el multilateralismo que dinamiza el actual ciclo positivo de la economía global. Incluso los líderes de Alemania (Ángela Merkel) y de Francia (Emmanuel Macron) visitaron Washington manifestando su pleno apoyo al libre comercio.

Afortunadamente, las presiones no fueron en vano. En efecto, a principios del corriente mes una delegación de altos funcionarios de los EE UU concurrió a China para entablar negociaciones con sus pares del gigante asiático. Lamentablemente, en dicho encuentro no hubo prácticamente avances salvo el compromiso de ambas partes de reunirse nuevamente en Washington; hecho que sucedió durante el último fin de semana.

Luego de intensas reuniones, el jefe de la delegación norteamericana -el Secretario del Tesoro Steven Mnuchin- declaró que se había llegado a un acuerdo para hacer un "tregua" en las proyectadas subas recíprocas de aranceles, lo cual les permitiría avanzar en la implementación de detalle de un acuerdo global. Sin embargo, a posteriori del cierre del encuentro, el Presidente Trump -con su característica verborragia- expresó vía twitter que China había acordado adquirir "masivas cantidades (sic) de productos agrícolas de nuestro país". Al mismo tiempo, fuentes oficiales de la Casa Blanca informaron acerca de un compromiso por parte de China de reducir el actual déficit comercial en 200 billones de dólares. Sin embargo, las autoridades chinas desmintieron ambas afirmaciones declarando explícitamente que no habían asumido tales compromisos sino sólo la implementación de la tregua mencionada por el Secretario del Tesoro.

¿Cómo seguirán las negociaciones? Más allá de lo poco logrado hasta aquí, todo indica que se llegaría a un acuerdo donde EE UU reduciría sus pretensiones y China incrementaría su disposición de ir reduciendo su fenomenal saldo comercial positivo. En efecto, seguramente ambas partes ya han comprendido que están jugando con fuego; en efecto, un desenlace negativo de las negociaciones llevaría a una guerra comercial global con sus ya conocidos efectos negativos: suba generalizada de aranceles, restricciones al comercio internacional, devaluaciones masivas, enfriamiento de la economía global, aumento de las volatilidades financieras y un fuerte incremento de las tensiones geopolíticas. Recientes decisiones de ambos gobiernos (Usa levantando sanciones contra una empresa china y el país asiático reduciendo los aranceles a los autos importados) indican que se está en ese camino.

Asimismo, debe mencionarse que ambas partes presentan debilidades que -sin duda- coadyuvarán a lograr un acuerdo: Usa enfrenta una importante porción de su deuda pública en manos del Tesoro chino y, además, necesita de la alianza con el presidente de Xi Jimping para enfrentar con éxito su conflicto con Corea del Norte; por su parte, su oponente sufre la presión de las naciones desarrolladas para que reduzca gradualmente sus superávits comerciales.

En síntesis, por todos los medios debiera evitarse un desenlace negativo de este conflicto comercial. Caso contrario, las consecuencias económicas y políticas serían extremadamente negativas; no sólo para ambas partes sino también a nivel global.

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.