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La Argentina necesita una caja negra de la política

Diego Cabot
Diego Cabot LA NACION
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31 de mayo de 2018  • 11:56

La Argentina tiene arreglo y la solución es relativamente fácil. Sólo habría que colocarle a la política una caja negra, como esa que usan los aviones para saber qué sucedió en esos momentos previos al colapso. Si existiera esa grabación quizás hoy sería más fácil aproximarse a las conversaciones, los motivos y los argumentos que llevaron a la política argentina a otra madrugada desquiciada, esas de debates interminables en el Congreso que termina con una ley que le da la espalda a todos y sin ningún efecto práctico.

Con la caja negra recuperada, los medios podrían reproducir las felicitaciones del peronismo después de la votación, esos saludos satisfechos que se dieron una vez que la tarea estuvo cumplida. Habían sancionado una ley que no le solucionaba el problema a un solo argentino. O quizá sí, a unos pocos que viven de la política, que sólo buscan permanecer cerca del poder y del dinero y que serían incapaces de ganar una moneda en el sector privado.

Entre ruidos de cubiertos trasnochados de algún que otro bodegón de Congreso, allí donde los legisladores se disfrazan de coroneles de la batalla y hacen el reporte de lo ocurrido, se podrían escuchar las frases del triunfo conseguido.

También habría posibilidades de conocer qué dijo el presidente Mauricio Macri cuando se marchó a su residencia después de estampar la firma en un decreto de veto, una herramienta válida, pero siempre de última instancia. O si es verdad lo que ahora repite el jefe de Gabinete, Marcos Peña, sobre el pedido de los legisladores que mientras levantaban la mano le rogaban que "veten este mamarracho".

Si la cinta negra guardase un par de años para atrás se verificarían las razones por las cuales toda esta suba de tarifas empezó una decisión de pasar por arriba el requisito, aunque sea formal y de buenos modales, de escuchar a los usuarios o a las asociaciones en una audiencia pública. Claro que hubiesen quedado guardados los adjetivos hacia la Corte, que finalmente hizo regresar la suba al punto de partida.

La caja negra de la política, siempre que se haga una búsqueda por el tema "tarifas", ayudaría a entender las razones por las cuales este Gobierno prefirió sacar un pequeño informe llamado El Estado del Estado, colgado en una página web oficial, en vez de explicarle claramente a la sociedad cuál era la actualidad de sectores claves de la vida de un argentino. No había electricidad para acondicionar las viviendas y producir al mismo tiempo ni gas para calefaccionar los hogares y tener las calderas de las fábricas encendidas. Y lo que era peor, no había dinero, ni hay, para pagar la materia prima energética. Pero no se explicó nada y la receta de subir el costo de los servicios públicos se agotó con el paso del tiempo. No hubo explicaciones y sólo se sedimentaron aumentos.

Si la cinta estuvo bien resguardada se podrían reproducir los momentos donde el quinteto integrado por Néstor Kirchner , Julio De Vido , Roberto Baratta, Axel Kicillof y Guillermo Moreno manejaban la batuta de la energía argentina. Entre cortes, tarifas regaladas y negocios millonarios, la Argentina perdía sin ningún reparo de nadie la soberanía energética. De exportadores a importadores. Se escucharían en esas conversaciones las razones que terminaron en un cepo cambiario por la necesidad de tener dólares frescos para pagar estos desaguisados.

Lo que lamentablemente no se escucharía serían a los empresarios del área. Ellos guardaron silencio, refugiados por alguna que otra regulación que les permitió mantener el goteo de alguna ganancia mientras el vendaval pasaba. Entonces, ellos calcularon muy bien el precio que tenía hablar; jamás estimaron el costo del silencio.

Si fuese buena la cinta y la calidad de sonido se hubiese mantenido, aún se podrían tener registro de las discusiones entre De Vido y el ex ministro de Economía, Roberto Lavagna. El primero hablaba de populismo energético. El otro, de la necesidad de encontrar un marco regulatorio y un cuadro tarifario que genere inversiones e incentivos para que la inversión en servicios públicos no se frene. Relataba las consecuencias que tendría a largo plazo esa política. Compartían la mesa de negociación llamada Uniren, Unidad de Renegociación de Contratos de Servicios Públicos. Los contratos habían sido pulverizados por la crisis de 2002 y jamás se rescribieron. Con sólo escuchar aquella cinta la Argentina hubiese evitado algún que otro colapso. Pero la grabación no está y los protagonistas de aquellas disputas, tampoco. Uno, De Vido, está preso y por estos días reclama ambular con una tobillera electrónica. El otro, Lavagna, enfrascado en volver la vista los réditos políticos que deja el populismo energético en el vecindario del peronismo.

La Argentina pasó las últimas semanas enfrascada en la discusión tarifaria más importante de los últimos años. Todos opinaron, mostraron sus números y sus miserias. Hoy a la mañana, todo terminó, como lo hacen gran parte de las cosas en el país: ningún argentino tendrá alguna solución a su problema, tarifario en este caso. Nadie sacó provecho salvo la clase política. Y si la caja negra existiera, se escucharía la crudeza de las palabras de quienes aprovechan estas horas para sacarle ventaja al equipo contrario, en un juego que excluye a millones de argentinos.

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