Alquilé un cuarto en una casa en Barcelona y esto es lo que aprendí

Fuente: OHLALÁ! - Crédito: Revista LUGARES
Denise Tempone
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4 de junio de 2018  • 00:29

Si vas a viajar sola y no te convencen los hostels pero no podés costear un hotel, alquilar un cuarto en la casa de alguien es una gran alternativa. Yo lo hice por primera vez en Barcelona y descubrí algunas cosas.

Por lo general, nuestro concepto de privacidad suele tener que ver con el encierro, con la división de espacios, con la territorialidad. Definir "mi" cuarto, "mi" baño, "mi" espacio nos da seguridad. En entornos agresivos o inseguros, esto es especialmente cierto: todos queremos tener nuestro refugio. Por eso no es nada extraño que la opción de compartir vivienda con una persona (o varias) que no conocemos, sea para muchos, la última opción a la hora de viajar. Sin embargo, un presupuesto limitado o el proyecto de hacer un viaje largo, requieren cierta negociación con la realidad. La posibilidad de conseguir un cuarto limpio, seguro, bien ubicado y además encantador, por menos de la mitad del precio de un hotel, es real cuando te abrís a convivir. La sorpresa es que eso no es lo único que podés conseguir.

Un giro cultural

Vivir en un cuarto en la casa de alguien es una gran opción, pero hay que tener en cuenta varios pormenores
Vivir en un cuarto en la casa de alguien es una gran opción, pero hay que tener en cuenta varios pormenores Crédito: Latinstock

En ciertos contextos culturales y económicos, compartir tiene una connotación poco amable en la que el factor dinero toma la delantera: se comparte porque no alcanza, porque no queda otra. Una nueva cultura de roommates cambió eso hace algunos años. Si bien es cierto que en general todos los que compartimos vivienda, lo hacemos como estrategia para sacar el mejor provecho de lo que tenemos, en lugares como Europa, convivir por afinidad, valorando el intercambio, es una realidad. Karina, mi primera host de Airbnb, era una ex profesora universitaria de casi cuarenta años, ahora volcada a las clases de yoga y español que destina gran parte de lo que recauda por la red, a realizar otros viajes, en lo que también alquila cuartos en casas de otros viajeros experimentados como ella.

El mundo de los hosts y superhosts

En la era de las valoraciones por reputación, para esta primera experiencia, yo elegí a Karina por ser una "superhost", una anfitriona que había hospedado a más de 170 personas y contaba con una calificación perfecta. Lógicamente, pensé que la review de casi dos centenares de personas no podía fallar y sentí que compartir con ella sería la forma más segura de dar un paso nuevo para mi. Antes de aceptar mi reserva, Karina quiso saber algo sobre mi viaje (al ser debutante yo no tenía ninguna reputación previa) y yo sobre ella. Vía mensaje le conté mi propósito y ella me contó las razones por las que se unió a Airbnb. Me pasó su whatsapp y me envió las indicaciones para llegar desde el aeropuerto a su casa. Fue cálida y práctica y eso me predispuso mejor para otras convivencias que vendrían en mi viaje.

Educar el acercamiento

En los tres días que pasé en la casa de Karina, su inteligencia me reveló que existe un grado justo de apertura que hace sentir al otro incluido y considerado, pero con espacio suficiente como para que ese otro sea el que decide el grado de acercamiento. Para mi fue sorprendente recibir las llaves de su casa, el acceso a sus cosas íntimas, a su heladera, a su shampoo, a su mascota Frida, una gata que durmió conmigo la primera noche, a minutos de haberla conocido. Pronto entendí que aunque yo estaba dando un gran paso, el grado de exposición y confianza de parte de ella eran mucho mayor,y eso es una responsabilidad. Afortunadamente, las reglas de convivencia eran claras y eso hizo todo más fácil que yo actué de la forma correcta: lo único que Karina me pedía era no quedarme en espacios comunes después de las doce de la noche, para evitar ruidos y luces no deseadas.

Cultivar la flexibilidad

Para mi, elegir una host mujer era fundamental para sentirme segura. Convivir con una chica me parece siempre mucho menos amenazante que hacerlo con un hombre. Claro que no calculé un aspecto fundamental: en la vida de las mujeres, suele haber hombres. Me sorprendió enterarme a mi llegada de que, durante mi estadía, uno de los cuartos de la casa iba a estar siendo ocupado por un amigo de mi host. Al día siguiente, su propio novio y los amigos de este se reunieron en el living a tomar un vermouthcito y el contacto con desconocidos del otro sexo en "mi casa" terminó siendo inevitable. Finalmente entendí que confiar en el host es confiar también en la gente que elige para compartir su hogar. Y que hay aspectos de alquilar un cuarto que por más calificaciones que mires, jamás te podrás asegurar. Vale la pena tener eso en cuenta.

Crédito: Latinstock

Otra información

La convivencia con una persona que vive en la ciudad a la que vas te revela un montón. Por lo general, las personas que te abren su casa, están dispuestas a compartir con vos la rutina, incluso a explicarte detalles facilitadores. Desde dónde hacer las compras hasta a qué lugares no turísticos visitar. Cuando compartís techo, empezás a compartir información y si sos una persona abierta, la amistad es posible y probable. Si viajás con un proyecto creativo, es viable también que esta se convierta en una experiencia de networking. De todas formas, para cualquier mujer que viaja sola, a cualquier edad, alquilar un cuarto es una buena forma de tener un aliado de antemano. Nada de desconocidos en las camas de al lado, como sucede en los hostels, un cuarto privado en la casa de alguien de quien puedas tener referencias, es una idea mucho más contenedora.

Nuevas formar de vivir

Cuando empezás a interiorizarte en la cultura de las ciudades más cosmopolita de Europa, descubrís que vivir con alguien casi es regla para la clase media, joven y ya no tanto. En lugares como Madrid, a donde vivo ahora con dos roommates, los pisos pueden rondar por los 1500 euros, cuando los sueldos apenas llegan a 1000. Los monoambientes, esa alternativa tan porteña, por acá casi no existen. Esto hace que haya una generación entera compartiendo piso. La realidad de sus rutinas en general, no tiene nada que ver con el descontrol adolescente que puede significar vivir con amigos. En estas nuevas dinámicas, la negociación es constante y la comunicación una obligación. Se habla de cómo dividir las tareas domésticas y hasta nos expresamos en qué horarios el silencio absoluto es una necesidad. Con todo esto, la privacidad se desplaza hacia otro lugar. En estos marcos se define a través de qué tanto estás dispuesto a compartir o no tus procesos internos, los planes y sueños que tenés en tu nueva ciudad. Podés llevarlos al living o mantenerlos encerrados en tu cuarto, el único lugar infranqueable en un piso compartidos, temporal o permanentemente.

Guía para elegir tus hosts

- El superhost es la apuesta segura. Una persona que supera cierta cantidad de huéspedes y mantiene su calificación intacta, no falla. En general, redes como Airbnb los distinguen con una estrellita.

- Identificá sus innegociables. ¿Jamás compartirías baño? ¿Sos alergica a las mascotas? ¿No soportás el ruido? Es fundamental que empieces a conocerte y sepas identificar lo que no querés.

- Buscá lo que te hace sentir "como en casa". Un host de cierto género o con ciertas profesión puede hacerte sentir más "conectado" que otros. Que el hogar tenga mascotas o plantas, tal vez te da una mejor sensación. A algunos les gusta hospedarse con gente de su edad y otros prefieren mayores.

- Lee siempre las calificaciones. Especialmente en el caso de los que no son superhost. Algunos miembros de las redes tienen la mala costumbre de cancelar a último momento y esa advertencia se publica automáticamente en la red.

- Presentate. Una vez elegido tu host, escribile un resumen de quién sos y qué buscás en este viaje en un tono amable. Recordá que después de todo, es una persona que va a recibir a un extraño en su casa.

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