Juan Martín Del Potro ya se convirtió en un especialista en bajarles el telón a las carreras de los rivales

Juan Martín Del Potro
Juan Martín Del Potro
Ariel Ruya
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31 de mayo de 2018  • 18:45

PARÍS.- Se corre de las luces. Los aplausos son para el flaco, alto, tandilense. Sin embargo, la ovación, que eriza su piel, es para Julien Benneteau , el hombre nacido en Bourg-enBresse, un pequeño pueblo francés, ubicado a una hora de Lyon. En diciembre cumplirá 37 años y su especialidad es el dobles: junto a Richard Gasquet, consiguió la medalla de bronce en los Juegos Olímpicos Londres 2012, con un estilo clásico, el de antes. Juan Martín del Potro lo abraza, lo contiene: está a punto de llorar. El resultado, en realidad, es lo de menos: un elocuente 6-4, 6-3 y 6-2 que transporta al argentino a la tercera etapa, en la que se encontrará con el español Albert Ramos Viñolas.

Pero esa será otra historia: ahora, el Philippe Chatrier es un canto de sirenas. Los que no lloran, se tapan los ojos. Es que Benneteau despide su carrera en los singles. Y Delpo es el testigo privilegiado. Una emotiva situación que ya ocurrió otras veces. Un ganador, como actor de reparto.

Por ejemplo, con Nicolas Mahut, apenas días atrás. Y con dos grandes de verdad: el ruso Marat Safin, en Paris Bercy 2009 -su espejo cuando peloteaba, de niño, en las calles de Tandil- y el estadounidense Andy Roddick en el US Open 2012. Del Potro sabe lo que se siente, si habitualmente vive de las emociones. La escena se repite, casi como una fotocopia: un abrazo a centímetros de la red y aplausos de todo el público. Delpo se impuso al ruso por 6-4, 5-7 y 6-4. Y la pista, inmediatamente, fue una canción. Lo otro resultó grandioso: en el mayor estadio de tenis del mundo, y frente a unos 18.000 espectadores, el recordado Bombardero de Nebraska dio su última función. También Juan Martín fue el encargado de darle el punto final, en un maratónico 6-7 (1-7), 7-6 (7-4), 6-2 y 6-4.

"Me corrí como ganador del partido, para que él diera sus últimas palabras con su familia, en esta cancha, en su torneo favorito. Se dio todo junto. Recuerdo la vez de Roddick; fue muy, muy emocionante en Flushing Meadows. Y me tocó estar al lado de él. Y con Safin... bueno, era uno de mis ídolos. Lo de Mahut, el otro día... No sé si me tocará otra vez; ojalá el día en que me toque sea así de lindo", señala Del Potro.

-¿Qué sentiste en ese momento, el del final, con tu rival al borde de las lágrimas? Y no solo por haber perdido...

-Es fuerte. Trato de hacer lo que me sale en forma espontánea. Más allá de que yo gané el partido, el protagonista era él. Eso es raro, pero muy fuerte. Me tocó vivirlo de cerca, porque él estaba muy emocionado, estaba su familia, la gente cantando... Hacerlo en París, en la cancha Chatrier, es lo que todos los jugadores querrían vivir. Irse de esa manera.

-¿Es difícil jugar un partido así, sabiendo que el rival puede retirarse? ¿Juega en la cabeza?

-Hay que enfocarse. Durante el juego uno tiene que pensar que el rival no va a retirarse. Porque, si no, eso puede jugar en contra. Por suerte, manejé muy bien lo tenístico. Pensaba solo en eso. El final, lógicamente, fue para él. A mí me tocó estar cerquita, acompañarlo desde otro lugar. A mí me va a pasar. No sé cuándo, pero ese día va a llegar. Ojalá sea así de emotivo.

Profesional desde 2000, el francés fue número 25 del mundo en noviembre de 2014 (su puesto de ranking más alto) y si bien no ganó ningún título individual en ATP, resultó una gran figura en dobles, al alcanzar el número 5 en 2014. No solamente logró la medalla de bronce: obtuvo en 2014 el abierto francés en esa especialidad en pareja con Édouard Roger-Vasselin, y alzó la Copa Davis en 2017. Al igual que en entonces con Roddick, Delpo le dejó el micrófono a Benneteau, y el francés, en un estadio Chartier desbordado, ofreció un cálido mensaje, con Juan Martín, el ganador, ubicado del otro lado del mostrador.

Con la ilusión robustecida. Sin lesiones, sin fantasmas. "Voy cada vez mejor. Pude resbalar más, pude correr más. Esto me da tranquilidad. Voy mejorando día tras día", se entusiasma el tandilense.

A metros, nomás, y apenas un rato antes, se vivió otro tipo de emociones. Iba un rato de partido, nada más. Guido Pella estaba haciendo un curso de atletismo: corría de una punta a la otra de la pista, movía los brazos de lado a lado, sobre todo el izquierdo, el hábil. Era un intruso en casa ajena: Rafael Nadal es el dueño de Roland Garros. Lo que estaba ocurriendo, eso de estar jugando en la Suzanne Lenglen, a pocos metros de la cancha central, era simplemente una formalidad: el español es el encargado de toda la tierra del complejo. El unipersonal iba 6-2 y 1-0, cuando el bahiense, zurdo como el español, pero que juega en otra categoría, lanzó una bola que tocó la red y se sostuvo una milésima de segundo en el aire.

Como en Match Point, la brillante película de Woody Allen, el suspenso duró un segundo en la realidad y un siglo en la imaginación. La pelota cayó... de este lado del camino. Nadal es tan grande que hasta a los astros tiene de su lado. Se subió al marcador rápidamente: 2-0. Fue entonces cuando Pella se dio vuelta, miró al cielo y a la tribuna trasera y lanzó un genuino: "Tengo ganas de irme a la m...". Lo repitió, con un preámbulo: "Te lo juro., tengo ganas de irme a la m...".

Guido lo recuerda muy bien. "Es... como cuando un equipo de mitad de tabla juega con Barcelona y el árbitro cobra penal. No necesita Barcelona tener esa suerte. Dame a mí ese penal, esa faja. Justo quedó ahí, me quería morir", reconoce, horas después.

-Y más tarde, ¿qué se hace para no bajar los brazos?

-La realidad es que no puedo decir "basta, me voy", porque no funciona así la cosa. No encontré la forma, no podía jugarle a su derecha. Por algo ganó Roland Garros tantas veces. Si alguien tuviera la fórmula, él no habría ganado tanto. Intenté de todos lados. Pero ni drops podía tirarle. Ni siquiera el mejor Coria podría haber hecho algo así. Desde dentro se ve mucho más difícil que desde afuera. Es rápido, lee bien las jugadas.

-¿Hay alguien que pueda ganarle?

-¿A cinco sets? Es muy difícil. A tres, todavía, hay que tener un gran día con el saque. Perdió contra Soderling, cuando nunca vi jugar a alguien como él, y después, contra Djokovic, que en esa época no perdía contra nadie. Tiene que ser un día histórico.

Pella hizo lo que pudo con las pelotas pesadas, con las pelotas punzantes, con ese revés paralelo que es parte de la antología. Rafa no es un adversario: es el rey. "Intenté por todos los medios, pero no me dio ni una chance. Durante el segundo set no daba más, porque le tiraba de todos lados y devolvía todas. Miraba al banco y no había forma. Por más que el resultado fue una paliza, podría haber ganado muchos games. Es difícil", asume, conmovido.

Y Pella corría, corría todo lo que podía y, por momentos, se estabilizó con un digno servicio y pelotas bajas y con efecto que a Rafa, verdaderamente, le hacían cosquillas. Tiró un globo delicioso, pero no hubo caso. El encuentro duró dos horas y tres minutos y terminó 6-2, 6-1 y 6-1. Pella se despidió entre aplausos del público y, sobre todo, de Nadal. Que frenó todo lo que estaba haciendo -cambiarse la remera, guardar las raquetas, tomar un poco de líquido- para aplaudirlo de pie. Esa es la mejor recompensa, por más que Pella, ahora mismo, sienta que nada tiene sentido. Se fue con los ojos clavados en la arena, transpirado, herido. El tenis, a veces, puede ser un martirio.

Por: Ariel Ruya

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