La adicción al gasto desmedido

Diego Sehinkman
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3 de junio de 2018  

El 4 de enero de 2010 fallece uno de los más grandes ídolos argentinos: Roberto Sánchez. Sandro muere luego de someterse a un doble trasplante de corazón y pulmones, producto de su severísima adicción al tabaco. Todos recuerdan sus últimas apariciones con el tubo de oxígeno al costado del escenario. Tiempo antes de su fallecimiento, Sandro lo explicó con claridad: "Mi adicción al tabaco me dejó discapacitado". Y acá vamos, querido lector: ¿hubo un solo argentino que dejara de fumar después de ver lo que le sucedió al ídolo? La respuesta es no. ¿Y por qué? Porque el tabaquismo estimula el llamado circuito del placer a nivel de los neurotransmisores. La recompensa es tan fuerte e inmediata a nivel químico que hace muy difícil -aunque no imposible, por supuesto- prever el daño e inhibir la conducta perjudicial. Para el adicto siempre es hoy.

Pues bien: se terminó el autoabastecimiento energético, las reservas de gas y petróleo están diezmadas, el sistema energético severamente dañado, las reservas del Banco Central, con el tanque en rojo. El país tuvo, desde 1910 hasta ahora, 107 años de déficit fiscal y períodos inflacionarios permanentes, con ciclos de endeudamiento y emisión de los que no se puede salir. Y acá volvemos, lector: ¿Hubo algún gobernador, intendente, senador o diputado peronista que haya tomado la decisión firme de dejar de fumar -perdón- de gastar? La respuesta es no. ¿Y por qué? Porque al igual que el tabaquismo, el populismo también es una adicción. El populismo le activa al político el circuito de recompensa inmediata en los neurotransmisores y sobre todo en las urnas, al generar una sensación de bienestar social efímera pero contundente. La abstinencia es muy dura porque pone en riesgo los cargos. Por eso al político adicto le cuesta salir y procura todo el tiempo otra dosis. Para el populista siempre es hoy.

La escena del Senado votando el freno a las tarifas recuerda al recién operado del corazón que pasa a terapia intermedia y que cuando recibe la visita del pariente transgresor le dice: "Ahora que se fue la enfermera dame una pitadita".

Pero el problema se agrava con la pregunta: ¿Es el tratamiento que propone Macri el adecuado? Del mismo modo que existe un a.C/ d.C, antes y después de Cristo, para Cambiemos existe otra línea de tiempo con un cero en el medio: a.C/d.C: Antes de la corrida y después. La corrida, posterior devaluación (no planificada) y sobre todo la imprevista y desconcertante "vuelta al Fondo" instala dudas: ¿cómo se explica que hasta el 7 de mayo el Gobierno decía que todo estaba bajo control porque "el ratio deuda/PBI es todavía bajo" y el 8 se anunciaron negociaciones con el FMI? Si se anunció el congelamiento del precio de los combustibles por 60 días, ¿por qué las naftas volvieron a aumentar por resolución de la AFIP? Además de reservas monetarias, los gobiernos atesoran capital simbólico. Las frases tales como "venimos a decir la verdad" y "lo peor ya pasó" no deberían usarse en vano porque se deprecian. El optimismo crónico, que el propio Macri admitió, lo impulsa a sobrevender expectativas. En campaña, un exceso de optimismo puede ser una estrategia. Siendo gobierno es una patología.

En marzo el Gobierno tenía previsto perder 10% de imagen haciendo el ajuste, aunque como dice Valentín Nabel, de la consultora Opinaia, no lo veía como pérdida sino como "inversión". "Si el ajuste me sale 10, es un precio razonable". Pero el combo corrida, devaluación/FMI costó 20 en vez de 10. ¿Cuál será la agenda que el Gobierno puede proponer para recuperar los puntos perdidos? ¿Acaso el Mundial y la definición del debate por el aborto alcanzarán para diluir el "cambio climático"? El único alivio para Macri es que, según encuestas, lo que pierde en imagen no lo recoge nadie y le da tiempo a pensar. La épica del optimismo y del ahorro no van a alcanzar para pasar el inverno. Algún dulce habrá que darle a la paciente en recuperación. La abstinencia es dura.

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