Francisco Weffort. "Brasil debe dejar de creer en la opción del hombre fuerte"

El politólogo brasileño, uno de los fundadores del PT, denuncia la "espantosa corrupción" en su país y señala la importancia histórica de Lula, aunque piensa que las condenas se deben cumplir Crédito: Victoria Gesualdi / AFV
3 de junio de 2018  

"En algún momento estuve dividido entre dos lealtades, dos amigos", dice Francisco Weffort en esforzado castellano. El politólogo brasileño se refiere a Inácio Lula da Silva y a Fernando Henrique Cardoso, los ex presidentes con los que trabajó en intensa cercanía en distintas etapas de la vida política de Brasil.

Weffort, que tenía una fecunda vida académica y había sido titular de cátedra de Ciencia Política en la Universidad de San Pablo, fue junto con Lula uno de los fundadores del Partido de los Trabajadores (PT) y su secretario general entre 1984 y 1988. A mediados de los años noventa, en 1994, el politólogo abandonó ese espacio que había ayudado a construir por "cansancio" y desacuerdos. Un año después, aceptó la invitación de Cardoso. Su amigo y profesor, compañero de estudios en la Cepal y fundador del Partido de la Social Democracia Brasilera (PSDB), lo invitó a integrar su flamante gabinete y Weffort aceptó: fue ministro de Cultura de Brasil de 1995 a 2002.

Consultado sobre la crisis brasileña, la corrupción y las condenas de Lula, Weffort afirma que las condenas deben cumplirse y cree que el expresidente no podrá presentarse como candidato. "Hoy tengo la impresión de que vamos a las elecciones sin Lula. Y el problema es que Brasil tiene que encontrar su manera de dirigirse sin creer en la alternativa del hombre fuerte". Reconoce, de todos modos, el enorme legado del fundador del PT. "Lula abrió la sensibilidad brasileña, sobre todo la sensibilidad de las élites brasileñas. El paso de Lula en la historia política de Brasil dejó un país socialmente más democrático".

Autor de trabajos indispensables sobre populismo, democracia y movimientos sociales, Weffort fue invitado como disertante especial en los festejos del 10º aniversario del Club Político Argentino y brindó una conferencia sobre la democracia en América Latina.

¿Cómo fue, en su caso, el tránsito del mundo académico a la acción política?

Estábamos en el régimen militar y todas las cuestiones eran políticas, la libertad de la universidad, la autonomía de la universidad, todo siempre se politizaba. Entonces me acerqué a la gente que estaba creando nuevos partidos en ese momento -Fernando Henrique Cardoso por un lado, y Lula por otro-, porque los dos estaban buscando caminos. Lula era un líder sindical importante porque en el 74 ya había empezado a proyectarse como líder nacional.

Cardoso había sido su profesor y ustedes eran amigos, pero usted terminó siendo uno de los fundadores del PT. ¿Qué lo llevó a armar ese partido y, también, qué lo llevó a alejarse de él?

Mire, lo que me acercó a Lula y a la creación del Partido de los Trabajadores fue la convicción que tuve, y que tenía mucha gente, de la necesidad de un partido con identidad socialista democrática nacido de Brasil en las circunstancias brasileñas, porque la tradición socialista tenía una identidad comunista que venía desde la Revolución Rusa. Había un deseo de un partido obrero o de origen obrero, en las circunstancias brasileñas. Lula no hablaba de socialismo, quería un partido sindicalista. Y éramos muchos los intelectuales frustrados con las experiencias socialistas anteriores. Por eso nos acercamos a Lula y creamos el PT.

Pero después usted se va, abandona el partido.

Sí, el PT se creó en 1980 y yo dejé el partido en 1994. Tenía una ilusión de que el PT fuera como el sueño socialista de una especie de comunidad política. ¿Me entiende? Pero no lo fue. Había un alto grado de competitividad, muchas peleas internas y el partido había adquirido algunos vicios de la competencia electoral. Después de 10 años, me cansé. Y decido volver a la vida académica.

¿Por qué era mala la competitividad?

Porque en el PT existía lo que llamábamos "tendencias": alguna más radical, alguna más socialista, otra era un poco más democrática, etcétera. Pero al final, en las elecciones, eran todos candidatos. Es decir, en última instancia, lo que estaba en cuestión era acercarse al Estado. La elección era una manera de acercarse al aparato del Estado y a sus recursos; había una diferencia entre el discurso ideológico y la práctica. El discurso ideológico era: "bueno, vamos a hacer socialismo, pero como llegar al socialismo toma mucho tiempo, iremos haciendo aquí el tipo de arreglo posible". Esta diferencia entre el discurso ideológico de tipo socialista y la práctica, que era tan competitiva como cualquier otra, cansa. Esto cansa.

¿Pero no es algo que caracteriza a cualquier partido?

No queríamos que el PT fuese así. El PT se sostuvo mientras mantuvo su excelencia, porque inicialmente tenía una ilusión libertaria, combatía toda suerte de prejuicios, defendía la cuestión feminista, los derechos de orientación sexual. Todo eso estaba en el PT de origen. Fue un partido, en ese sentido, muy democrático. Y le hizo un aporte a la democracia brasileña. Después se orientó a la cuestión de competir por votos, como cualquier partido.

Volvió a la vida académica y poco después fue convocado por Cardoso para ser ministro de Cultura. ¿Qué es lo que define a un buen proyecto cultural, una buena política cultural?

Creo que tiene que haber una vocación de apoyo a todo los proyectos innovadores en la cultura, que son muchos, no solamente los de élite, sino también los de carácter popular. Hay que apoyarlos, porque lo nuevo suele tener poco apoyo de mercado. La otra cosa es que debe haber un apoyo a tradiciones populares, que son parte de la cultura nacional. Por ejemplo, el Ministerio de Cultura de Brasil tenía un proyecto de apoyo a bandas de música en ciudades del interior: pequeñas ciudades que no tienen mucho dinero, no tienen cómo mantener la banda y necesitan comprar instrumentos?

¿Qué le hubiera gustado hacer pero no pudo como ministro de Cultura?

Más cosas. En el caso de Cultura, el gran problema es lograr que se le destine dinero . Después de la fuerte crisis de Collor de Mello, que terminó con ciertas instituciones culturales, en el período de Fernando Henrique aumentamos el presupuesto para Cultura y restablecimos esas instituciones. Apoyamos a miles bandas de música, pero habría que haber apoyado el doble. Habría que haber apoyado a las pequeñas bibliotecas públicas, también. Y al teatro, que necesita mucho más apoyo porque la variedad de la cultura es muy grande. Hay muchos prejuicios, porque la gente piensa que la cultura es solamente el gran artista que aparece en la televisión. No. No es eso solo, hay mucho más para que ese señor pueda existir, y tiene que existir como parte de la cultura nacional. Hay que implementar programas de lecturas: leer. Parece una cosa muy simple, pero son necesarias las campañas de lectura. O la defensa del patrimonio histórico. No sé cómo es en la Argentina, pero en Brasil, por más que se haga mucho por el patrimonio histórico, siempre sigue faltando dinero; la preservación es carísima.

¿Cómo observa hoy la situación de Brasil?

Bueno, Brasil no es el único país en crisis, pero hay una crisis tremenda. Una crisis económica seria de la cual el país de alguna manera está saliendo, y que según los análisis económicos, es una crisis agravada por la administración pública anterior, la de Dilma. Entonces, hay una crisis económica de la que el país está saliendo lentamente, a un precio muy caro. Hay una crisis de Petrobras, que es la gran empresa del país, que fue robada de la manera más espantosa. Y hay una crisis política muy profunda. Hay que hablar de los partidos políticos.

¿En qué sentido?

En Brasil hoy en día tenemos 34 partidos. De estos 34, unos 8 sirven algo, los otros 24 o 26 están ahí para participar del dinero público, porque el Estado financia los partidos. Están para hacer negocios, ¿me entiende? Porque tienen un derecho al dinero que viene de la participación electoral, del fondo partidario. El fondo partidario se distribuye a todos los partidos, en proporción a su representación, pero aun el partido que no tiene representación accede a un mínimo. Ese mínimo es suficiente para crear un partido. Es una pequeña industria, que no sirve para nada, excepto para corromper. El país tiene una propensión a la corrupción espantosa. Esos partiditos están ahí como cajas de la corrupción.

¿Y cómo cree que Brasil está atravesando esta tormenta política e institucional de cara a las elecciones próximas?

Hay elecciones en octubre. Mire, yo creo lo siguiente: estamos obligados a la democracia. Ya vivimos 20 años de dictadura; la gente no aguanta eso.

Nadie piensa hoy en una regresión autoritaria, en una vuelta a la dictadura. Pero todos piensan en cómo mejorar la democracia.

Sí, es cierto. Creo que las elecciones mismas tienen un poder de revitalización de la democracia.

¿Por qué tiene expectativas en las elecciones de 2018? Lula, el candidato que encabeza la intención de voto, está preso y hay un final abierto ahí. Luego está Bolsonaro, un candidato derechista...

Hay varios derechistas. Bolsonaro es un hombre de derecha. Será candidato. No gana. Y no gana porque no hay tanta derecha en Brasil. Brasil tiene entre 120 y 140 millones de electores.

¿Quién sería un candidato interesante para usted?

Personalmente, creo que (Geraldo) Alckmin, el gobernador de San Pablo, es un gran candidato, porque San Pablo es el Estado más grande de Brasil. Y él tiene un partido que no es gran cosa como partido, pero que lo puede apoyar. Alckmin puede ser un competidor importante. No sé quién más, tenemos que esperar. Creo en las elecciones por una razón muy básica: el pueblo sale a la calle. Cuando el pueblo sale a la calle algo cambia. Aunque sea simplemente en el carnaval, para la fiesta o para la procesión religiosa, el pueblo en la calle cambia el país.

¿Le parece justa la doble condena a Lula?

Mire, no tengo competencias técnicas. Lo lamento mucho. Ahora, en Brasil hay una frase que dice "la decisión de la Justicia no se discute, se cumple". Es una frase antigua, pero creo que es un buen principio. Si hay que cambiar algo, que se cambie. Pero no se puede, después de una condena, empezar a deslegitimar el sistema judicial. Tengo la impresión de que Lula, en la vida, tuvo un éxito extraordinario. Lula es un tipo de un origen muy humilde, muy pobre, que se hizo obrero, organizador sindical, y llevó a un crecimiento de la república en Brasil. Es decir, encarnó un tipo de un liderazgo extraordinario.

Tiene todas las características de una epopeya, ¿no le parece?

Claro. Es una historia muy dramática, verdadera. Aunque tengo la impresión de que vamos a las elecciones sin Lula. Brasil tiene que encontrar una manera de dirigirse sin creer en la alternativa del hombre fuerte.

¿Qué cosas buenas cree que dejó Lula a su paso? ¿Cuál es el legado positivo?

Creo que una cosa buena, inmediata, fue la Bolsa Familiar. Es un dinerito que el Estado da a las familias muy pobres. Alcanza a 30 millones de personas.

¿Y en materia de alfabetización, de salud?

No hizo nada tan extraordinario a ese nivel. Creó cuatro o cinco universidades, pero sabemos lo que es una universidad. Una cosa es crearla en el papel, otra es hacerla de hecho. Lo que sí creo que es importante es que Lula abrió la sensibilidad brasileña, sobre todo la sensibilidad de las élites brasileñas. Ayudó a llevar el pueblo a la política. No importa si bien o mal, no importa si con demagogia o sin demagogia; el hecho es que presentó el pueblo a la política. Y creo que eso es muy importante. Por ejemplo, el tema racial, el tema feminista, varios de los temas del PT de los orígenes están en los discursos de Lula. Es decir, creo que hoy en día Brasil es más democrático socialmente gracias a Lula. Esto no implica decir que Fernando Henrique no haya hecho muchísimo también por estas cuestiones, pero Lula abrió más la sensibilidad. Lula es una parte importante de la historia de la democracia brasileña.

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