Reseña: Halcón, de Lukas Bärfuss

Un personaje en fuga perpetua
José María Brindisi
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3 de junio de 2018  

La novela es el arte de la espera; un continuo patear la pelota hacia adelante para, en los últimos tramos, recoger lo poco o mucho que se haya sembrado. Desde una perspectiva estructural, es una sucesión de preguntas, que en mayor o menor medida responderá la obra. Es en ese carácter retardatario y la manera en que se llega a la resolución donde una novela como Halcón, del suizo Lukas Bärfuss (Thun, 1971), no termina de hacer del todo pie.

Dramaturgo de larga trayectoria y gran suceso en Europa, como novelista Bärfuss adscribe en su nueva ficción a una suerte de objetivismo enrarecido, pariente lejano también de eso que alguien bautizó "policial metafísico" y que encuentra ejemplos notables en textos como La línea del horizonte, del italiano Antonio Tabucchi, o El mapa calcinado, del japonés Kobo Abe. Con un pie y medio por fuera del género policial, a diferencia de aquellos libros, el argumento de Halcón propone un punto de partida reconocible, casi paradigmático: alguien escapa, de un modo que tiene mucho de inconsciente, del centro de su vida. Quiebra su rutina o la suspende durante unas horas para comprobar, a la manera de un Wakefield contemporáneo, que no hay posibilidad de regresar al orden cotidiano que hasta entonces lo contenía.

Philippe, el protagonista, se ve atraído en la calle por una mujer que no es, en un primer momento, más que un par de ballerinas. Observa esos pies femeninos, algo le llama la atención y de inmediato decide seguirla, o simplemente la sigue. Porque en ello radica su fatalidad: no puede evitarlo. Es la mujer, claro, que luego va tomando cuerpo, es ella como imán y proyección idealizada. Philippe deja plantado a un cliente en un bar, evita los mensajes de su secretaria, pospone indefinidamente el contacto con su novia no porque esconda un plan sino porque, en definitiva, no lo tiene. Un hecho, apenas, un faro incierto ha bastado para arrancarlo de sus certezas y hacerle vivir treinta y seis horas de angustia. Sin brújula, Philippe duerme en su coche, pasa hambre y frío, toma tranvías y trenes, siempre a punto de abordar a esa mujer que se asemeja cada vez más a una alucinación.

Pero ese planteo inicial deviene, en el libro de Bärfuss, un truco demasiado expuesto, forzado y esquemático. Por un lado, el narrador, alguien cercano a Philippe pero que también podría interpretarse como el desdoblamiento del protagonista, carece de consistencia. Su pretendida ambigüedad resulta más molesta y caótica que inquietante. Por otro, está el modo en que la novela trabaja con las referencias de época. Se inserta en la actualidad, pero con una perspectiva en apariencia algo futurista, materialización de evidentes maniobras digresivas, con frecuencia ingenuas, que ninguna complicidad metatextual logra salvar.

El desborde de promesas que el narrador hace en las primeras páginas de Halcón no solo resulta incumplido, también rozan la incoherencia. "Estas visiones que me fascinan, me cautivan y a veces me han llevado hasta el límite de la locura", sobreactúa al comienzo, para acto seguido reconocer lo absurdo de esas obsesiones, que tranquilamente podría hacer a un lado sin esfuerzo para "continuar con mi vida como hasta ahora".

Algunos pasajes del libro hacen referencia, a partir del impreciso salto en el tiempo desde el que se narra, a un momento de transición, un tiempo tan inestable que no admite perderse en preocupaciones individuales. Ese eje, que podría haber invitado a una lectura de otro alcance, tampoco se robustece. Aunque a veces la distancia entre la vaguedad y la sutileza sea algo intangible en literatura, también en ese terreno Halcón aterriza mucho antes que sus aspiraciones.

Halcón

Por Lukas Bärfuss

Adriana Hidalgo. Trad.: Claudia Baricco. 158 págs./ $ 360

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