Crisis y goleadas nunca son casuales

Sergio Suppo
(0)
3 de junio de 2018  

Más fanático por la pelota que Carlos Menem, Mauricio Macri suele hablar de política con metáforas futboleras. Una de sus preferidas es la gloria y el drama separados por el incierto destino de la pelota que pega en el palo y se convierte en gol o que pega en el palo y sale desviada. En más de una noche de Copa Libertadores, Macri sintió que su trabajosa construcción para hacer resurgir a Boca podía desmoronarse por un penal mal pateado. Aparente azar, un infinito juego de probabilidades sin control, que en verdad podía ocultar que el club que presidía había hecho un largo proceso de reorganización y saneamiento para volver a ser competitivo.

Crédito: Alfredo Sábat

Aunque los detractores de Macri insistan en que fue un golpe de suerte su llegada a la presidencia, nunca fue justo explicar el cambio de rumbo de la Argentina por una mera coincidencia. El macrismo interpretó el fin del ciclo kirchnerista, rechazó una alianza con Sergio Massa que el empresariado y muchos expertos le aconsejaban, hizo un acuerdo esencial con el radicalismo y Elisa Carrió y se presentó como una opción para consumar un cambio.

Por lo mismo, tampoco es posible contemplar como un accidente el repentino tránsito de la "normalidad" a la "crisis" que el país vivió en menos de un mes. Tardamos menos de lo que durará el Mundial en dejar de ser un ejemplo global de salida del populismo a una rotunda manifestación de desconfianza materializada en una corrida cambiaria originada en ese mismo universo. ¿Íbamos tan bien? ¿Estamos tan mal? Esas preguntas equivalen a predecir extremos tan rotundos como que la selección será eliminada en primera ronda o que Messi levantará la Copa del Mundo. En la política como en el fútbol, las aparentes casualidades no son otra cosa que la consecuencia de un extenso camino.

Por eso, uno de los más certeros reproches a Macri es no haber entendido que los elogios internacionales que recibía incluían advertencias tanto sobre la consistencia de su programa económico, como referidas a las dudas nunca despejadas sobre la posibilidad de que la Argentina se arrepintiera de su salida de la ruta populista. Su gobierno ocultó una herencia de precariedad que nunca había dejado de ser un dato de la realidad económica y financiera. Ese es el precio a pagar: una abrupta pérdida de la autoestima.

Los imponderables existen y cuentan. El problema es tener la fortaleza para afrontarlos cuando son negativos y contar con una mínima inteligencia para aprovecharlos cuando llegan como un regalo inesperado.

Dos ejemplos, uno de mañana y otro de ayer. Si Messi y sus amigos ganan el Mundial de Rusia podrá celebrarse precisamente eso, un gran triunfo, pero el fútbol argentino no podrá decir que ese resultado es hijo de su organización, sino, por el contrario, que se logró a pesar de su desquiciada conducción. Otro caso: cuando Néstor Kirchner llegó al poder, en 2003, el precio de los granos que demandaban los mercados en crecimiento exponencial, como China, motivó el momento de mayor rentabilidad de la historia agropecuaria argentina. Pero lo que pudo ser un sostén extraordinario para el desarrollo se convirtió en una fiesta efímera que consolidó las desigualdades sociales y la pobreza estructural.

La salida de la eterna crisis argentina precisará más de un largo esfuerzo que de la puntería de un goleador. Macri lo sabe, aunque siga rogando que la pelota pegue en el palo y entre.

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.