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Tom Wolfe y los límites de la ironía

Carlos Manuel Alvarez
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3 de junio de 2018  

CIUDAD DE MÉXICO

Algunos padres tienen hijos mayores que ellos. John Reed publicó su demoledor México insurgente en 1914, pero el año cero del nuevo periodismo -y no vale la pena pelearse por eso, o al menos yo no le encuentro ningún sentido- es 1973, cuando Tom Wolfe publicó con ese título una compilación de crónicas escritas por colegas de su generación de reporteros, un grupo variopinto que se mueve desde la posguerra hasta el fin de Vietnam y que se ganaba la vida de modo pendenciero en las páginas de The New York Times, del Daily News o del Herald Tribune.

Un padre no inaugura una corriente estética. Lo que un padre hace es fijar un canon, la nueva puerta de entrada para una serie de autores anteriores, contemporáneos y posteriores que el tiempo va a fijar en una etiqueta. La etiqueta que inventó Tom Wolfe es tan falaz como hermosa. La han engordado, la han pisoteado y negado, pero nadie la puede matar. Es un corcho, quizá porque el nuevo periodismo ya es viejo respecto a sí mismo, pero siempre va a ser nuevo respecto al periodismo viejo que se hace todos los días. En la literatura, o en la escritura que aspira a tal, solo es nuevo lo longevo.

En El nuevo periodismo, Wolfe incluyó a Norman Mailer, a sí mismo y a otra lista de autores que hoy nadie visita demasiado, aunque el libro recoge una pieza ejemplar de Red ?Reex sobre Ava Gardner en la que el periodista se preguntaba si la actriz dormía desnuda. La compilación no incluye a Hunter S. Thompson, no incluye a Truman Capote ni a John Hershey, y tampoco a Gay Talese, pero en el prólogo Wolfe sí lo menciona. Dice incluso que la pieza profética que le voló la cabeza y le enseñó el camino de la liberación fue un reportaje íntimo sobre el boxeador Joe Louis que en 1962 Talese publicó en las páginas de la revista Esquire.

Hay que apuntar ahí. El nuevo periodismo no es una compilación, sino un prólogo. Wolfe se inventa una selección para fijar un término, fundar nominalmente un territorio que ya habitaban Reed, Walsh y Capote, y declarar, pretencioso, la muerte de la novela norteamericana antes de pasarse él mismo a esos predios y soltar, fiel a su prédica realista decimonónica, ríos balzacianos de 800 páginas como Man in Full (Todo un hombre), un peñasco que llegó después de La hoguera de las vanidades y del que yo leí 300 o 350 páginas de corrido antes de decidir que tenía cosas más importantes que hacer.

Wolfe se vanagloriaba de haber roto con lo que Orwell llamaba "las convenciones de Ginebra del pensamiento" cuando destapó la caja del manierismo y sus crónicas comenzaron a llenarse de guiones, puntos a mitad de la oración, interjecciones a diestra y siniestra, signos de exclamación, cursivas, onomatopeyas, pleonasmos e incluso, como se encarga de recordarnos, signos de puntuación que no se habían empleado nunca. Yo creo, en cambio, que esa caja no solo debió permanecer siempre firmemente cerrada, sino que es una caja que habría que evaporar cuanto antes. Esa caja abierta ha hecho mucho daño; hay demasiados irresponsables paseándose a mansalva con tales armas de alto calibre en las manos, disparándolas por nada.

Wolfe es en el ranking el primero de los muertos y el último de los vivos entre los cronistas más importantes de su generación, que es una generación de oro. Es decir, a mí Wolfe no me gusta. Su marco narrativo es cerrado y fallece a los pies de Zola, se vestía todo de blanco, podía con frecuencia elogiar a Estados Unidos de un modo plano, y no creo que conociera a fondo el corazón de la desgracia, aunque podía entenderlo, naturalmente, pero eso es algo que todo hombre inteligente y que todo narrador más o menos eficaz puede hacer.

Wolfe encajaba perfecto en la idea de David Foster Wallace de que "la ironía, por muy entretenida que sea, está al servicio de una función casi excesivamente negativa. Es crítica y destructiva, asoladora. [.] La ironía es singularmente inútil cuando se trata de construir cualquier cosa que reemplace a esa hipocresía que ella misma pone en evidencia". Me temo que le pareció que esa era una buena estación para quedarse -la ironía sin ningún otro paliativo- y tarde o temprano un cronista así tiene sus días contados o bastante maltrechos, sea padre, sobrino o primo de lo que sea.

Sin embargo, Wolfe tiene razón en muchas otras cosas, como en su burla desoladora a la izquierda infantil de salón y pasillos de academia, la izquierda que, McLuhan dixit, trabaja apenas con la indignación moral que le confiere dignidad al necio.

También tiene razón Wolfe en su diagnóstico sobre los supuestos novelistas que desprecian el punto de partida del elemento realista en la narración como si trataran "de desarrollar una tecnología mecánica más sofisticada empezando por descartar el principio de la electricidad", sin tomarse el trabajo de entregarle al lector lo que el novelista argentino Carlos Busqued ha llamado recientemente, en un alarde de precisión y lucidez envidiables, "una cosita bien hecha".

No obstante, que Wolfe sea o no un autor de cabecera es un dato menor ante el hecho incontestable de que me sacó temprano de un atasco. En la biblioteca de la facultad de periodismo de la Universidad de La Habana, una pequeña editorial de fines pedagógicos ha venido colocando durante años distintas ediciones tanto de El nuevo periodismo como de El periodismo canalla y otros artículos. Esos libros, y otros de Capote, Walsh, Wallraf, Bernstein y Woodward funcionan casi como la dinamita enterrada bajo el suelo de la estructura ideológica que se supone debemos habitar los estudiantes recién iniciados en los menesteres de la prensa partidista cubana.

Es como si una parte del programa de estudios, en vez de adoctrinar a los alumnos en el ejercicio de la propaganda y la obediencia, nos hubiera entregado de contrabando, casi clandestinamente, sin que se enterasen los jefes de Cuba, las claves para que ejerciéramos nuestra propia y rotunda liberación. De otro modo no se explicaría que alguien que quiera realmente prepararte para que trabajes en el periódico Granma, el Pravda cubano, te entregue como lectura Operación Masacre o Todos los hombres del presidente.

Vi a muchos colegas de mi generación con la mecha de esos libros en la mano. Los vi pasar sus páginas, abrir y cerrar aquellos artefactos, no saber muy bien qué hacer. Algunos definitivamente prendieron esa mecha. Otros no. Eran libros que, bien leídos, bien asumidos, incorporados hasta el hueso, podían sacarte por el aire de un modo real. Dinamitar tus amistades, dinamitar tu familia y tus profesores, dinamitarte a ti.

Quiero pensar que ahora, con la muerte de Wolfe, al menos un estudiante nuevo de mi antigua facultad se ha acercado a la biblioteca, ha abierto uno de esos libros que no pensaba abrir, ha empezado a leer casi al descuido, con la espalda apoyada en cualquier pared, y ha visto de pronto cómo todo ese bagazo a su alrededor, absolutamente todo, envuelto en llamas se empezaba a derrumbar.

El autor es periodista y escritor nacido en Matanzas, Cuba, en 1989. Autor de La tribu. Retratos de Cuba (crónicas) y director de la revista El Estornudo

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