Los más chiquitos, ¿se portan mal?

Maritchu Seitún
Maritchu Seitún PARA LA NACION
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2 de junio de 2018  • 00:41

Los más chiquitos, entre el año y los dos años, al desplazarse solos, entusiasmados de poder llegar a tantos lugares interesantes por sus propios medios, empiezan a investigar: tocan, tiran, exploran, se llevan cosas a la boca, etc.. Quieren conocer, probar y entender, están jugando y apurarse para llegar antes que mamá es parte de ese juego. Se están portando mal? ¡No! No tienen nociones de lo que es peligroso o está prohibido. Están explorando el mundo, pero esto implica que el segundo año de vida requiere una "marca personal" por parte del adulto a ese niño que, por su inmadurez, necesita ser protegido de algunas de sus propias ideas.

Al acercarse a los dos años cambia la situación con la aparición simultánea de miedos y berrinches que señalan la salida de la simbiosis: cuando el chiquito toma conciencia de que es una persona separada de su mamá, esto lo lleva a intentar hacer lo que quiere con mucho ímpetu y a enojarse mucho cuando no lo logra o no se lo permiten. Al mismo tiempo empieza a tener miedos por esa misma conciencia de ser una persona separada -de golpe lo aterra la idea de quedarse solo y sin protección- y en otros momentos registra lo que provoca con sus pataletas y berrinches ¡y teme que lo dejen solo! Les lleva un año entero, entre los dos y los tres años emerger de esta difícil y ruidosa etapa. ¿Qué podemos hace los adultos? En primer lugar salirnos de las luchas de poder (¿manda mamá o mando yo?) en las que ellos parecen intentar meternos. Somos grandes, no siempre vamos a decir que sí pero todas las veces podemos comprender sus deseos y poner en palabras sus enojos: "no querías que papá se vaya a trabajar", "vos querías ese juguete", " no te gusta cómo te peiné", "vos querías apretar el botón del ascensor y mamá se olvidó, estás furioso", "no querés ir a la bañadera" y al ratito "qué mala suerte que se enfrió el agua y tenés que salir". Siempre tienen una buena razón para su berrinche y tenemos que intentar descubrirla, comprenderla ponerla en palabras, aunque no necesariamente significa acceder.

En estos dos años (entre al año y los tres) es muy importante que no usemos el chupete como corcho o tapón para que dejen de patalear, gritar o llorar. Cada vez que lo usamos desperdiciamos una oportunidad para ayudar a nuestro hijo a tener más y mejores recursos para comprender y procesar estados emocionales y dificultades con él mismo y con el entorno. Obviamente es más complicado calmar un llanto con palabras, mimos y otras estrategias más complejas, pero es mucho más enriquecedor para esa personita en crecimiento, y a la larga nos beneficia a nosotros también porque en esas experiencias ellos aprenden a calmarse a sí mismos, a esforzarse, a ceder, a confiar en su mundo interno como fuente de información útil y en su capacidad de expresarse y de resolver.

Al llegar a los tres años pataletas y berrinches empiezan a disminuir, especialmente si nosotros no nos rendimos y cedemos ante ellos por cansancio. En ese caso nos espera un año tranquilo con nuestro pequeño de "sala de tres". Es importante que lo intentemos porque a todos nos viene bien tener un descanso entre la batalla por la individuación de los dos años -con sus miedos y berrinches- y la integración de los diferentes aspectos de la personalidad que comienza al llegar a los cuatro, cuando por primera vez los chiquitos se reconocen como personas únicas, que pueden pensar y sentir cosas muy diferentes dentro de ellos mismos: a veces buenos y malos, por momentos egoístas y en otros generosos, a la mañana querendones y al mediodía odiosos, en un momento quieren hacer caso a mamá y al ratito se rebelan de muy mal modo.

El principal conflicto de los cuatro años ocurre adentro del mismo chiquito, en sus intentos de reconocer como propios esos personajes tan diferentes. Porque ya empieza a tener alguna noción de lo que está bien o mal, y lo asusta mucho que en su interior convivan ideas, pensamientos y emociones tan disímiles, unas que le encantan y otras que percibe como inadecuadas para él mismo o para sus padres. Nuestra tarea adulta es tolerar, aceptar, validar sus ideas y sentimientos de todo tipo mientras regulamos su conducta, a veces impidiendo, evitando o deteniendo, y otras dejando que hagan y se atengan a las consecuencias de su conducta, de modo que aprendan para la próxima (obviamente sólo si la consecuencia no es grave). Así vamos ayudándolos, hacia los cinco años, a conformar una conciencia moral firme y protectora, en lugar de sancionadora (como son casi todas las conciencia morales de los que hoy somos adultos).

Para poder decir que nuestro hijo se porta mal tendríamos que estar seguros de que él sabe lo que está bien o mal, y, como acabamos de ver, hasta los cuatro o cinco años, eso no es factible. Entonces ¡a acompañar y cuidar más, y a retar menos, a los más chiquitos de nuestras casas!

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