Un pueblo llamado Uzcudun

Es un paraje solitario en Chubut; su nombre figura en el mapa argentino gracias a un peón de campo
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19 de junio de 2000  

UZCUDUN, Chubut.- El automóvil corre por la ruta 3 y atraviesa la Meseta de Montemayor. Afuera, sólo los vientos del Sur son capaces de agitar estos pastos duros que abundan en la Patagonia. La ráfaga que produce el cruce con un camión de frente desestabiliza un poco el vehículo, y la noche y el cansancio le avisan a su conductor que es tiempo de detenerse.

Por fin, el hombre avista algo parecido a un caserío, que no es otra cosa que un paraje. Gira el volante a la derecha y deja su automóvil junto al surtidor de nafta. Ingresa en un comedor que huele a sopa de verduras, se quita la boina, sonríe, dice "Buenas noches" y pregunta: -¿Cómo se llama este lugar?

-Uzcudun -le responde el patrón.

-Ah..., claro -se da por entendido el viajero, quien enseguida agrega- ¿Y su nombre?

-Uzcudun -vuelve a responderle el dueño.

Valentín Felipe Uzcudun le sirve el plato de sopa y regresa a la mesa, en donde seguirá conversando con el enviado de La Nación , contando cómo un nieto de un peón rural llegó a tener su apellido en el mapa de la República Argentina, a 1595 kilómetros de Buenos Aires.

Es que el lugar fue un oasis cuando el camino era de ripio y quiere volver a serlo ahora que lo cubre el asfalto. Pero la historia comenzó antes, con el abuelo Felipe, aquel vasco nacido en Benito Juárez, peón mensual como andariego, que con sus pilchas y prendas salió a recorrer los campos sureños de Bahía Bustamante e incluso trabajó en Cabo Raso, el pueblo situado a orillas del Atlántico, en donde hoy ya no vive nadie.

Con su mujer, Manuela, tuvo hijos y fue uno de ellos, otro Felipe, quien con toda la familia se encargó de atender la carnicería y panadería de Camarones. En 1933, ese Felipe partió al desierto de la Meseta de Montemayor para, el 9 de julio, abrir lo que sería un remanso entre troperos, camioneros, gente de campo y algún adelantado del turismo en la Patagonia.

Eligió una fecha patria para la inauguración. Es que además del nombre, la misma sangre e igual tesón, heredó del padre unas raíces que hace mucho venían acollaradas con esta tierra.

Los comienzos

"Mi padre llegó a la nada, a un desierto", describe Valentín Felipe como imaginando la ausencia. "Allí, donde le muestro -señala con el índice más a lo lejos-, había una huella de carros que bordeaba la laguna La Concepción. El fue quien hizo el atajo por donde ahora pasa el pavimento y levantó un parador y hospedaje con un surtidor de la YPF."

Las cinco habitaciones que por aquellos tiempos resguardaron a los hombres fueron vencidas por el paso de los años y por esas circunstancias que los acompañan. Pero ya no había tiempo de doblegar un nombre, Uzcudun, porque "el lugar se bautizó solo", cuenta sin alardes Valentín.

La muerte del padre, una posterior construcción sobre la ruta, una puerta que hubo que cerrar y, finalmente, un alquiler mantuvieron a Valentín Felipe alejado del terruño por un tiempo. Pero allí había un campo para seguir atendiendo y los periódicos regresos eran inevitables. Tanto como el llamado del apellido.

"A esto yo lo quiero mucho. Es como un imán. Así que un día dije: ¡yo me vuelvo a Uzcudun!" Hoy el paraje es un casco de estancia sin alambres, porque detrás del comedor hay 33.000 hectáreas, 6500 lanares y 16 molinos. Un cartel medio perdido dice propiedad privada, y, delante de la leyenda, se expende nafta, se sirve aguardiente y hay bastantes ofertas como para amansar el hambre.

El viejo galpón de lo que alguna vez fue la gomería se asemeja a un museo y los cinco dormitorios guardan sueños del pasado.

Sueño que otro vasco quiere despertar: "Con mi mujer tenemos la idea de volver a abrir el viejo motel. ¿Sabe cuánta gente viene a pedir una habitación? Esto no es como antes; ahora, sobre todo en verano, pasan autos con turistas que vienen a almorzar o a cenar".

La mujer, María Trinidad Ramos de Uzcudun, no esconde el entusiasmo y habla de su cocina. "Tenemos matambre, estofado, pastas, buseca, guisos o puchero y cualquiera puede comer por ocho o diez pesos."

Una cuestión de raíces

Pujante como severa, enseguida extiende una queja:"Pusimos teléfono, pero parecería que a la empresa no le interesa invertir, porque de tanto en tanto anda con problemas. No puede ser que suceda ahora, no estamos en esos tiempos en los que los aparatos eran a manija, ¿se acuerda?" Afuera del comedor el frío acobarda y, adentro, otro plato de sopa sale humeante, con unos ojos de aceite que, desde la superficie, observan a un parroquiano mostrando que en ese caldo no faltó carne.

El apellido Uzcudun se traduce así en idioma basko: árbol grande de raíces profundas. No es casual, entonces, que a partir de un abuelo peón rural, de la porfía de un padre tesonero y de las ganas del actual patrón, Uzcudun se haya hecho nombre en los mapas de las rutas patagónicas.

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