Cancheros, ¿eran los de antes?

Miguel Espeche
Miguel Espeche PARA LA NACION
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2 de junio de 2018  

Es probable que los más jóvenes no tengan cabal noción de lo que significa la palabra canchero. El término, tan propio de la argentinidad, marca toda una cultura, y tiene un posible precursor entre nosotros: Carlos Gardel, el canchero primero, aquel del peinado a la gomina y la sonrisa eterna y de "coté".

Ellos, los chicos, saben lo que significa cool, que es parecido a canchero, pero no es lo mismo. Según la Academia de la Lengua, canchero significa ser "ducho y experto en alguna actividad", o "que es listo y astuto y sabe lo que más le conviene, especialmente cuando manifiesta suficiencia por ello". De hecho, la "suficiencia" es la clave. El canchero de ley se la sabe lunga, le sobre el paño, la maneja de taquito, se revuelca en el fango y sale limpito, como el gran canchero de Occidente: James Bond, quien, tras la trifulca con explosiones y balaceras, se sacude el polvo del smoking y, sin más, vuelve al cóctel.

Con cancheros así, es imposible no decir "cuando sea grande quiero ser como él", confirmando que el canchero marca tendencia: era, es y será un trendsetter.

Alguna vez, tiempo después de Gardel claro está, ser canchero en nuestro país fue usar un flequillo que tapaba los ojos, "estar en la pomada". En la versión intelectual, existía aquella "cultura axilar", que obligaba a tener un libro de Freud, Nietzsche o Borges bajo el brazo, se lo leyera o no.

Hoy el abanico de lo que habilita a ser canchero se ha expandido, sobre todo, desde la "venganza de los nerds". Antes era solo lo deportivo, lo estético, lo socioeconómico o lo intelectual (vivido con la "suficiencia" antes mencionada) lo que definía el ámbito de la cancheridad. En el presente, para merecer el título se suman una declamada capacidad técnica e intelectual, la presencia rutilante en las redes sociales y la aceptación ostentosa de la propia forma de ser, entre otras cualidades muy policromáticas y plagadas de matices que antes no existían. Mientras uno se la crea, será canchero en la versión que más le convenga.

A veces los roles se modifican con los años, otras, no. De hecho, los cancheros de antes se fumaban un cigarrillo después de cruzar un peligroso puente en un jeep, pero con el tiempo, ahora ya grandecitos, sufren los avatares del tabaquismo y comen ensaladas y carnes magras.

Están quienes a fuerza de vivir salen de ese paradigma cancherista para ponderar la vida desde otros ángulos más relajados (ser canchero es un esfuerzo, que no se dude), mientras otros dedican su existencia a perdurar tozudamente en la demostración de suficiencia, o a tratar de ser aquel canchero que no fueron en sus años mozos.

Mientras el rol no se coma a la persona, esforzarse por ser canchero no es nada grave. Tanto la que se porta, como la que se anhela, la cancheridad es una idealización que tarde o temprano deja lugar a otra cosa.

El tiempo todo lo desnuda, y en lo bueno o malo, todos somos personas buscando un lugar en el mundo, usando ropajes que, como el smoking de James Bond, nos hagan olvidar, por un momento, la vulnerabilidad que nos habita.

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