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Gran mosaico

LA LARGA MARCHA Por Rafael Chirbes (Anagrama)
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29 de octubre de 1997  

EN 1988, sobre el filo de los cuarenta años, tras haber estudiado historia moderna y contemporánea en Madrid y haber ejercido la crítica literaria y el periodismo, Rafael Chirbes, nacido en un pueblo valenciano en 1949, dio a conocer su primera novela, que fue elogiada por la crítica y algunos colegas y traducida a varios idiomas. En los siguientes ocho años publicó otras cuatro. La quinta y última de su producción es La larga marcha, aparecida en 1996.

Comienza esta novela como un gran mosaico formado por pequeños fragmentos de historias particulares, ubicadas todas en distintos sitios de España alrededor de la fecha de nacimiento del autor, entre las huellas de la posguerra. Se trata de episodios breves, cuyo diseño instala al lector inmediatamente en las peculiaridades de cada caso, en los que se entremezclan ocasionales reminiscencias de la Guerra Civil.

Si Chirbes saca fruto de sus estudios de historia, no es por la referencia a grandes hechos, cuya presencia jamás excede la vaguedad de un telón de fondo, sino por los detalles cotidianos de cada momento y el recorrido propio de cada personaje en aquel marco.

Poco a poco, el mosaico se revela como la base de una pirámide. Las numerosas historias, y los aún más numerosos personajes, de todos los colores y clases, comienzan a entrecruzarse. La segunda parte transcurre en los agitados años 60, y sus protagonistas pasan a ser los hijos nacidos al comienzo.

Como contrapeso de la retrospección hacia la Guerra Civil en la primera parte, en la segunda el relato salta a veces hacia un futuro desde el que se recuerdan los hechos del presente narrativo. Lo que reúne a buena parte de los personajes es la militancia izquierdista contra el régimen de Franco, y aun así el centro del relato sigue estando en la diversidad de recorridos personales: son los años 60 recordados o reconstruidos desde el espíritu de los 90, no el gran relato sino los pequeños relatos.

La arquitectura y el entramado son sencillamente formidables, evidencia de una ambición literaria poco frecuente en nuestra época. La escritura es tersa, de un tono mesurado que algunas veces consigue elevarse a la dimensión poética y nunca cae en la grandilocuencia. Siendo así, cuesta entender cierto manejo en ocasiones desmañado del fraseo extenso, a base de excesivas repeticiones de un relativo que parece haber perdido la brújula.

El último capítulo de la primera parte, con su burda pretensión alegórica fuera de contexto, desmerece por un instante la maestría del autor para instalar, desarrollar y entrecruzar historias y personajes atractivos y claramente diferenciados entre sí. Con todo, estos y otros detalles menores, como el dejo cacofónico del título, no tienen mayor peso relativo frente al aliento general de la obra en sus restantes aspectos y en su conjunto. (391 páginas).

Pablo Ingberg

(c) La Nacion

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