El ministro que se perdió en el aire

El ministro Agustín P. Justo durante su recorrida por el norte del país
El ministro Agustín P. Justo durante su recorrida por el norte del país Fuente: LA NACION
Daniel Balmaceda
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5 de junio de 2018  • 01:03

En abril de 1927, durante el gobierno de Marcelo Torcuato de Alvear, el ministro de Guerra Agustín Pedro Justo, y futuro presidente de la Nación, partió de gira por el país con el fin de realizar inspecciones militares. Desde la ciudad de Córdoba voló a La Rioja en un biplano que contaba con un asiento para el piloto, Victoriano Martínez de Alegría, y otro detrás para el acompañante, en este caso, el corpulento ministro de Guerra. En ese tipo de vuelos era obligatorio el uso de los cinturones de seguridad. Pero Justo no lo usó porque le molestaba debido a su prominente barriga.

Eran las once de la mañana. Alegría sobrevolaba la provincia de La Rioja (se encontraba a unos cien kilómetros de la capital) cuando se topó con un pozo de aire que sacudió la aeronave. El ministro Justo salió despedido, como si lo hubieran eyectado. Para su fortuna, llevaba el obligatorio paracaídas que le permitió descender desde una altura de 2200 metros en unos siete minutos, según su cálculo. Mientras planeaba en cielo riojano logró divisar la vía de ferrocarril. La clave de la salvación era alcanzarla y seguirla hasta desembocar en alguna estación.

Desde La Rioja, se envió un telegrama urgente al presidente Alvear que decía: «Ministro de Guerra perdido en el aire. Alegría». Claro que tuvieron que explicarle al presidente que no se trataba de una expresión de júbilo o entusiasmo sino que Alegría era el apellido del capitán que piloteaba el Breguet XIX en el que volaba Justo.

Una vez en tierra, el ministro se deshizo del paracaídas, lo extendió para que pudiera ser visto desde el aire e inició la caminata. Sin embargo, el sol del mediodía riojano atentaba contra la humanidad del ministro, quien se recostó a la sombra de un algarrobo y durmió una siesta. Más tarde, con los rayos menos agresivos, marchó los trece kilómetros hasta la vía y luego apuntó hacia el norte. Mientras tanto, en la ciudad de La Rioja se improvisó un tren rescatista. Llevaron un joven gritador de potente voz.

Se acercaron al radio en que esperaban encontrar al ministro, cada dos o tres kilómetros la locomotora, cuyo silbato sonaba con insistencia, se detenía, cuatro hombres bajaban a revisar los alrededores y el gritón lanzaba sus alaridos. A las once de la noche, el tren se detuvo. Abordó el vagón principal Agustín P. Justo.

Al día siguiente, un avión militar llevó al ministro a Buenos Aires, en donde lo esperaban su mujer, Ana Bernal, y el presidente Alvear. Esta vez, sí usó el cinturón de seguridad.

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