Síntomas inquietantes de un país de película

Pablo Sirvén
Pablo Sirvén LA NACION
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3 de junio de 2018  

A Mauricio Macri, la información que le dio su ministro de Cultura, Pablo Avelluto, le encantó: "Presidente, he comenzado el ajuste por dentro".

El funcionario no se refería al organismo que comanda, que ya bajó su planta de empleados de 4000 a 3000. Hablaba de otro tipo de cirugía, más personal, la bariátrica, que le hicieron para dejarle tan solo un 10% de su estómago, y empezar así a desprenderse rápidamente de su récord de peso (142 kilos). Quienes lo ven comer por todo almuerzo una sopa líquida de verduras elaborada por su propia madre, y que porta en un termo, pueden pensar que al ministro se le cerró el estómago por ciertos últimos malos ratos.

Es que en el Incaa, el instituto del cine, organismo descentralizado que depende de Cultura, sucedió lo que cierta prensa rotuló como el "atrincheramiento" de un gerente acusado de consentir irregularidades por más de seis millones de pesos. El funcionario tiene 75 años, por lo que podría estar jubilado hace ya una década, pero por ahora está suspendido por treinta días y devuelto a su cargo raso, en tanto la Justicia aclara qué grado de responsabilidad pasiva o activa pudo tener en los ilícitos descubiertos.

Cómo será la influencia del personaje en cuestión que hasta un célebre director de cine, hoy gran militante del macrismo en las redes sociales, intentó sacar la cara por aquel y desde Cultura debieron recordarle que "la corrupción en el Incaa vale igual que la del Mercado Central, solo que aquellos no son tus amigos".

Otra investigación del ministerio ya está siendo analizada en la Oficina Anticorrupción. Se trata de la asignación de recursos para reformas y aprovisionamientos de la Escuela Nacional de Experimentación y Realización Cinematográfica (ENERC), que depende del Incaa. Las erogaciones fueron por más de 44 millones de pesos y abarcaron 360 contrataciones, de las cuales 107 resultaron adjudicadas a la empresa Place International Trading, en tanto que otras 112 correspondieron a Dirección y Proyectos S.A. El representante técnico del Incaa, con injerencia en la selección directa de estos proveedores -créase o no- es, su vez, accionista de ambas sociedades.

Estos temas, por lo visto, no interesan demasiado a los periodistas con virtuales "tiempos compartidos" en los festivales internacionales a los que están abonados, invitados por el Instituto del Cine desde hace años. Callar si conviene es otra forma de supervivencia nefasta típicamente argentina.

El Incaa es una caja negra desde hace demasiado tiempo. En sus arcas ingresan anualmente 2347 millones de pesos por impuestos que salen de las entradas de cine y de los medios audiovisuales. Cual monarcas, los antiguos titulares del organismo podían apelar al "Tercero J", una cláusula que les permitía graciosamente conceder con gran discrecionalidad gruesas sumas de dinero a realizadores, en no pocos casos a cambio de nada literalmente porque ni siquiera llegaban a filmar. Ciertos nombres de directores y productoras se repetían con una notable frecuencia. Por eso, hace pocas semanas, el juez Claudio Bonadio resolvió procesar a los directores del Incaa de la era kirchnerista, Jorge Coscia, Jorge Álvarez y Liliana Mazure. Muchas cosas por aclarar.

Sin embargo, hay una defensa todavía más acérrima de ese Incaa que trafica influencias por parte de la misma corporación que el último 25 de mayo gritó en el Obelisco que "la Patria está en peligro": los artistas.

La "asociación kirchnerista de actores", tal como la rebautizó Luis Brandoni, jugado dirigente de ese sindicato en tiempos realmente bravos ( ad honorem y no rentado como los de ahora), se pone en guardia por el 4% que puede llegar a cobrar el FMI su préstamo de respaldo a la Argentina, mientras que no abrió la boca cuando Hugo Chávez prestó a la Argentina al usurario 14% de interés. Este mismo "colectivo" grabó sus mecánicas cadenas, en las que repiten como loritos la consigna de turno, para alarmar con que el gobierno de Cambiemos se proponía destruir el cine local. Pues bien: según datos del Sindicato de la Industria Cinematográfica Argentina (SICA) -atención: no es información gubernamental, sino de un gremio-, en el primer trimestre de este año se alcanzó un récord de 67 films argentinos en rodaje. En tanto que en 2017 se estrenaron 220 películas argentinas (veinte más que en 2016), en cuyos repartos, paradójicamente, figuraron algunos de los que anunciaban el apocalipsis del cine nacional.

Despilfarros, arbitrariedades, ilícitos, intercambios de favores, excesivo personal, amiguismos, silencios cómplices y otras anomalías hacen del Incaa un interesante leading case en escala de los gravísimos problemas estructurales económicos, políticos y morales que la Argentina sufre desde hace décadas y que este u otro gobierno deberán superar para terminar con el país inviable que supimos conseguir.

Para ello, hacen falta estadistas, que es, precisamente, lo que no abundó en la semana que pasó. Inconsistentes y frívolos, pasamos de las lamparitas LED, como mágica tabla de salvación, al "machirulo" ramplón y patotero. ¿Se vuelve más frívola e insustancial la Argentina cuanto más materia gris y seriedad mancomunadas necesita?

En tanto que el presidente actual debería procurar sumar mayor profundidad intelectual y técnica para contener mejor a la ciudadanía en un momento de tanta fragilidad económica, a su antecesora y actual senadora procesada, en cambio, le sobró caradurismo al no hacer la más mínima autocrítica del desastre que legó en materia de tarifas, en su discurso trasnochado, florido y chicanero durante la sanción de una ley que todos consideraban impracticable, y que por eso nació muerta por el veto presidencial.

Mientras nos seguimos mordiendo la cola, de afuera nos miran con atención. Porque somos muy entretenidos para mirar (de lejos), pero no para invertir.

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