El eterno retorno de Xul Solar

Celina Chatruc
Celina Chatruc LA NACION
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10 de junio de 2018  

Crédito: Gentileza Museo Xul Solar

En una antigua casa del siglo XIX, sobre la porteña calle Laprida, dos hombres juegan por la noche a un misterioso juego, similar al ajedrez. Tan misterioso es que cuando retoman la partida, al día siguiente, las reglas ya han cambiado.

Ese es el relato que solía hacer Jorge Luis Borges sobre uno de sus cotidianos encuentros con Xul Solar (Oscar Agustín Alejandro Schulz Solari), su gran amigo desde 1924. Ambos habían regresado ese año a Buenos Aires desde Europa, y se conocieron en el circuito cultural que imantaba la revista Martín Fierro. Borges visitaba muy seguido a Xul en aquella casa, que aún se conserva intacta. En la invaluable biblioteca, con unos 3500 libros ordenados por tamaño, se pueden encontrar decenas de ejemplares con anotaciones del escritor.

Aunque solo se puede acceder a ese espacio íntimo por invitación de la Fundación Pan Klub, debajo de la vivienda funciona el Museo Xul Solar, inaugurado hace un cuarto de siglo, que acaba de presentar una nueva mirada sobre la obra del artista, a cargo de la curadora Cecilia Rabossi. El orden cronológico fue reemplazado por algunos de los temas que apasionaban a Xul: la arquitectura, la música, el lenguaje, la espiritualidad.

Sobre todo eso y mucho más solían hablar durante horas, días, los dos amigos. Xul tenía conocimiento de unos veinte idiomas e inventó otros dos: la panlengua, universalista, pensada para el futuro, y el neocriollo, creado en la década de 1920 para los habitantes de América. Esta última era una combinación de español y portugués, con términos en inglés, alemán, francés, latín y griego.

En aquellas reuniones, siempre había espacio para la recreación. Xul incluso había pensado en la posibilidad de transformar un juego tan tradicional como el fútbol. "Su idea era duplicar la cantidad de jugadores y que cada uno llevara una letra en la espalda. Los goles se marcarían cuando los jugadores del mismo equipo, al correr, formaran una palabra", recuerda Teresa Tedín, del Museo Xul Solar. "Tenía muchas visitas -agrega-, habrá sido muy divertido esto".

Hasta que llegó Lita. Y, según Tedín, "puso orden en la casa, incluso con los horarios". Lita era Micaela Cadenas, quince años menor que Xul y su esposa desde 1946. La pareja se mudó en la década siguiente a una casa de Villa La Ñata, en Tigre, restaurada y abierta al público el año pasado. Allí murió el artista, en 1963. Según indicaciones dejadas por su marido, Lita creó la fundación en 1986, junto con el marchand Natalio Povarché; hoy la dirige la viuda del galerista, Elena Montero Lacasa.

El proyecto de remodelación del edificio de Laprida 1212, iniciado en 1987 por el arquitecto Pablo Beitía, se inspiró en la obra del artista y obtuvo importantes premios. La construcción original, de autor desconocido, era de 1870. Tenía dos plantas y estaba compuesta por cuatro viviendas; Xul vivía en una de ellas y alquilaba las restantes.

Beitía respetó la fachada original, conservó intacto el hogar de Xul y transformó el resto en un gran espacio de tres niveles, donde se exhiben las pinturas, objetos y documentos de su archivo personal. Entre ellos, por ejemplo, el piano de Lita reformado por Xul, como todo lo que llegaba a sus manos. Además de suprimir las teclas negras, agregó a las demás colores y relieves.

El museo se inauguró el 13 de mayo de 1993, treinta años después de la muerte de Xul, con obras que había dejado seleccionadas el propio artista. "Hombre versado en todas las disciplinas -escribió Borges sobre él en 1949, en el prólogo a una de las tantas muestras de su amigo-, curioso de todos los arcanos, padre de escrituras, de lenguajes, de utopías, de mitologías, huésped de infiernos y de cielos, autor panajedrecista y astrólogo perfecto en la indulgente ironía y en la generosa amistad, Xul Solar es uno de los acontecimientos más singulares de nuestra época."

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