Mucho más que espectadores

Diana Fernández Irusta
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5 de junio de 2018  

Mariela Asensio pedalea. Hasta que se le acaba el aire. Toma aliento y sigue, empeñada en sacarle chispas a la bicicleta fija: chispas de rabia y de fuerza y de voces de una obra de teatro -su obra- que se despliega alrededor de ella, durante una singular mañana lluviosa, en el Teatro El Extranjero.

Efectivamente, es una singular y radiante mañana lluviosa. Lo sé cuando, al aproximarme a la sala de teatro ubicada en el barrio del Abasto, diviso un micro de escolares. Estoy a punto de presenciar un nuevo encuentro de esa maravilla poco conocida, el Programa de Formación de Espectadores. Desde 2005, y en el marco del Ministerio de Educación de la ciudad, quienes integran este proyecto se ocupan de acercar distintas expresiones del cine, del teatro y de la danza contemporáneos a los alumnos de las escuelas secundarias públicas. "Esto es democracia", me dice la amiga con quien me encuentro en el hall del teatro. Tiene razón: en la sala rebosante de adolescentes se respiran vida, energía, alegría, diversidad. Cuando las luces se apaguen (y los celulares, también), habrá libertad y expresión artística. Cuando vuelvan a encenderse, habrá discusión, preguntas y diálogo entre quienes lo dieron todo en el escenario y entre quienes ofrendaron su atención desde las butacas.

Como todas las propuestas del programa, la obra no integra la currícula escolar; es teatro independiente, puro lenguaje contemporáneo, ese con la capacidad de impactar de lleno en la sensibilidad adolescente. Ese que además puede ofrecer complejidades imprevistas, desafíos, provocación. Y así empezamos. La pieza se llama Vivan las feas y su autora, Mariela Asensio, está en el escenario desde el mismo inicio. Baila frenéticamente mientras el público toma asiento, luego se sube a la bicicleta fija y arremete, sin pausa ni palabras, hasta el final. Quienes sí hablan son las actrices que interpretan a Valen, Melina y Ana María: una chica de veintipico, una mujer de treinta y muchos, y otra de sesenta y tantos. Tres edades. Tres mundos. Y el género, ese tema. "Estas palabras fueron escritas en medio del caos que implica sostener una vida", lanza con rabia Melina. En su voz laten las palabras de Asensio, el esfuerzo que hace carne en la bicicleta; el sudor, la voluntad de escribir pese a todo lo que pueda jugar en contra: escribir entre el ruido, el apuro y el "miedo a la vida y a pensar en lo políticamente incorrecto". La obra, desde ya, habla de mujeres. Del lado acallado de una feminidad que no siempre es lo que se espera de ella. O que lo es a costa de quedar sin resuello.

Valen vive a cuenta de likes; Melina escupe la rabia de las desfavorecidas; Ana María masculla el hartazgo de ser la abuela perfecta. A través de ellas habla, también, la voz del feminismo ácido, bravío y lúcido de Virginie Despentes. El influjo de Teoría King Kong atraviesa cada gota del malestar que las tres protagonistas van destilando; asoma en la andanada que Melina lidera contra las canciones -y la existencia misma- de un tal Arjona, y aparece, como estocada literal, con aquello de ser "una mina más King Kong que Kate Moss", una mujer "más deseante que deseable".

Hay humor, hay furia. Hay gesto político. Y, en varios momentos, ráfagas de un rock tan cimbreante como el de "One Way Or Another", de Blondie. Me digo que pagaría por estar presente en el día después de los pibes y pibas que siguieron la obra con una concentración no precisamente millennial. Me lo vuelvo a decir después de escucharlos hablar con el elenco, al final de la función: la que, con timidez, admitió que a ella ciertas canciones "la lastiman"; el que, emocionado, le dijo a Ana María que su personaje le recordaba a su abuela; la guerrera de labios pintados de oscuro que asentía con fervor ante los dichos de las actrices. Tan abrumadoramente hermosos. Aprendiendo a ser mucho más que espectadores.

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