Michel Noher ante el abismo de la paternidad

6 de junio de 2018  • 00:58

Ser padre debe ser una de las oportunidades más extraordinarias de comprender-se a sí mismo, de entender finalmente que no sos el centro del mundo, de darle un sentido a la vida. Ser padre es una de las instancias que nos hace crecer sin prisa, pero de manera irremediable. Cuando un hijo es anunciado es temprano aún para discernir de qué se trata. La excitación, el miedo, los sueños afloran sin piedad, sin pausa. En cambio, cuando un hijo llega, es otra la sustancia que aparece. Se asoma, al mismo tiempo, la felicidad absoluta y la certeza de que nada es como imaginábamos.

"El juego empieza una vez más, ninguno de los dos, padre e hijo, tienen idea de cómo va a terminar, y eso es bueno", dice el brasileño Cristovao Tezza, autor de una novela autobiográfica sobre su historia como padre, en la cual se basa el uniperonal que Michel Noher protagoniza en la sala Alberti del Centro Cultural San Martín. Aceptar que la paternidad es un viaje inesperado, sin reglas demasiado claras que se van barajando a cada paso, es un reto cuya esencia es el amor, aunque no siempre el camino sea sencillo. Un día tras otro, decisiones, contradicciones; la materia que va tejiendo una historia. La propia como padre, la misma como hijo. Miradas casi siempre opuestas.

Michel Noher interpreta a un padre primerizo que tiene que vencer la decepción y la bronca de que su hijo no sea como esperaba. El hijo eterno desnuda la usual proyección narcisista que persigue la paternidad, la habitual búsqueda de que un hijo sea nuestra versión mejorada. A través de un texto poético y al mismo tiempo específico, Michel (hijo del actor Jean Pierre Noher, quien produce la obra) encuentra una musicalidad, cierto movimiento y la interpretación minuciosa que hacen que el espectador no pierda el sentido de ninguna palabra durante una hora, para conducirlo a una salida conmovedora. Un padre que entiende finalmente que la aceptación es la vía hacia lo que buscaba: completarse a sí mismo. Ser mejor persona.

Cristovao Tezza, recién después de 20 años del nacimiento de su hijo con síndrome de down, comprende que sólo tenía que amarlo, así, sin más vueltas. La verdadera manera de ser padre, entendió, era amar sin preguntas ni respuestas. Justo con tal revelación, con la aceptación de su vida, encuentra el éxito como escritor. El hijo eterno cuenta con la circunstancia del nacimiento de un hijo con síndrome de Down, aunque se convierte en una brillante metáfora que abre la idea de las expectativas que un hombre tiene puestas sobre el nacimiento de un hijo, cómo espera que lo complete como persona, que lo defina, y la forma en la cual, en cualquier situación, esas expectativas se esfuman y aparece el verdadero hijo que sólo merece ser querido. Comprender la naturaleza de un hijo y aceptarlo tal cual es, para aceptarse a sí mismo. Un teatro, un escenario vacío, una silla y un actor representando -con "el mismo abismo de todos los padres y todos los hijos", como bien señala el director Daniel Herz-, a un hombre común que se encuentra con su hijo y que se descubre a sí mismo.

El Hijo Eterno se puede ver en el Centro Cultural San Martín los viernes y sábados a las 20 hs

Escuchá el Ping Pong con el actor

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