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"Soy un sobreviviente de otra era"

Dueño de una obra tan innovadora como polémica, el celebrado crítico norteamericano, autor de clásicos inolvidables como El canon occidental y La compañía visionaria , habla en este reportaje sobre los temas que lo apasionan, la crisis de la lectura en Occidente, los poetas románticos, Shakespeare, Cervantes, y sobre sus dos últimos libros, La invención de lo humano y Cómo leer y por qué , que serán publicados en los próximos meses por la editorial Norma.
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21 de junio de 2000  

HAROLD BLOOM es uno de los críticos más originales y provocativos de la escena literaria internacional. Aún hoy, 40 años después de su primera estocada intelectual -los libros Shelley´s Mythmaging (1959) y La compañía visionaria (1961), con los que marcó sus diferencias con la ortodoxia cultural y el pensamiento crítico de la época-, Bloom sigue desarrollando una lúcida visión, muy personal y polémica -para algunos, también muy arbitraria- sobre la literatura.

Su residencia neoyorquina está ubicada frente a Washington Square, donde el campus de la Universidad de Nueva York se confunde con el corazón del Greenwich Village. Cuando cruzo la reja externa, cinco minutos después de la hora pactada con su agente, el propio Bloom, con quien no había habido ningún contacto previo, abre la puerta y me llama. Esa cordialidad inicial se continuará después en una calurosa despedida. "A Harold le encanta que lo entrevisten", me dijo luego un colega suyo en el Departamento de Inglés de la Universidad de Nueva York.

Después de hacerme pasar a la sala, donde su esposa lee en silencio y ocasionalmente atiende el teléfono, Bloom se recuesta en un sillón que, tras pulsar una tecla, le permite estirar las piernas. Como una especie de filósofo griego en un banquete, comienza a hablar con una voz casi susurrante y ligeramente ronca. Más que hacerle preguntas, que en general interrumpe por la mitad, pareciera que sólo hace falta pulsarle cada tanto otra tecla para que siga hablando de los temas que lo apasionan. Por ejemplo, la obra de Shakespeare, a la que acaba de consagrarle un nuevo libro, La invención de lo humano , que será publicado en Argentina a principios de octubre por editorial Norma. También, la crisis de la lectura en el mundo occidental, problema central de su último libro Cómo leer y por qué , que acaba de publicarse en los EE:UU (ver recuadro) y llegará a fin de año a nuestro país, también por Norma.

-¿Cree que la lectura está en decadencia?

-Creo que se está volviendo cada vez más difícil para los jóvenes aprender de veras cómo leer.Por eso, en mi último libro, no sólo trato de decir cómo leer novelas, obras de teatro, cuentos y poemas, sino también por qué deberíamos leer. Ahora estoy escribiendo otro libro, una suerte de mosaico de biografías breves, que abarcará a unos ciento cinco genios desde el siglo V antes de Cristo hasta fines del siglo XX. Mi objetivo es no incluir a ninguna persona viviente, así que voy a terminar con figuras como Borges y Nabokov, que murieron antes del final del siglo. Va a ser, supongo, una defensa del concepto de genio, que se ha convertido en un término tan degradado. Esa degradación es lo que yo llamo Escuela del Resentimiento: en los países angloamericanos, en particular, y secundariamente en los de habla hispana, francesa y alemana, los profesores universitarios y sus aliados en el mundo periodístico se han apartado ampliamente de la apreciación de la lectura seria. Es decir, se han olvidado de que su función es reverenciar a Shakespeare, Proust, Cervantes, Borges.

Estilo provocador

A Harold Bloom siempre lo ha atraído ampliar las fronteras de los reducidos círculos intelectuales. En libros como El canon occidental (1994), donde analiza la obra de los escritores que él considera fundamentales, o en el mucho más reciente How to read and why (Cómo leer y por qué), en el que, siempre en su estilo provocador, incluso bromista y, para sus detractores más pertinaces, superficial, intenta una apasionada defensa de la lectura, Bloom muestra su costado tal vez más arbitrario y acaso también el que le ha dado mayor popularidad.

-Ya en una entrevista de 1990 con The Paris Review , usted manifestaba su preocupación por esa crisis de la lectura.

-Profeticé la decadencia y ahora la situación es mucho peor. Veo signos de eso mismo, aunque menos graves hasta el momento, en Brasil, Argentina, México, que después de todo son países con literaturas serias y lectores serios. Creo que el problema empieza en la infancia, con la televisión. Me preocupa lo que va a pasar con las generaciones más jóvenes.

-¿Usted mira televisión?

-Aquí casi nunca miro, salvo la parte deportiva, ya que soy hincha de los Yankees; pero a veces eso lo dan tan tarde y yo me levanto tan temprano que me quedo dormido. En New Haven, cuando vuelvo de una clase sobre Shakespeare o sobre cómo leer y por qué o sobre alguna de las otras cosas que enseño, estoy muy cansado, porque después de dos horas de hablar y tratar de que los otros hablen, uno queda agotado. Y descubrí que a veces lo único que puedo encender es la MTV sin volumen, así no tengo que oír el horrible sonido del rap o del rock. Puedo simplemente mirar a las chicas desnudas que bailan y se retuercen, en fin, no hago más que repetir la rutina tradicional de los hombres de negocios cansados, que miran a las chicas bailando. No le veo otro utilidad a la televisión.

Visiones románticas

Harold Bloom irrumpió en el panorama académico con sus innovadores trabajos sobre los poetas románticos ingleses, que provocaron fuertes reacciones en la comunidad académica y, al mismo tiempo, lo convirtieron en uno de los pocos críticos con proyección de celebridad. En la Argentina, su libro La compañía visionaria (Adriana Hidalgo), empezó a ser publicado en 1999. Esta edición agrega nuevos materiales, no incluidos en la edición española.

-Sí, se ha añadido el ensayo que incluí en la edición revisada, la que ahora está en circulación en Estados Unidos. Escribí ese libro cuando era un muchachito, apenas lo recuerdo. Pero ha permanecido en circulación desde que apareció por primera vez, en 1961. Jamás volví a mirarlo desde que preparé la edición revisada en 1970 o 1971. Ahora que estoy envejeciendo tendría que volver a darle una mirada. Probablemente, sentiría que era una visión demasiado idealizada de los poetas románticos. Aunque, quién sabe, tal vez me sentiría alentado por aquel idealismo.

-¿Ese libro fue, en parte, un homenaje a Blake?

-Los primeros poetas que amé, y que todavía amo fervientemente, fueron William Blake y Hart Crane, que nació en el mismo año que Borges, así que acaba de cumplirse su centenario, y se suicidó en 1932. Sobre Blake escribí otro libro en 1963, Blake´s Apocalypse , que ahora va a ser reimpreso. También escribí un extenso comentario sobre la obra de Blake que acompaña la edición de su obra preparada por Erdhan. Con respecto a Hart Crane, está por salir, con un poco de atraso, una edición del centenario, que va a incluir una extensa introducción mía en elogio del poeta.

-El rescate de los poetas románticos formaba parte de su oposición a la Nueva Crítica de T. S. Eliot y sus seguidores. En El canon occidental usted dice que cuando empezó a dar clases, ésa era la tendencia predominante en la crítica académica.

-Claro, y ya no predomina. Me pasé toda mi carrera peléandome fervorosamente con la Nueva Crítica y ahora me enfrento con la ironía de que ha sido reemplazada por tendencias mucho peores: el neohistoricismo inspirado en Foucault, esa cosa absurda que se llama a sí misma crítica literaria feminista pero que no es feminista ni crítica literaria, y la así llamada crítica literaria marxista, que no es marxista ni crítica ni literaria. Me refiero a todo ese sinsentido que está avanzando en las universidades estadounidenses y también a esas tonterías francesas, la deconstrucción y demás. Es irónico que al final, después de tanto tiempo de mi vida dedicado a pelear contra T. S. Eliot y sus discípulos, yo sea el último apóstol o autoridad que sostiene lo mismo que sostenían ellos: una lectura cercana a la poesía, en la creencia de que la literatura es una esfera autónoma, y sobre todo, en la ferviente creencia de que el valor estético y cognitivo de una obra literaria es mucho más importante que su filiación política o espiritual o institucional.

-Usted se refiere a Shakespeare como a una suerte de Dios Padre en tanto creador de personajes. ¿Por qué eligió centrar su trabajo en ese aspecto?

-Porque hubo un tiempo, con Samuel Johnson, William Hazlitt, A.C. Bradley, en que se hacía ese trabajo, pero no se lo había vuelto a hacer en los últimos cien años, y yo pensé que había que recuperar eso. En los últimos tiempos innumerables estudios han tratado de contextualizar la obra de Shakespeare. Pero son finalmente inútiles, porque no logran dar cuenta de por qué es él quien nos gusta y leemos y no sus contemporáneos. Por otra parte, se pierde de vista que su obra interesa porque allí hay hombres y mujeres, todos creados por él. Hay cien personajes principales y novecientos personajes menores que hablan con voces individuales, que son individuos. Ningún otro escritor nos ha legado mil seres humanos diferentes.

Más allá de la poesía

-A menudo, usted se ha definido como un lector de poesía.

-Mi corazón está aún con la poesía y está siempre con Shakespeare. Pero en mis últimos libros, como Cómo leer y por qué , y también en El canon occidental , escribí tanto sobre novelistas, cuentistas y dramaturgos como sobre poetas. ¿Quiénes son los grandes escritores occidentales? Shakespeare, Dante, Cervantes, Chaucer. También Proust. Pero de los escritores más antiguos, sólo Cervantes es un verdadero novelista. Es fascinante, ¿no es cierto? Como dramaturgo fracasó, tenía enfrente a Lope de Vega, después a Calderón, y él no alcanzó esa destreza.

-¿Por qué relacionar a Cervantes con autores dramáticos?

-Porque pasa algo muy particular. Don Quijote no funciona en absoluto como una obra de teatro, y sin embargo, si uno tuviera que buscar rivales para Hamlet y Falstaff, tendrían que ser don Quijote y Sancho Panza. Es muy extraño. Y también me fascina una profecía que hay en Shakespeare: esencialmente, se nos enseña a hablar con nosotros mismos. Porque finalmente, Hamlet se habla a sí mismo, Falstaff se habla a sí mismo, Cleopatra se habla a sí misma. Antonio y Cleopatra resultan graciosos porque ninguno de los dos escucha nunca lo que le dice el otro, lo cual es, creo yo, una realidad de la vida humana. Las personas cambian cuando logran escucharse a sí mismas, en Shakespeare y me temo que también en la vida real. Mientras que en Cervantes -yo releo el Quijote una y otra vez, debo de haberlo leído cien veces-, me emociona percibir cómo Sancho y don Quijote se escuchan realmente el uno al otro y ambos cambian como seres humanos escuchándose mutuamente, discutiendo entre sí. Es bellísimo. No se me ocurre ningún otro ejemplo en la literatura anterior a Shakespeare en que alguien logre escucharse a sí mismo y cambiar sobre esa base. Del mismo modo, no se me ocurre ningún ejemplo en la literatura anterior a Cervantes, e incluso en la inmediatamente posterior, en que se escuche de veras al otro.Cervantes debe de haber tenido una gran capacidad para escuchar de veras a la gente.

-Se ha postulado que ya en El lazarillo de Tormes está el origen de la novela moderna, porque allí por primera vez el protagonista cambia verdaderamente a través de la acción.

-Es cierto. Un gran libro. Pero Cervantes va más lejos. También se podría argumentar algo semejante sobre aquel hombre extraordinario, el judío Rojas, autor de La Celestina . Yo no sé qué es La Celestina . No es en verdad una obra de teatro, tampoco una novela. Es una obra extraña, asombrosa, distinta de todo. Y es anterior a Cervantes. No sé si Rojas era converso, supongo que habrá tenido que someterse para sobrevivir, pero es claro que no es un católico creyente. No recuerdo que Borges mencionara La Celestina . Es raro, tal vez me falla la memoria. Creo que he leído toda su obra crítica en un momento u otro, y generalmente recuerdo esas cosas.

-Usted ha dicho que Borges fue erróneamente juzgado por la crítica latinoamericana.

-Si se adopta una perspectiva suficientemente amplia, es tan profunda su deuda para con sus precursores que buena parte de ellos podría eclipsarlo. Y yo creo que después de la muerte de un autor, hay una especie de período de gracia durante el cual se lo elogia por demás y se lo ve sin ninguna perspectiva. Creo que eso va a durar un tiempo.

-El centenario del nacimiento de Borges el año pasado alentó múltiples homenajes.

-Tal vez en cierta medida por una cuestión de culpa. ¿Puedo atreverme a decirlo?Creo que está sobrevaluado. Es una mente literaria muy interesante, pero como escritor de ficciones es bastante limitado. Hay básicamente tres o cuatro historias que él cuenta una y otra vez sin demasiada variedad. Y por supuesto, como él mismo sabía, lo que hacía él ya lo había hecho mejor Kafka.Sospecho que tal vez el cubano Carpentier sea el más poderoso de los narradores latinoamericanos.

-Sin desmedro de la obra de Carpentier, me parece que tanto él como García Márquez responden al estereotipo de lo que en Estados Unidos se considera que es la literatura latinoamericana.

-Eso vino después. Pero algunas novelas suyas son extraordinarias.

-¿Qué opina de Paradiso , de José Lezama Lima?

-Tal vez sea individualmente la mejor novela, un libro asombroso. En cuanto a García Márquez, Cien años de soledad es un truco, no puedo tomármela en serio. El amor en los tiempos del cólera es un poco mejor. Cuando se olvida de sus trucos y se permite contar una historia, García Márquez logra conmover. Al principio de su carrera, lo suyo no era sino un truco tras otro.

El glorioso acto de leer

A esta altura de su carrera, Bloom es todo un personaje. La pasión que pone en sus ensayos y su carisma de seductor, que lo vuelven un maestro del entretenimiento aun para moverse en los temas más áridos, son lo que lo convierte también en blanco predilecto de las críticas de sus pares y, con el mismo fervor, en un profesor muy popular entre sus alumnos de la universidad. Bloom pasa la mayor parte de su tiempo en New Haven y, periódicamente, viaja a Nueva York.

-Tanto mi esposa como yo nacimos y nos criamos en Nueva York, y éste es el barrio donde nació ella, el Village. Yo nací en el este del Bronx. Supongo que logramos sentirnos en casa en los dos lugares. Pero me estoy poniendo viejo y, por eso, estoy tratando de viajar menos. Cada vez me canso más fácil, porque estoy en mis setenta, y tengo que recortar actividades. Aquí, dicto un seminario sobre poesía y superviso tesis doctorales, cosa que no hago en Yale, porque allí soy profesor externo.

-Pero en sus libros siempre agradece a los bibliotecarios de Yale. ¿Por qué?

-Yo leo en mi casa de New Haven, donde tengo treinta y cinco mil libros. También tengo dos oficinas en Yale, con otros veinticinco mil y, además, siempre puedo contar con la biblioteca de esa universidad, donde mando a mis asistentes de investigación si necesito algún material. Es una biblioteca extraordinaria. Pero no he estado allí desde hace años, desde que pasaron de las fichas a las computadoras. Yo jamás aprendí ni siquiera a escribir a máquina. Ahora me siento un marciano cuando voy, no encuentro nada. En resumen, está viendo a un dinosaurio, un brontosaurio, un sobreviviente de otra era, cuando la gente trabajaba a mano y leía con sus propios ojos libros de verdad, que uno podía abrir. Soy consciente de que esa era ya pasó, y lo digo con gran tristeza. Creo que Borges en cierto sentido tuvo suerte de no verlo. Él no veía muy bien de todos modos, pobre hombre. Lo conocí personalmente una vez, un tipo encantador. Tuvo suerte, porque con el nuevo siglo se termina la era del libro. En su lugar, tendremos la era de la pantalla de televisión, de la pantalla de la computadora, de la realidad virtual y todos los otros sustitutos del duro, difícil y glorioso acto de la lectura.

Perfil

  • Harold Bloom nació en Nueva York, en 1930. Realizó sus estudios en la universidad de Yale, de la que es docente desde 1955. Desde1988 también enseña en la universidad de Nueva York.
  • Desde comienzos de los años sesenta, Bloom tomó distancia de la ortodoxia cultural y del pensamiento crítico de la época, especialmente del llamado New Criticism , liderado por T. S. Eliot, dominante entonces en los círculos académicos norteamericanos de fines de los años 50 y principios de los 60.
  • Aunque Bloom irrumpió en la escena intelectual a partir de innovadores ensayos sobre los poetas románticos ingleses y especialmente sobre Shakespeare, fue su libro El canon occidental (1994), en el que a partir de una lista arbitraria de escritores analiza los que a él le parecen fundamentales, el que le dio una inmensa proyección internacional, amplió su público y le valió la crítica de sus pares.
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