El mito de los mundiales y la política: un tiempo ideal para medidas impopulares

La dirigencia aprovecha la distracción para tomar decisiones que pueden generar altos costos, pero no hay evidencia de que la estrategia funcione
La dirigencia aprovecha la distracción para tomar decisiones que pueden generar altos costos, pero no hay evidencia de que la estrategia funcione Crédito: PRESIDENCIA
Alan Soria Guadalupe
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7 de junio de 2018  

En 2006, durante el Mundial de Alemania, el presidente Néstor Kirchner se duplicó el sueldo, acordó pagar más por la importación de gas de Bolivia e impulsó en el Congreso la creación de superpoderes permanentes para el jefe de Gabinete.

En 2010, mientras el mundo miraba lo que ocurría en las canchas de Sudáfrica, Cristina Kirchner ordenó la intervención en una Metrogas en crisis tras las críticas de la empresa por el congelamiento de tarifas que imponía el kirchnerismo. Esa misma semana, la mandataria dispuso por decreto la sorpresiva renovación de puestos directivos en el Indec , en una movida que consolidó la intervención política en el organismo.

Cuatro años después, en medio del Mundial de Brasil, el gobierno anunció fuertes aumentos en el transporte público y en las naftas y el vicepresidente Amado Boudou fue procesado por el caso Ciccone .

En unos días, cuando los televisores estén sintonizados en Rusia, se volverá a hablar de los capítulos más resistidos de la reforma laboral , que esperan ser tratados en el Congreso, y del acuerdo entre el gobierno del presidente Mauricio Macri y el Fondo Monetario Internacional (FMI). También se debatirá en Diputados la despenalización del aborto .

Hay un mito que lleva años arraigado en la política argentina y que ilusiona a los dirigentes sin importar su partido. No hay pruebas de que la creencia tenga su correlato en la realidad, pero cada cuatro años su efectividad vuelve a ponerse a prueba.

Los mundiales son la oportunidad perfecta para impulsar proyectos impopulares, promover cambios en el gabinete, cerrar acuerdos de beneficio dudoso y tomar medidas de las que es mejor que nadie se entere. Y todo para no pagar el costo político o reducir el impacto al mínimo posible.

¿Qué hay de cierto en ese mito? Nadie descubrió la respuesta aún, pero es un hecho que cuando la terquedad de los políticos se suma a la aparente creencia de los argentinos de que siempre nos están ocultando algo se termina por naturalizar lo incomprobable.

"Todo el mundo lo da por sentado y muchos actúan en consecuencia. No hay evidencia empírica de un solo caso en la historia de la galaxia en el que haya relación de causalidad entre el éxito o fracaso futbolístico y el éxito o fracaso político", dice a LA NACION Pablo Alabarces, doctor en Sociología.

Pero no importa. Igual, cada cuatro años se volverá a hacer la prueba. Basta que se acerque la fecha del torneo para que lluevan especulaciones de las movidas políticas que tendrán lugar durante ese mes, como si no se hubieran aprobado leyes o debatido medidas históricas en otros años. La aprobación de la última reforma de la Constitución, la estatización de YPF , el pacto con Irán y el pago a los fondos buitre para salir del default fueron discutidos lejos de las canchas.

Y en la historia argentina el listado es largo, desde el aprovechamiento de la última dictadura militar para intentar lograr cohesión social tras la victoria futbolística de 1978 hasta los aumentos de tarifas a los servicios públicos y la Marcha Federal, que ocurrieron durante los tres mundiales a lo largo de los gobiernos de Carlos Menem , que, curiosamente, un día antes de la final del torneo en 1998 convocó a un referéndum para su frustrada re-reelección.

También hay un caso emblema que escapó del contexto político del momento, como el operativo de mudanza de 100 familias a la villa 31 en 2006, justo cuando la Argentina jugaba contra Holanda.

"Tantos creen que el fútbol es una cortina de humo que van a conseguir que sea cierto, pero no es cierto. Lo más divertido es que todos los que afirman eso no van a estar distraídos. Entonces, ¿quiénes son los que se van a distraer?", se pregunta Alabarces. Y agrega: "Los que afirman ese mito no entienden que la pausa es de 90 minutos. Vos podés estar feliz después de un partido, pero a los cinco minutos tenés que ir a pagar el gas. Listo".

Es decir, es difícil pensar que los que impulsan la despenalización del aborto miren para otro lado cuando arranque el Mundial, más aún cuando el proyecto se votará en Diputados a horas del primer partido. Seguro tampoco pasará con el debate de la reforma laboral.

Bisagra para la campaña

Hay algunos, sin embargo, que también ven los mundiales no solo como una especie de manto protector, sino como una posta que marca un antes y un después en la coyuntura política. Tanto en el Gobierno como en la oposición hay una suerte de pacto subrepticio de comenzar a hablar de la campaña de 2019 después del torneo. Desde el mes pasado el equipo de Pro evalúa comenzar a instalar a posibles candidatos en el interior después del Mundial.

Otros prefieren postergar el debate de medidas para que no los acusen de querer ocultarlas detrás de la pelota. Ese es el caso de la creación de la universidad para formar docentes que promueve el gobierno porteño. El macrismo decidió tratar el cuestionado proyecto después de mediados de julio.

En vísperas de otro Mundial que alimentará el mito un poco más, aparecen en la memoria casos en los que el fútbol sí incidió en el humor social, como en 2002, cuando la Argentina estaba en plena crisis y lo que menos necesitaba la sociedad era más frustración. Había confianza en la selección, pero todo se terminó en la primera ronda. Ese Mundial sí que no ayudó.

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