¿Aburridos del vino?

Joaquín Hidalgo
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10 de junio de 2018  

En una comida con especialistas suecos, de viaje por la Argentina, sucedió lo que sigue: al promediar la cena, se sirve un tinto que, a todas luces, ofrece una quebradura de color -el vino está rojo pálido y con un precipitado de partículas tintas- y desde la copa llega un perfume frutal aunque violentado con el trazo químico del quitaesmalte -"adoro el aroma ascético en los tintos", se admira el sommelier Torsten Rundquist-, y entre los presentes brota un brillo de expectación en las miradas.

La escena se repite cada vez más en el ámbito de los especialistas. Por raro que parezca, los vinos que ofrecen sutiles (y no tanto) defectos son los que llaman la atención de un nutrido grupo de bebedores diplomados. Como cada vez que vemos una cosa así, nos preguntamos: ¿es posible que la búsqueda de rarezas embotelladas le haya dado una vuelta al circo y, ahora, se repita como tragedia?

Los suecos son solo un ejemplo de este fenómeno estético y global. Si los vinos ricos, correctos y sin defectos son moneda corriente, aquellos que se ofrecen desalineados tienen su tribu de seguidores en el pináculo de los entendidos. Lo hablábamos el año pasado con Josep Roca, sommelier del famoso Celler que lleva su apellido, porque él es un enamorado de los vinos con historias y pondera la magia de los defectos. Y también lo hablamos con los suecos en la cena de la que hacemos mención. "Sé que está mal, pero me gusta", nos dijo encantado Rundquist.

Hay algo vanidoso en este romanticismo de lo que no llega a estar siquiera técnicamente estable. Y es el hecho de que, al probar miles de vinos al año, los catadores tienden a observarse en un espejo que les devuelve una imagen más estilizada que el consumidor promedio. A más sofisticados, más sutiles, más dispuestos a dejarse seducir por este faisandage etílico. ¿Acaso están aburridos del vino?

Todo esto podría no ser más que un chiste, una humorada de pocos, si no fuera que guía al consumidor a una mayor confusión. Y deja fuera de ciertas mesas chicas, como se dice ahora, a muchos productores honestos que bien valen la pena.

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