La suerte de la socialdemocracia en una Europa en ebullición

Mientras el eje franco-alemán se mantiene, la derecha euroescéptica cobra fuerza y, hacia el sur, hay cambio de juego. En la imagen, el flamante primer ministro italiano, Giuseppe Conte, llama para la foto a sus aliados Luigi Di Maio y Matteo Salvini (de espaldas)
Mientras el eje franco-alemán se mantiene, la derecha euroescéptica cobra fuerza y, hacia el sur, hay cambio de juego. En la imagen, el flamante primer ministro italiano, Giuseppe Conte, llama para la foto a sus aliados Luigi Di Maio y Matteo Salvini (de espaldas) Fuente: Reuters - Crédito: ALESSANDRO BIANCHI
Mariano Schuster
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10 de junio de 2018  

El contexto europeo sigue siendo confuso. Las extremas derechas se envalentonan, pero el eje franco-alemán es fuerte. La socialdemocracia, golpeada en países como Italia -donde el Partido Democrático aparece completamente desperfilado-, levanta cabeza en España y demuestra capacidad de gobierno en Portugal. Europa, sin embargo, ya no parece ser la misma que en el pasado.

Los recurrentes discursos contra el establishment y las castas políticas confunden más de lo que aclaran. Reúnen a derechas radicales y a izquierdas que, con más proclamas que programas, quieren sobrepasar a una socialdemocracia que, durante años, perdió la brújula. Quizás este sea un buen momento para que las fuerzas de la izquierda democrática, es decir, las que tienen tanta vocación de transformación como de ejercer el poder, empiecen a orientar un camino. Porque ante los cambios bruscos que vive Europa, ¿no se precisa, al mismo tiempo, la renovación de un compromiso con la democracia liberal y con la cohesión social?

Como afirmaba por estos días Ricardo Dudda, analista y periodista español, miembro de la redacción de Letras Libres, "se puede plantear una socialdemocracia poscapitalista que no sea anticapitalista, que luche contra el neoliberalismo real y no contra el fantasma del neoliberalismo que ve determinada izquierda en todos lados, y que no caiga en el voluntarismo ni en el discurso vacío de la dignidad."

El ascenso de los autoritarismos de derecha y de las reacciones políticas de una "nueva vieja izquierda" parecen responder más a una falta de respuestas por parte de la socialdemocracia que a una verdadera vocación ciudadana de cerrar fronteras y retornar al cálido pero irrecuperable pasado. Allí donde, como en España, los socialdemócratas proponen soluciones parece haber esperanza. Pero allí donde se esconden y temen, como en Italia, ascienden los extremismos.

España apuesta por la UE

Todos la daban por muerta. Se acercaban a su tumba y, con cinismo, colocaban sobre ella rosas rojas y claveles. Las derechas sonreían mientras las izquierdas que la despreciaban sentían un incómodo placer. Aunque a veces se moviera un poco, la socialdemocracia española, como la de otros tantos países del continente europeo, parecía estar recostada en un lecho de muerte. Sin embargo, de pronto sucedió lo inesperado. El cadáver se levantó, tomó las rosas y los claveles y empezó a andar. El cuerpo denotaba algunas heridas y varios achaques. Pero ciertamente vivía.

Cuando el pasado 25 de mayo, el Partido Socialista presentó una moción de censura contra el entonces presidente Mariano Rajoy, pocos creyeron que Pedro Sánchez, el dirigente socialdemócrata, pudiese alcanzar su objetivo. La justicia acababa de dictaminar que el Partido Popular de Rajoy se había beneficiado de una "megatrama" de corrupción y había comprobado su financiación ilegal. Los socialistas -que no habían dejado de criticar las políticas de ajuste económico con las que Rajoy hizo pagar los costos de la crisis de 2008 a los sectores más desfavorecidos de la sociedad- aprovecharon para actuar. Aunque el objetivo era difícil, consiguieron su cometido. Con el apoyo de 180 parlamentarios derribaron a Rajoy en el Parlamento. Sánchez asumió como presidente el pasado 2 de junio.

Hasta ese momento, Sánchez había tenido que sobreponerse a casi todo. Primero, a los ataques de un sector de su propio partido. Luego, a la amenaza permanente de Podemos, la novedosa fuerza política que, entremezclando una clave izquierdista con otra "nacional popular", intentó ocupar el espacio socialdemócrata bajo el impulso de los indignados. Además, tuvo que ver cómo una fuerza política como Ciudadanos -que pasó de declararse progresista a mostrarse abiertamente cercana a la derecha- pretendía quitarle votos en Cataluña, acusando a los socialistas de ser moderados en el conflicto con los independentistas. Finalmente, con la moción de censura a Rajoy, Sánchez no solo logró demostrar la supervivencia del espacio socialdemócrata sino también su capacidad de maniobra política y su vocación de gobierno. Tal como asegura Fernando Manuel Suárez, politólogo y profesor en historia por la Universidad Nacional de Mar del Plata (Unmdp), la figura del líder socialista "se consagra frente al desprecio de algunos y la subestimación de muchos".

Aunque su legislatura será breve - debe convocar a elecciones-, Sánchez tiene la oportunidad de imaginar un nuevo rumbo, promoviendo políticas de cohesión social. No será fácil: su apoyo parlamentario es débil y cuenta con los presupuestos nacionales heredados del gobierno anterior. Quizás a Sánchez le pueda ser útil el ejemplo de Portugal, donde se demuestra que la socialdemocracia es capaz de gobernar con políticas de izquierda y con estabilidad macroeconómica. Allí, el socialista Antonio Costa ha conseguido reducir la desocupación a un 7,9% manteniendo un déficit del 1,5%.

Pedro Sánchez no quiere estar de paso en el Palacio de la Moncloa. Y quizás por eso su gabinete -el primero en contar con más mujeres que varones- da signos de fortaleza y vocación de gobernabilidad. Con Josep Borrell ocupando la cartera de relaciones exteriores, envía un mensaje claro a Cataluña. El independentismo -comandado por la derecha, pero disfrazado de progresista- tendrá un interlocutor catalán, español, europeísta y socialdemócrata. Se trata de un hombre del socialismo clásico que sabe triunfar con argumentos sobre las falacias de los nacionalistas, ahora liderados en la Generalitat de Catalunya por el racista Quim Torra. La presencia de Meritxell Batet, también catalana y profundamente europeísta, al frente del Ministerio de Política Territorial, apunta en el mismo sentido. Y la designación de Carmen Calvo como vicepresidenta y ministra de igualdad, es todo un signo de los tiempos. Se trata de una feminista de toda la vida que ha sido la ideóloga del programa socialista sobre igualdad salarial entre varones y mujeres.

Pero mientras en España los socialdemócratas parecen demostrar que hay otras alternativas, en Italia la política se desliza hacia el campo contrario. Al mismo tiempo que Sánchez anuncia "Europa" y "derechos sociales", el nuevo gobierno italiano lanza una apuesta nacionalista y antiinmigratoria. Después de 88 días en vilo, Italia formó un gobierno de coalición con proyecciones inquietantes.

Una fuerza oportunista

Giuseppe Conte, un jurista independiente, se hará cargo del país sin ninguna independencia. Los verdaderos líderes serán Luigi Di Maio, del Movimiento 5 Estrellas, y Matteo Salvini, de la temeraria Liga Norte (que ahora, para remozarse, se llama solo La Liga). El Movimiento 5 Estrellas -en quien muchos querían ver una renovación de la política corrompida por años de gobierno de Berlusconi y desideologizada por el deslizamiento centrista del Partido Democrático- ha demostrado ser lo que ya otros preveían: una fuerza oportunista. Di Maio, vicepresidente y ministro de desarrollo económico, fue la mano derecha del fundador del Movimiento 5 Estrellas, el humorista Beppe Grillo. Crítico con el euro, a Di Maio le gustaba coquetear con la izquierda. Napolitano, nacido en una familia de trabajadores, se mostraba abierto en temas sociales y derechos civiles. Pero selló una alianza con el hombre que más desprecia al Sur del que él proviene: Matteo Salvini.

Con su sonrisa permanente y su discurso de odio, Salvini es el otro vicepresidente italiano. Aunque se proclama "ultracatólico", no se muestra muy consustanciado con la piedad: desprecia la inmigración africana, y cobró notoriedad con su histórico pedido de independencia del Norte del país. Durante años acusó a Roma de ladrona y calificó a Nápoles de "mierda". Su discurso se basaba en una operación sencilla: sostener que los sureños vivían a expensas de los trabajadores y los industriales del norte. Pero ahora, con un discurso más enfocado en los inmigrantes, logró lo insólito: que parte del sur también lo apoye. Su papel en el gobierno es clave. Está al frente del Ministerio del Interior. Y las consecuencias ya están a la vista. Está decidido a expulsar del país a 500.000 inmigrantes y a desterrar todos los asentamientos de gitanos. "Los buenos tiempos para los clandestinos se han terminado: prepárense a hacer las valijas", declaró hace unos días. Como un cruzado moderno, Salvini afirma estar decidido. Italia "no será el campo de refugiados de Europa", anuncia ante la multitud.

Estado miembro de la Unión Europea desde su fundación, Italia sufre ahora un gobierno antieuropeo. ¿Qué pensaría Altiero Spinelli, el comunista que mientras estaba preso en las cárceles de Mussolini ideó el Manifiesto de Ventotene pidiendo el fin del fascismo y el avance hacia una Europa federada por la libertad, la unidad y los derechos sociales? ¿Qué pensaría hoy, al ver que un hombre como el economista Paolo Savona, a quien todos conocen como el "Profesor Antieuropa" es designado, justamente, Ministro de Asuntos Europeos?

El nuevo gobierno italiano es de temer. Pero avisa: sentir miedo no es necesario porque los mercados estarán tranquilos. Las constantes alzas y bajas en la Bolsa de Milán no parecen darle la razón.

La justificada advertencia de un lúcido Toni Judt

En 1995, el historiador británico Tony Judt advirtió algunos de los peligros que se asomaban en Europa. The New York Review of Books lo había convocado a dictar un seminario sobre la historia del europeísmo, ese sentimiento de pertenencia común que, sin embargo, siempre constituyó una ilusión en un sentido doble: por una parte, expresaba la posibilidad de ilusionarse con el futuro compartido pero, por otra, tenía características ilusorias. No es casual que Judt publicara sus conferencias bajo el título "Europa: una gran ilusión".

Judt, un socialdemócrata que combinaba bien optimismo y escepticismo, dijo entonces: "Si recurrimos a la Unión Europea como una solución cajón de sastre, recitando ?Europa' como un mantra, y agitando la bandera de ?Europa' en la cara de los heréticos ?nacionalistas' recalcitrantes, nos podríamos despertar un día y ver que, lejos de resolver los problemas de nuestro continente, el mito de ?Europa' se ha convertido en un obstáculo para reconocerlos. [?] Hay cierta ventaja autocumplida al hablar de Europa como si ya existiera en un cierto sentido más fuerte y colectivo. Pero hay algunas cosas que no puede hacer, algunos problemas que no puede abordar. ?Europa' es más que una noción geográfica pero menos que una respuesta".

Darle cuerpo a la idea de Europa tomando en cuenta las realidades particulares es, quizás, la mejor forma de transformar el concepto en una verdadera solución. Frente a los que explotan el odio y a los que desprecian la "gran política", cabe un cosmopolitismo abierto al futuro que contenga, como principio básico, nuevas formas de cohesión social y solidaridad para un mundo que no volverá a ser el del pasado. Aunque los agoreros del odio y de los gritos lo rechacen, no parece imposible conseguirlo.

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