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Buenos Aires y La Plata. Dos joyas urbanas en la mira de la Unesco

Alicia de Arteaga
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10 de junio de 2018  

En 1895, la Argentina tenía el mayor PBI del mundo. Era una nación rica y poderosa, decidida a construir su propio sueño de grandeza, cristalizado en una arquitectura cosmopolita, paneuropea, en la que convivían los arquitectos franceses de la École des Beaux Arts, los ingenieros ingleses de los ferrocarriles, las máquinas belgas, el talento formidable de los "fachadistas" italianos y la solidez constructiva de los alemanes.

El año próximo, este patrimonio arquitectónico estará bajo la lupa de la Asamblea Mundial de la Unesco para integrar el listado de bienes declarados Patrimonio de la Humanidad, tras la presentación realizada por la Cnmmlh (Comisión Nacional de Museos, Monumentos y Lugares Históricos), con el aval de los ministerios de Cultura de la nación, de la provincia y de la ciudad de Buenos Aires. Lo que está sobre la mesa es un archipiélago de obras monumentales en un mar urbano, que enhebra, con criterio complementario, hitos arquitectónicos de la ciudad de Buenos Aires, fundada en el siglo XVI, con La Plata, fundada por Dardo Rocha a fines del siglo XIX. Desde el Teatro Colón hasta la imponente catedral gótica de La Plata; del Palacio del Congreso al Museo de Ciencias Naturales, más de un centenar de edificios alineados en la traza virtual de ejes temáticos-geográficos, una suerte de GPS sintonizado con el patrimonio.

No se entiende la existencia de este fabuloso legado patrimonial en tierras tan lejanas, sin la riqueza que hizo de Buenos Aires la meca soñada por arquitectos y constructores. Así fue como el intendente Bollini contrató al paisajista francés Carlos Thays -cuando regresaba de Córdoba, luego de diseñar el parque del empresario Crisol-, para darle a Buenos Aires una identidad paisajística y cromática, definida por esa paleta única que conforman el rosa del lapacho, el violeta del jacarandá, el amarillo de la tipa y el blanco-rosa del palo borracho.

Por el mismo impulso constructivo, Ramón J. Cárcano, entonces director nacional de Correos, hizo bajar del barco, casi literalmente, al arquitecto Norbert Maillart, cuando regresaba de Valparaíso en un viaje de trabajo. Maillart, graduado con honores en la École des Beaux Arts de París, terminó concentrado en el proyecto del Palacio de Correos, hoy CCK, por encargo del cordobés Cárcano. El resultado fue una edificio monumental, diseñado a imagen y semejanza del de Nueva York, con un acceso industrial por la avenida Corrientes y la entrada palaciega por Sarmiento.

La obra demoró mucho más de lo previsto y los constructores debieron enfrentar los avatares propios de tierras ganadas al río. Pero entonces, en esa Argentina rica y pujante, nada parecía imposible. En 1908 se inauguró el Teatro Colón, que el mes pasado celebró sus 110 años con una puesta de Aída, la ópera de la noche inaugural. El Correo de Maillart terminó siendo el más grande del mundo. Lógica pura. En la remota tierra de promisión, la carta y el telegrama era los vehículos necesarios para mantener vivo el contacto con el país de origen.

Al menos una dimensión del "sueño argentino" de la Generación del 80 se materializó en la arquitectura. Entre 1880 y 1920, durante cuatro largas décadas de paz política y bonanza económica, el capital público y el privado sumaron fuerzas para diseñar con absoluta libertad de estéticas y técnicas un conjunto de monumentos que hoy asombra a quienes nos visitan.

Este collar excepcional tiene algunas perlas que explican la rara urdimbre con la que se construyó Buenos Aires. Va como botón de muestra el Palacio de Aguas Corrientes de la avenida Córdoba, un gigantesco "rasti" de terracota inglesa, que viajó en barco pieza por pieza, proyectado por un arquitecto noruego, con estructura belga, ingeniería británica y albañiles italianos, artesanos sabios que construyeron la cáscara de la inmensa cisterna.

La Argentina de PBI más alto del planeta supo sacar partido de la diversidad y de los saberes de una población políglota, que en pocas décadas transformó la gran aldea en metrópoli.

Vista desde el presente, aquella Buenos Aires se asemeja a una visión multiplicada del personaje imaginado por Herzog y plasmado en su película Fitzcarraldo: aquel hombre capaz de levantar un teatro de ópera en Manaos para que cantara Caruso, surcando la selva y el Amazonas sin medir la magnitud de los obstáculos. Los inmigrantes europeos se integraron a la población originaria y criolla, y aportaron tradiciones y costumbres que fueron prodigiosas en el campo de la arquitectura, la construcción y el diseño.

En la transformación de la gran aldea en metrópoli mucho tuvo que ver la matriz agroexportadora, que reclamaba con urgencia una estructura ferroportuaria adecuada y un programa de inversiones para lograrla. Algo así como el programa ideal de un Dietrich contemporáneo. Todavía pendiente.

El informe que colocó a Buenos Aires-La Plata en el listado del patrimonio mundial fue preparado por la Comisión Nacional de Monumentos que preside Teresa Anchorena, con la firma del arquitecto Fabio Grementieri. La propuesta fue unir a través de sus grandes edificios a las dos ciudades, ubicadas a 56 km una de la otra. Ciudades que se levantan entre dos pampas: la inmensa llanura de horizonte infinito y la pampa de agua del Río de la Plata. Ambas capitales fueron el resultado de una "ecléctica liberalidad", expresada en la traza urbana, los estilos y los procesos constructivos.

La selección de monumentos que integran este archipiélago tiene valor estilístico, pero también carga simbólica, como la Casa Rosada de Tamburini. O el Palacio del Congreso y la Plaza del Congreso, con El pensador, de Rodin [actualmente en restauración], mirando hacia la avenida de prosapia hispana que visitó la infanta de los Borbones para el Centenario. Y los teatros Cervantes y el Podestá de la Plata, la confitería del Molino, la Legislatura porteña, el cementerio de la Recoleta, la estatua ecuestre del general Alvear con el brazo en alto (la mejor obra del francés Bourdelle, dicho por él mismo). En el conjunto están también la última cuadra palaciega de la avenida Alvear, con los palacios de la Nunciatura, Duhau Park Hyatt y Maguire; y ese reducto magnífico y tan parisino que es la plaza Carlos Pellegrini, enmarcada por los palacios Atucha, Ortiz Basualdo (hoy embajada de Francia) y Pereda (hoy embajada de Brasil). El Zoológico, el Botánico, el Hipódromo, el Palacio Bosch (residencia del embajador de los Estados Unidos), el Monumento de los Españoles y el Monumento a Cristóbal Colón "mudado" a su nuevo emplazamiento frente al Aeroparque Jorge Newbery.

En el eje Retiro están la Estación recuperada, el Plaza Hotel, el Palacio Paz, Harrod's (esperando su oportunidad de renacer) y, camino al eje bancario, el edificio Tornquist y la Bolsa de Comercio, la pausa mundana de la Galería Güemes con su revolucionaria estructura de hormigón. Rumbo al Sur, una escala será el Yatch Club Argentino y otra la Usina del Arte, que supo ser usina de la Compañía Ítalo Argentina de Electricidad, con su fachada ladrillera que tiene la elegancia de un palacio florentino.

Este archipiélago transcultural, señal visible del melting pot que fue la capital de los argentinos entre dos siglos, tiene su complemento moderno en la ciudad de las diagonales, con su hito patrimonial en la casa Curutchet, proyectada por Le Corbusier y declarada dos años atrás patrimonio de la humanidad (junto con otras quince obras del arquitecto suizo nacionalizado francés, padre de la arquitectura moderna). Los argumentos están a la vista de todos. Resta la palabra de la Asamblea Mundial de Unesco, en su tiempo y en su hora, para que comience a escribirse una nueva historia.

Belleza entre diagonales

Candidata a ser declarada Patrimonio de la Humanidad junto a Buenos Aires, la ciudad de La Plata asume la continuidad de un itinerario virtuoso, cuyo punto de partida es su diseño: un cuadrado perfecto. Planificada específicamente para ser capital de la provincia de Buenos AIres, fue fundada por el gobernador Dardo Rocha en 1882. Entre otros edificios y sitios complementarios del lenguaje arquitectónico porteño, se cuentan el pasaje Dardo Rocha, la catedral gótica, la plaza Moreno, el palacio D'Amico, la plaza Rivadavia, el observatorio astronómico de la Universidad Nacional de La Plata, el Palacio Municipal, el Museo de Ciencias Naturales de la UNLP, el anfiteatro del lago Martín Fierro, el Colegio Nacional, la facultad de Ingeniería, el conjunto de diagonales, el Palacio de Justicia, el liceo Víctor Mercante y el teatro Coliseo Podestá .

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