Reseña: Bellas durmientes, de Stephen King y Owen King

Un escritor a cuatro manos
Nicolás Mavrakis
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10 de junio de 2018  

Es habitual que Stephen King (Estados Unidos, 1947) escriba libros en colaboración. El más célebre es El talismán, una novela con resultados dispares entre los críticos publicada junto a Peter Straub en 1984, con quien King volvería a combinar esfuerzos para una segunda parte, Casa negra, en 2001. Pero más allá de los millonarios adelantos editoriales y las estadías aseguradas en las listas de best sellers, ¿cómo es escribir un libro con Stephen King? Cuando se lo preguntaron, la respuesta del autor de Carrie fue extremadamente sencilla: "Es como jugar al tenis, definimos la cancha, una sinopsis, y luego solo golpeamos la cosa de un lado al otro por correo electrónico".

Si ese fuera el caso, Bellas durmientes, coescrita con su hijo Owen King (1977), demuestra que lo que antes era un juego de tenis hoy puede transformarse en una mesa familiar de ping-pong. Lo que resta es saber cuánto del trabajo del aprendiz es capaz de combinarse con la experiencia del maestro, en especial cuando el principiante es, también, el hijo menor de uno de los más exitosos escritores en actividad del planeta y el autor de apenas una única novela anterior, Doble presentación.

La historia en la que Bellas durmientes ubica esta incógnita no es inocente: un mundo en el que una misteriosa epidemia -la gripe Aurora, como la bautizan en honor a la princesa durmiente de Walt Disney- sumerge a las mujeres en un sueño repentino del que no pueden despertar. Sin embargo, mientras duermen, sus vidas se trasladan a un nuevo plano de la existencia. Un mundo en el que la ausencia de hombres parece realizar, al fin, el sueño de una sociedad más justa y sin violencia donde las mujeres son lo que quieren ser. Una utopía "satisfecha en su oscuridad", similar a la que imaginan las corrientes feministas que consideran a los hombres como los únicos culpables de todos los males.

El encargado de descubrir el origen sobrenatural de este singular matriarcado será Clinton Norcross, un psiquiatra para el que las mujeres firmes y empoderadas, por otro lado, no representan ninguna sorprendente amenaza. Casado con una jefa de policía y al frente del servicio de atención psiquiátrico de una cárcel para mujeres, para Norcross el girl power es, de hecho, una línea pública y privada de trabajo. Es así que, poco después de iniciar su investigación en un mundo donde los hombres se debaten entre la ira y la depresión, Norcross encuentra a la joven Eve Black, la "mujer-bruja" cuyos terribles traumas con el sexo opuesto parecen haberlo iniciado todo.

Decidir hasta qué punto Bellas durmientes puede leerse como una novela satírica en clave realista o, en cambio, como una novela de suspenso en clave de terror, es una de las dificultades más atractivas de la combinación entre padre e hijo. Y, además, ¿a cuál de los dos King asignar estos matices? Para aquellos familiarizados con el estilo de Stephen, la cuidadosa recreación del típico hábitat suburbano estadounidense en el que se desarrolla la historia no pasará inadvertida, al igual que los instantes en los que el suspenso le cede el paso al humor (en la cárcel de mujeres, por ejemplo, las presidiarias combaten el aburrimiento leyendo a Peter Straub y Joe Hill, el otro hijo escritor de King). Sin embargo, mientras Eve Black intenta justificar por qué ha decidido dormir a las mujeres y trasladarlas lejos de los hombres, también reluce un tono bastante atípico, a través del cual los personajes parecen "explicarse a sí mismos", como si no les bastara la contundencia de sus propias acciones.

En el balance, ninguno de estos contrastes daña el efecto de la prosa combinada de los King, ni afecta tampoco a la raíz argumental de Bellas durmientes, una historia que lejos de agotarse en una oportuna (o provocadora) invocación al feminismo o al recelo masculino ante la reconfiguración de los géneros, es una historia acerca de los amores y los odios que siempre despiertan nuestros vínculos más cercanos.

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