Trump: 500 días de disrupción y zozobra

Sergio Berensztein
Sergio Berensztein PARA LA NACION
El presidente norteamericano redefinió los contornos de la política de su país y altera el equilibrio internacional, todavía con resultados imprecisos
Fuente: LA NACION - Crédito: Alfredo Sabat
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8 de junio de 2018  

Pasaron algo más de 500 días desde la asunción de Donald Trump, el 20 de enero de 2017. Se trata de un período suficiente como para intentar un primer balance preliminar sobre su gestión y, en particular, sobre las características de su liderazgo en los planos de política interior e internacional.

Trump despierta pasiones y agiganta una grieta socioeconómica y cultural que será difícil de revertir. Para quienes crecimos y nos educamos en la época de esplendor (y dentro de la lógica) del orden liberal-democrático global, los "dorados" años 90, casi todo lo que hace nos parece un descalabro. Pero muchos alaban su visión, sus decisiones y sus posturas. Se trata de una figura divisiva que, para bien o para mal, dejará una marca indeleble en la historia política norteamericana.

Más allá de la afinidad que cada uno pueda sentir o no hacia su figura, se trata de un presidente disruptivo, que llega para cuestionar la forma, los métodos, los mecanismos, los principios y los objetivos de hacer política, al menos como los conocimos hasta ahora por parte de una potencia de primer orden. Habíamos tenido líderes antisistema en países de mediana o menor importancia, pero los principales jugadores internacionales mantenían un conjunto de códigos (formales e informales) que Trump pretende alterar, si no derrumbar del todo. Se ve a sí mismo como un agente de cambio, capaz de alterar el statu quo: considera que el orden establecido perjudica a los Estados Unidos o, al menos, a sus votantes. En ese contexto, despliega una agenda notablemente personalista, sin límites precisos, que no consulta con su staff personal ni con sus ministros. Los cambios permanentes entre sus colaboradores inmediatos, combinados con crisis políticas y comunicacionales sin solución de continuidad, convirtieron la Casa Blanca (y en general la ciudad de Washington) en un entorno turbulento, imprevisible y desgastante. Tanto, que un número notable de representantes y senadores, incluido Paul Ryan, titular de la Cámara baja, prefieren no renovar sus mandatos.

En el plano institucional, Trump viene arremetiendo en contra del (hasta ahora intocable) complejo sistema de frenos y contrapesos garantizados por la Constitución, a los cuales estuvo siempre sujeta la presidencia norteamericana. Si bien los excesos en su liderazgo fueron claros durante la campaña y se potenciaron desde su éxito electoral y aun antes de su asunción, su estilo hiperpersonalista y cuasi monárquico se fue profundizando.

En los últimos días, la sociedad política norteamericana quedó conmocionada por el insólito planteo de que el presidente tendría facultades para perdonarse a sí mismo, en el contexto de la investigación que el fiscal especial Robert Mueller lleva adelante por el presunto involucramiento ilegal de Rusia durante la campaña electoral. "El presidente puede hacer lo que quiera", sugirió uno de sus abogados sin inmutarse. Semejante exceso en la autoridad presidencial, de concretarse, derivará seguramente en un escándalo político y judicial que podría terminar en la Corte Suprema. Trump niega que sea necesario hacer uso de semejante prerrogativa: "No hice nada mal", insiste casi a diario, aunque las evidencias, las contradicciones y las filtraciones sugieren lo contrario. No existe precedente de autoridades democráticamente elegidas que se hayan autoindultado. Sería un pésimo antecedente, en especial para América Latina, pletórica de hiperpresidentes con tendencias depredadoras que juegan al límite del orden constitucional o un poco más allá. Las autoamnistías estaban reservadas para gobiernos autoritarios, como el del general Reynaldo Bignone, que apeló a este recurso en 1983.

En materia de economía doméstica, Trump profundizó el sólido crecimiento, herencia recibida de la administración Obama. El ciclo de recuperación de Estados Unidos desde la gran crisis de 2008-2009 fue extraordinario, casi sin precedente en su historia contemporánea. Con las menores tasas de desempleo en dos décadas (por debajo del 4%), es natural que hayan aparecido temores por eventuales tensiones inflacionarias. Esto explica la decisión de la Reserva Federal (el Banco Central de Estados Unidos) de subir las tasas de interés hacia niveles más normales luego de haberlas mantenido extremadamente bajas por el lapso de una década, medida acompañada por el Banco Central Europeo y por el Banco de Japón para evitar caídas de bancos y grandes empresas como consecuencia de la crisis financiera más fuerte y compleja desde la Gran Depresión. Así fue como un conjunto de países que mantenía fuertes desequilibrios macroeconómicos internos, como Brasil, Turquía, Rusia y obviamente la Argentina, experimentaron cimbronazos cambiarios y, si no los corrigen rápidamente, pueden sufrir crisis aún más agudas, a pesar del respaldo contingente que puedan conseguir desde el punto de vista político (incluido el FMI) como del mercado.

Una de las aristas más controversiales del presidente norteamericano es su afán proteccionista, potenciada en los últimos días con la imposición de sanciones a la importación de acero, aluminio y autos. Con la esperada respuesta por parte de los países más afectados, en especial Europa, estamos frente a la amenaza de que el conflicto escale y dispare la principal guerra comercial en muchas décadas. Se trata de una promesa de campaña que Trump se encargó de satisfacer, con su retiro del Tratado del Transpacífico (TPP), concebido como un mecanismo para contener y competir con China, su decisión de renegociar el Tratado de Libre Comercio con Canadá y México y, sobre todo, con la presión a grandes corporaciones para que revean sus planes de inversión globales y los orienten hacia Estados Unidos. Muchos analistas temen una ola de denuncias en el marco de la Organización Mundial del Comercio (OMC), pero la consecuencia más importante es la erosión de la reputación y la credibilidad del país en relación con sus aliados históricos, en un contexto en el que China muestra una presencia cada vez más fuerte y otras potencias menores afinan sus instrumentos para destacar en el concierto de las naciones.

La imprevisibilidad de los Estados Unidos como potencia internacional también se alimenta con decisiones como el retiro del acuerdo nuclear con Irán, las idas y venidas en la inusual relación con Corea del Norte, las crecientes tensiones con Rusia y con China y la cuestión migratoria, con foco en la controversial decisión de separar a más de diez mil niños de sus padres, que violaría derechos humanos básicos. Sin embargo, debe destacarse la firme condena al régimen autoritario de Nicolás Maduro, que explica su aislamiento, incluyendo la reciente decisión de la OEA de suspender a Venezuela.

Trump dominó a su partido, redefinió los contornos de la política de su país y viene alterando el (des)equilibrio internacional, todavía con resultados imprecisos. Las próximas elecciones de mitad de mandato por desarrollarse el próximo 6 de noviembre pueden, sin embargo, constituir una amenaza a su liderazgo. Un número récord de mujeres, muchas de ellas pertenecientes a minorías, competirán por puestos claves. Cientos de miles de jóvenes se registran para votar, fruto del extraordinario movimiento estudiantil en contra de la venta de armas. La democracia en América, pensaba Tocqueville, fue siempre una fuente de innovación y sorpresas.

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