Jameson, queso brie y chutney de mango: homenaje a Natu Poblet a un año de su muerte

Natu Poblet, que murió hace un año, en su librería Clásica y Moderna
Natu Poblet, que murió hace un año, en su librería Clásica y Moderna Crédito: Silvio Fabrikant
Natalia Neo Poblet
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8 de junio de 2018  • 15:44

Últimamente Natu no usaba anillo, pero igualmente sus manos eran inconfundibles. Huesudas, muy parecidas a las de Marguerite Duras en la tapa de Escribir. Tanto que un día sacamos fotos para compararlas. Vestía de oscuro y agregaba algún colgante moderno. Nunca salía sin delinearse los ojos de negro. Tengo grabados sus ojos inmensos y brillantes. Su tono de voz. Su llamarte "gorda", sus latiguillos "no es brutal", "es genial", o "por favor" para referirse a algo despectivo. Su "ah, sí", "¡qué divertido!", "¿no es divertido?". En lugar de decir que se había caído, decía "me deslicé". La caída no existía en su mundo.

Iba en taxi a cualquier lado que superase las dos cuadras de su manzana: Córdoba, Riobamba, Paraguay y Callao. Adoraba tomarme un taxi con ella para escuchar las conversaciones que mantenía con los taxistas. Primero los escuchaba y a partir de ahí se disponía a hablar con ellos.

No existía almorzar o cenar sin vino. La cerveza no le gustaba, pero le encantaba el Gin Tonic. Siempre comía afuera y no se podía dejar menos del diez por ciento de propina. Teníamos nuestros lugares para ir a comer según las circunstancias. Si íbamos cerca de su manzana, caminábamos del brazo hasta el boliche de Córdoba y Riobamba, o íbamos a Teodoro, La Palita o La Parolaccia. Si era en taxi, a Edelweiss, El Burladero, al Museo Evita o al Museo de Arte Decorativo.

Fuente: Archivo

Claro que esto fue unos años atrás. Su dificultad física nos fue circunscribiendo a su manzana y luego a su casa. Hasta que llegó a un punto: su cama. Y ya había sólo un plato: el que yo le daba de comer.

Me llamaba "Natalita". La única que me nombraba así. A todo aquél que apreciaba y con quien tenía una relación familiar lo llamaba "hijo cósmico", o "sobrino cósmico". Tenía muchos "cósmicos" por ahí. Y cuando trabajaban junto a su productora decía "Los ángeles de Charlie".

Tenía algo de lo elegante, lo prudente, el decoro, el diseño. Hacía ya varios años que no usaba computadora, usaba "tableta".

Era extremadamente puntual. La primera en llegar a la cita, era ella. No recuerdo haber llegado antes que ella alguna vez. Cuando íbamos a una presentación, muchas veces llegábamos antes para tomarnos un trago y siempre nos íbamos luego a cenar. Con ella probé mis primeros sorbos de whisky -Jameson, por supuesto-- y fui aprendiendo a disfrutarlo. Hoy es una bebida que tomo asiduamente. Ella lo acompañaba con una galleta, queso brie y chutney de mango.

A su lado no podía mascar chicle. Me decía: "gorda, por favor tira eso". No fue necesario que me lo dijera dos veces porque yo seguí fielmente sus indicaciones.

En una oportunidad quise saber su opinión sobre si posteaba en mi sección del "Imperdible del fin de semana" aquellos libros a los que había ido a la presentación o que me había acercado el escritor y que no me habían gustado. Y dijo: "Una cosa no tiene nada que ver con la otra. Vos pone sólo buenos libros". Eso empecé a hacer.

Otra vez me dijo que el cuerpo del mail tenía que ser breve, no más de tres líneas. "Tiene que ser un tac". Me retaba cuando pronunciaba mal en nombre de algún escritor. Detestaba el diminutivo en las palabras. Yo trato de no usarlas nunca.

Sé de su amor por cómo me miraba, cómo me agarraba las manos al sentarnos juntas. Por el modo en el que decía "Natalita". Y porque cuando estuvo internada en Los Arcos me dijo: "Me encanta esta casa, quiero que sea tuya". Me esperaba para que le diera de comer y después me hacía señas para que le pase crema. Y porque me decía "te quiero" a los ojos.

La última semana me preguntó: "Creo que logré transmitirte algo, ¿no?". "No sabes cuánto", contesté. Y ella: "Sí, creo que te hice entrar a los libros".

Durante el tiempo que siguió a su muerte, no pude volver a leer. Ni agarrar un libro, ni hojearlo, ni olerlo. El tiempo me hizo retomar la lectura y cada vez que termino de leer un libro intento imaginar qué hubiésemos comentado.

Sé que puedo seguir aprendiendo de ella. Escucho sus programas de radio Leer es un placer porque ahí está su lectura, tan particular. Eso que la destacó.

Sé que quedan más cosas de ella en mí, aunque tal vez hoy no pueda darme cuenta.

*La autora es sobrina segunda del alma máter de Clásica Moderna, que falleció hace un año , y acompañó a Poblet hasta sus últimos días.

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