Un país que vive en el Día de la Marmota

Héctor M. Guyot
Héctor M. Guyot LA NACION
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9 de junio de 2018  

En la Argentina estamos siempre en el mismo lugar. Como en la película El Día de la Marmota, con el impagable Bill Murray, te levantás de la cama y salís al día solo para darte de bruces con una realidad que debiste haber dejado atrás hace días, meses, años, y que sin embargo sigue allí, inamovible. Estamos atrapados en las redes de un pasado que no se resuelve y desafía el paso del tiempo. Cautivos en la pesadilla de nuestras contradicciones, no podemos despertar. Cada día es igual al anterior y prefigura el siguiente, con el consabido desfile de viejos personajes y el repertorio gastado de argumentos que jamás llegan a un desenlace, porque en el país de la marmota la única condena firme es la eterna repetición de lo mismo.

Te levantás fresco, te regalás una ducha caliente y un café cuyo aroma te reconcilia con la vida y te induce a creer que el día avanza hacia un horizonte promisorio y virgen, hasta que por alguno de los dispositivos que nos conectan con eso que llamamos realidad empiezan a llegar las noticias. Lo de siempre: Carlos Menem sentado en el banquillo de los acusados, Hugo Moyano amenazando con parar el país si no le dan lo que quiere, Baradel y la huelga docente, la vieja CGT jugando al paro con el guiño del PJ, la discusión por la reforma laboral, la valija de Antonini Wilson (otra vez la consagración de la impunidad), el asesinato del fiscal Nisman (recién ahora se lo puede llamar así, de acuerdo con la Cámara Federal).

En suma, la condena de volver sobre un pasado que no se resuelve. Y que estamos destinados a repetir, según parece. Detrás de la imposibilidad de salir de esta trampa hay otra constante vieja como el país que ha recrudecido en la última década y que estuvo muy presente en estos días: la intolerancia, la fuerza como único medio para dirimir los conflictos e imponer el propio interés. Un antagonismo férreo entre unos y otros que vuelve estéril la palabra y agrava los problemas en lugar de resolverlos.

Un ejemplo de esto se vio en el programa A dos voces. Allí, el actor Raúl Rizzo, al defender la campaña "La patria está en peligro", lanzada por algunos actores en contra del préstamo del FMI, arremetió contra quienes pensaban distinto con una virulencia feroz. No está mal pensar como piensa Rizzo. Está en su derecho. Lo que no sirve, lo que nos condena a seguir igual, es descalificar como cínicos e hipócritas a los que no ven las cosas o no piensan como nosotros. Los fanatismos expresan una intransigencia infantil y una cerrazón ideológica elemental. Por definición, son incompatibles con la democracia. Reacciones como la de Rizzo, que están muy lejos de ser la excepción, explican en buena medida los últimos años del kirchnerismo en el poder y el extravío de un país enceguecido por consignas reduccionistas y totalizantes.

"La grieta sale cuando una parte de la sociedad se cree la patria", le respondió con razón Fernando Iglesias. El problema es que siempre nos creemos la patria. O los dueños absolutos de la razón, que es lo mismo. Vaya uno a saber qué miedos inconfesables se ocultan detrás de semejante muestra de inmadurez. Porque esta necesidad de doblegar y anular al otro para confirmarnos en nuestro pensamiento se verifica aquí en casi todos los órdenes.

Fue lo que se vio, por ejemplo, en el debate sobre el aborto: posiciones extremas e inconciliables, muchas veces descalificatorias del otro o de su forma de pensar. En lo que hace al culto, la Iglesia tiene sus dogmas, que por supuesto no son extrapolables de modo directo a la esfera civil. En este debate se enfrentaron dos dogmas, pues en ambos extremos se advertía ese ánimo catequizante y misionero propio de los que, asumiéndose como dueños de la verdad, pretenden defenderla a toda costa y universalizarla en supuesto beneficio del conjunto. Lo que sobra son militantes. Y opiniones tajantes. ¿Qué lugar queda para los que dudan? Donde no hay espacio para la duda, donde existen solo certezas, es difícil cualquier tipo de entendimiento o conciliación. O de coexistencia respetuosa entre quienes piensan distinto.

El préstamo del FMI, que volvió a mostrar la grieta, también suena a película repetida. Eso es lo que intentan usufructuar sus críticos. Es difícil adivinar si esos 50.000 millones de dólares representarán un camino de salida o una versión remozada de aquel blindaje que no alcanzó para darles un destino al gobierno de De la Rúa y al país hace casi veinte años. Hay, acaso, una diferencia: esta inyección de dinero llega ahora como una suerte de vacuna contra el populismo, muy fresco en la memoria y siempre al acecho. Venezuela es aún un espejo no tan lejano. Eso explica el volumen de esta especie de seguro que se le ha otorgado a la Argentina. ¿Alcanzará para contener el virus? Todo lo que se puede decir al respecto es que depende de nosotros salir de una vez por todas del Día de la Marmota, dar vuelta la página para interrumpir la larga serie de oportunidades perdidas que nos han devuelto siempre al fracaso. Pero no se puede pretender darle al cuento un final distinto si seguimos haciendo lo mismo de siempre. Para salir de la trampa hace falta algo más que plata. Hace falta cambiar en serio.

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