Gustavo Fernández y Sebastián Báez, dos historias de superación, al margen de ganar o no un título

Gusti Fernández no pudo con el japonés Shingo Kunieda en la final de tenis adaptado
Gusti Fernández no pudo con el japonés Shingo Kunieda en la final de tenis adaptado
Ariel Ruya
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9 de junio de 2018  • 21:30

PARIS.- Son dos historias inspiradoras. La vida, tantas veces, trata sobre eso: de ver el sol después de la tormenta. Superar obstáculos, seguir para adelante, cumplir los sueños. Tienen mucho en común Gustavo Fernández y Sebastián Báez, tenistas argentinos que alcanzan finales de Roland Garros y no se conforman: siempre quieren más. Báez, el número uno mundial de los juniors, pierde con el chino Chun Hsin Tseng por 7-6 (7-5) y 6-2 y Gustavo Fernández, el número 2 de tenis adaptado, cae contra el japonés Shingo Kunieda por 7-6 (7-5) y 6-0. El aprendizaje es el camino.

Gustavo se va a quedar unos días en París y luego, volará a Rusia. Tiene tickets para disfrutar del último encuentro de la Argentina en la primera etapa del Mundial, contra Nigeria, en San Petersburgo. Quiere conocer de qué se trata eso de las "noches blancas". Mientras, ahora mismo, trata de quitarse el sudor de la frente. "Es la bronca normal de sentir que se me escapó otra final. Es parte del camino", advierte, en un costado de la cancha 7.

El cordobés, a los 24 años, acepta el desafío: siempre quiere más. "Nunca me conformo. Me tocó perder partidos muy duros a lo largo de mi carrera y siempre siento que me sirvió un montón. Es verdad que las derrotas enseñan más que las victorias, yo juego para ganar. Él jugó mejor. En el segundo set perdí la línea completamente. Me costó. Pero no puedo perder el norte", interpreta. Vale en el tenis, vale más lejos de los courts.

Actuó en seis Roland Garros y en tres alcanzó, al menos, la final. Fue campeón en 2016. Juega con una intensidad y una valentía, que la silla de ruedas parece solo un decorado. "Puede que suene mal, pero yo no necesito tirarme flores para saber qué clase de jugador soy. Y creo que soy un muy buen jugador, un tenista profesional. Dentro del tenis en silla de ruedas, estoy entre los mejores. Si me toca ganar otro Grand Slam -algo que no sé, porque no tengo la bola de cristal-, lo voy a disfrutar, pero no me quedo sólo con eso", confiesa.

-¿Sentís que ahora se le empezó a dar valor a esta clase de competencia?

-Esto es 'tenis en silla de ruedas', pero no deja de ser profesional. Por más que la gente no lo sepa o no lo sepa valorar del todo como se debe. Yo soy un tenista profesional. Siento que se dio un paso enorme, se ve el esfuerzo. Gracias a los buenos resultados que logré, le dieron más importancia. Estoy orgulloso por eso. Se me puso en ese papel sin que yo lo buscara. Ojalá que la Argentina sea una potencia en esta especialidad.

-¿Te incomoda o te agrada ser una suerte de ejemplo?

-No le doy mucha importancia. Si la gente quiere buscar un ejemplo en mí., a ver, hago lo que me encanta, hago lo que siempre soñé. Si mi ejemplo le sirve a mucha gente, para lo que sea en la vida, para motivarse, bienvenido sea. Ese empujoncito desde afuera puede ayudar. No me incomoda esta situación, pero tampoco me pongo la cara de súper héroe, porque no hago nada fuera de lo normal. Simplemente, vivo mi vida como cualquier persona. Y cumplir mis sueños, que es mucho.

Sebastián Báez tiene sólo 17 años. Tímido en la vida y valiente en la cancha, tiene como espejo al belga David Goffin. No es igual a la mayoría de los adolescentes. Al menos, no puede serlo. "Me perdí un montón de cosas, como el viaje de egresados con mis amigos. Todo lo que hacen ellos, yo ya no lo hago. Pero pienso mucho en que quiero ser alguien y siento que vale la pena", señala Sebastián, que todavía no puede creer todo lo que lo rodea. "Cuando pisas un Grand Slam, te pasan muchas cosas por la cabeza. Los primeros tiempos, los sacrificios, las dudas. Siempre tengo presente a todos los que ayudaron desde el comienzo. Y sobre todo a Batata (Clerc), porque hace seis años que trabajo en su Academia y me cambió mucho a nivel tenístico y mental", acepta.

-¿Cómo eras antes?

-Era bastante inmaduro, me costaba mantener la concentración en el partido. Por ejemplo, iba 3-0 y, de pronto, estaba 4-3 abajo porque hacía cualquier cosa. Me ayudaron mucho con esos problemas que tenía; por eso, hoy estoy acá. El click lo hice hace un año y medio, cuando empecé a tener un equipo de trabajo real, por así decirlo.

-¿Eras de romper raquetas?

-No, pero me enojaba mucho, era un inmaduro. Cuando me fastidiaba, me costaba 'volver', era un poco terco, no escuchaba a nadie, no miraba a nadie. Lo estoy controlando. Y físicamente también estoy mucho mejor.

-¿Qué es lo mejor que tiene tu juego y qué es lo que te falta?

-Mi mayor virtud es la rapidez. A veces, leo muy bien las jugadas, lo que va a hacer mi rival. También soy agresivo. Lo que me falta es saber cerrar la volea. Y el saque, también me falta un poquito.

Sigue las materias de la escuela secundaria vía on line. Empezó a jugar futures y después de Wimbledon , de a poco, se meterá en los challengers. "Mi objetivo no es un Grand Slam o terminar como número 1 en juniors. Quiero ser en tres años un gran profesional", describe. Y le pone un moño a la recompensa de su imaginario futuro: "Mi sueño es ser número uno del mundo. Pero, en realidad, lo que quiero es que algún día alguien diga: 'qué bien que juega ese flaco'.

Sebastián Báez, con el premio al subcampeón en juniors de Roland Garros; a su lado, el chino Chun Hsin Tseng
Sebastián Báez, con el premio al subcampeón en juniors de Roland Garros; a su lado, el chino Chun Hsin Tseng Crédito: Thibault Camus / AP

Por: Ariel Ruya

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