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Rafael Nadal, campeón de Roland Garros por undécima vez: un gladiador que demuestra que no existen los límites

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Rafael Nadal ESP
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Dominic Thiem AUT
Ariel Ruya
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10 de junio de 2018  • 09:53

PARIS.- El chaval no podía dormirse. La primera copa de los Mosqueteros estaba allí, magnífica, toda una proeza para un joven de 19 años. Cerraba los ojos y soñaba. con los ojos abiertos. Junio de 2005: se parece a un siglo, a toda una vida. Se despierta, de pronto, a tomar un vaso de agua, mientras recuerda cada una de las fotografías de su bautismo en Paris frente a Mariano Puerta. Un pequeño gran león de pelo largo, remera sin mangas y atrevimiento poco habitual. Allí, cerca de la medianoche, se presenta Toni Nadal, algo más que el tío: el cerebro detrás del músculo más extraordinario de la historia. Rafael Nadal no soltaba el trofeo: seguía abrazado a él, inmóvil. "Está bien, ya tienes lo que has querido toda tu vida. Pero el año próximo, cuando vuelvas, este trofeo no habrá significado nada. Y volverás a estar asustado cuando empiece el torneo o cuando juegues la final, si es que llegas a ella. Cada año, Rafa, será la misma historia", le decía, en la profundidad de la noche. La misma historia.

Hoy, ahora mismo, cuando logra el 11° título de Roland Garros -algo fuera de lo común, algo excepcional-, luego de superar al austríaco Dominic Thiem por 6-4, 6-3 y 6-2, en 2h42m, el español agiganta su leyenda con la humidad de los más grandes. Siempre hay espacio para agregar estrellas en la bandera de la excelencia. No sólo es el rey del polvo de ladrillo: es uno de los mejores -¿tres, cuatro, cinco?- más grandes de la historia. Alcanza su 17° grande y sólo lo supera Roger Federer, con 20. No sólo es el dueño de París -2005, 2006, 2007, 2008, 2010, 2011, 2012, 2013, 2014, 2017 y 2018-, sino que se consagró en todas las superficies. Se agiganta, también, en Wimbledon, allí en donde empezó todo, con sus títulos de 2008 y 2010.

No es muy normal: gana con el brazo izquierdo acalambrado, envuelto en llamas. Estira los dedos de esa mano, elonga el tendón. No se le mueve el dedo mayor. No le importa nada: la última bola se escapa lejos y es allí cuando Rafa levanta los brazos al cielo. Pura naturalidad. Ahora sí, que se venga el mundo abajo: hasta la lluvia espera que acabe la batalla, con el mismo resultado de siempre.

Cuenta Toni, hoy corrido de la escena -Carlos Moyá es el entrenador de todos los días-, cosas como éstas: "Yo empecé con la idea, cuando Rafael tenía unos 8 años, de jugar con una intensidad muy alta. Cuando era joven, era un jugador muy agresivo, pero en el circuito ATP no le alcanzaba. Ahí fue cuando empezó a pegarle a la pelota por detrás". Su estilo, tal vez, no tiene la elegancia de Roger Federer ni la destreza de Novak Djokovic. Su servicio es limitado, su drive no es vistoso, su revés no se instala en la galería. Le sobran otros atributos, más indispensables: su cabeza, su ambición, su defensa, la más maravillosa. Y ese revés a dos manos paralelo a la carrera, ideal para enamorarse del tenis de una vez y para siempre.

Rafael Nadal el nuevo campeón en París
Rafael Nadal el nuevo campeón en París Fuente: Reuters

Sólo Diego Schwartzman le quitó un set, todo un mérito si se recuerda el camino, la película entera. Ese 6-4, antes del diluvio, resulta un premio. Porque Thiem, de 24 años, un noble jugador con recursos de sobra y un digno revés a una mano, hace lo que puede. Le ganó tres partidos sobre tierra: en Buenos Aires 2016, en Roma 2017 y en Madrid 2018. Debería poder quitarle, al menos, un parcial. Pero se derrumba después de que el mallorquín le quiebra en cero y se sube al 6-4. Lo demás, es casi un monólogo. Cada vez que el austríaco se anima, el español lo liquida.

Hay un momento de suspenso durante el último parcial, cuando a Nadal le arde el dedo mayor de la mano izquierda. Soporta todo: el dolor, la adversidad, el destino. Llora cuando recibe el trofeo. Y gana, siempre gana. Rafael Nadal es, cada día, más grande.

Rafael Nadal el nuevo campeón en París
Rafael Nadal el nuevo campeón en París Fuente: AFP

Thiem confía en que tendrá más oportunidades

El austríaco Dominic Thiem exhibió un buen nivel. Al final, chocó contra el gigante. Pero no se encoge. "Confío en que no será mi última final de Grand Slam", expresó Thiem. "Ese es mi gran objetivo, llegar al próximo y hacerlo mejor", comentó el jugador, de 24 años. Semifinalista en Roland Garros en 2016 y 2017, el austríaco dio este año un paso más y desafió a Nadal por el trono de París.

Y después se rindió ante el poder del adversario

No le alcanzó. "Fue un partido decente de mi parte", analizó. "Él estaba jugando muy bien, creo, y no por nada ganó once veces aquí. Es una de las mejores cosas que cualquier persona logró jamás en el deporte", aseguró. Semanas atrás, en el Masters 1000 de Madrid, Thiem se impuso por 7-5 y 6-3. Según los especialistas, el mallorquín sufrió esa derrota, entre otros factores, porque le incomoda la altitud que tiene la capital española, unos 670 metros sobre el nivel del mar.

Por: Ariel Ruya

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