Una mina antipersona mató a su padre y ahora ayuda a desactivarlas

Mutha no llegó a conocer a su padre, que murió por la explosión de una mina antipersona; ella es saharaui e integra el equipo que busca desactivar esos artefactos
Mutha no llegó a conocer a su padre, que murió por la explosión de una mina antipersona; ella es saharaui e integra el equipo que busca desactivar esos artefactos Crédito: Rosario Marina
El Sahara Occidental es uno de los diez territorios más contaminados del mundo: está sembrado de minas terrestres abandonadas luego de una guerra de 16 años entre el ejército marroquí y el Frente Polisario. Mutha Hama Fucu es una refugiada que todos los días recorre el desierto para encontrarlas y evitar accidentes
Rosario Marina
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11 de junio de 2018  

SAHARA OCCIDENTAL.- Acaba de sonar el detector, Mutha tiene miedo. Retrocede. Grita: " La g am, la g am, lag am [mina en hassanía, el dialecto del árabe en el que hablan los saharauis]". Lleva la chaqueta y el visor puestos: sabe cómo hacer su trabajo. Sabe que para no morir ni terminar herida debe tener paciencia. Se concentra. Mide las distancias. Hace un pozo de 13 cm con una pala pequeña, como de jardinero. Se para, toma el detector de metales, escucha nuevamente el pitido que advierte el peligro. Se pone de rodillas. Mueve el dedo índice derecho. Lento. Sus ojos ven cómo la arena va desapareciendo para descubrir un objeto pequeño, redondo, con aspecto inofensivo. Eso que ella buscaba: una mina antipersona.

Toma dos palos de madera con la punta de color rojo, los ubica en cruz y se aparta. Unas semanas después, cuando ya todo el terreno fue revisado y encontraron cinco minas más, el jefe coloca con sumo cuidado un explosivo sobre cada una y se aleja 50 metros desenrollando poco a poco un cable. Cinco mujeres y cinco hombres miran desde lejos. Él presiona un botón que en menos de un segundo hace que la mina salte por los aires.

La explosión dura apenas un instante. No hace falta más para que Mutha Hama Fucu piense en su padre, que murió por eso mismo que ella está viendo a unos metros de distancia. El fuego, la arena.

Él no tenía protección ni era el momento adecuado: estaba en medio de una guerra e intentaba limpiar su terreno para poder atravesarlo. Un terreno plagado de minas antipersona y antitanque que hoy su hija, a quien él no conoció, se dedica a buscar para que el suyo sea un país seguro.

Desierto peligroso

El Sahara Occidental, en el norte de África, es uno de los diez territorios más contaminados del mundo por minas terrestres y otros restos explosivos. Tras 16 años de guerra entre el ejército marroquí y el Frente Polisario, el desierto se convirtió en un peligro constante para sus habitantes. En 1976, el Estado español se retiró del Sahara Occidental, que hasta ese momento era una provincia española más, y lo cedió a Marruecos y Mauritania en lo que se llamó el Acuerdo Tripartito de Madrid: Marruecos se apropió del norte y Mauritania, del sur. El Frente Polisario, creado tres años antes, empezó la guerra de liberación contra esos dos países.

La Organización de las Naciones Unidas (ONU) consideró nulo el acuerdo, por eso el territorio sigue en la lista de los pendientes de descolonización. La gran mayoría de los saharauis se encuentran refugiados en Argelia, pero muchos otros -entre 20.000 y 30.000- aún son nómades que viven de cabras y camellos. Personas que a cada paso pueden posarse sin querer sobre una mina y perder la vida.

En abril de 1991, la ONU creó la Misión de las Naciones Unidas para el Referéndum en el Sahara Occidental (Minurso). Desde ese año esperan que se les pregunte si quieren ser independientes o no.

Por ese trabajo, en el que cada día arriesgan su vida, los operadores cobran 20.000 dinares argelinos por mes, unos 4000 pesos argentinos
Por ese trabajo, en el que cada día arriesgan su vida, los operadores cobran 20.000 dinares argelinos por mes, unos 4000 pesos argentinos Crédito: Rosario Marina

Mutha es una refugiada. Su madre y sus hermanos viven en El Aaiún, en el Sahara Occidental, uno de los campamentos que ahora -después de más de 40 años de creados- ya funcionan como ciudades: hay escuelas, hospitales, casas construidas con ladrillos de arena, quioscos. Las calles son de tierra, pero las que conectan un campamento con el otro tienen asfalto y líneas blancas. En el medio hay una rotonda con una escultura enorme de dos teteras y vasos.

Hay quienes llevan décadas allí, y los más jóvenes ni siquiera conocen su país. El Frente Polisario tiene su base en los campamentos, también varias ONG internacionales y hasta el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur). Todos viven de la ayuda internacional.

Cada tres meses, Mutha vuelve a El Aaiún. Mientras tanto, trabaja limpiando el desierto de lag am. De su padre apenas sabe que murió antes de que ella naciera y tan solo un año antes de que se declarara el alto el fuego, en 1991. Pero su padre no es ni el primero ni el último. El Servicio de las Naciones Unidas de Acción contra las Minas (Unmas) estima que son más de 2500 las víctimas de minas que hay en el Sahara. Grupos locales de derechos humanos advierten que siguen muriendo todos los años, sobre todo niños y pastores.

Mutha es una mujer blanca de ojos grandes y labios gruesos. Usa lentes. Quizá se parezca a él, pero no lo sabe. Nunca vio una foto de su padre. Tiene 28 años; usa melfa, esa tela que parece un gran vestido para cubrir todo el cuerpo y la cabeza de las mujeres musulmanas. Hoy, cuando habla de él, tiene puesta una celeste con margaritas blancas. El cabello, que no muestra, lo lleva largo hasta los hombros. Le gusta maquillarse: usa una base bien blanca como de mimo, rímel y delineador negros.

Buen español

Es la que mejor habla español de sus compañeras de trabajo también saharauis, también jóvenes, también hijas de padres muertos en la guerra. Son cinco: Enguia, Bainana, Munina, Fatu y ella. Mujeres elegidas por el gobierno saharaui para hacer la prueba y, de superarla, entrar a trabajar buscando explosivos en la parte de su tierra que no consiguió invadir el ejército marroquí. Esa zona desértica que llaman los Territorios Liberados del Sahara Occidental. Adonde los que viven en campos de refugiados buscan volver.

Ellas cinco no son como el resto de los que trabajan desminando. Ellas fueron seleccionadas por no tener un padre que trabaje, pero además por haber terminado los estudios. De cada wilaya -que es como llaman a las pequeñas ciudades de refugiados- el Polisario eligió dos. Mutha, por caso, es psicóloga: estudió en Libia y Argelia, gracias a los acuerdos políticos entre el Sahara y esos países. Pero al volver con su familia no encontró trabajo. Por eso cuando le llegó el ofrecimiento del gobierno aceptó.

Desde enero vive en Tifariti, un poblado en medio del desierto con escuela, hospital y un espacio para cooperantes internacionales, algunas casas deshabitadas y un cementerio de tumbas de arena y piedras que miran a La Meca. Nada más. Está a 350 km de los campamentos, distancia que en camioneta se puede transformar en 14 horas de viaje por caminos donde no se ve nada más que arena, unos pocos árboles y piedras.

Durante el primer mes del año estudió qué es una mina, aprendió los nombres en inglés de los distintos tipos que existen, cuáles son antitanque y cuáles antipersona, cómo es que han llegado a estar debajo de la tierra, para qué las pusieron y la manera de hallarlas. Y quizá lo más importante: cómo protegerse ella misma, a sus compañeras y su pueblo. "Porque hay muchas minas en el Sahara todavía y tenemos que limpiar la tierra", dice Mutha convencida. Pero no sabe cuántas son. Nadie lo sabe.

Bombas racimo

La Oficina Saharaui de Acción contra las Minas (Smaco) advierte que hay casi medio millón de metros cuadrados contaminados con este tipo de explosivo; tienen nombres como BLU63, MK118, M42. Además, hay otros 867.000 metros cuadrados que están plagados de peligrosos artefactos de guerra. Desde 2009 hasta hoy encontraron y destruyeron 7766 minas terrestres y 8200 municiones sin estallar. Durante el combate se tiraban bombas racimo, que en el aire se abrían y expulsaban cada una más de 30 pequeñas bombas. De esas submuniciones ya fueron halladas 22.935.

El viento y las lluvias pueden moverlas de sitio. Muchas veces los pastores llevan a los operadores o a jefes que se cruzan algún artefacto sospechoso sin explotar.

"Sabemos dónde hay una mina por información de las víctimas", explica Malad, el subjefe del equipo MTT3, donde trabajan Mutha y sus amigas. Lo cuenta mientras escribe en inglés en una computadora HP llena de arena el informe que debe enviar a la empresa. Está sentado en el colchón donde duerme en el piso. La mitad de su habitación la ocupa un mapa gigante de la misión en la que trabajó estos tres meses. En ese tiempo hallaron solo seis minas.

El dinero para financiar estas acciones lo consiguen las Naciones Unidas. Ahora mismo proviene del Ministerio de Asuntos Exteriores alemán. El Estado saharaui aún no tiene potencial financiero, se sostiene en la ayuda internacional.

Quienes se encargan del desminado son, en realidad, hombres y mujeres saharauis. A ellos los contrata la ONG Norwegian People's Aid, que tiene tres equipos de trabajo en terreno, o la empresa británica Dynasafe, con seis equipos -tres en el sur y tres en el norte- más uno de reconocimiento. Mine Action Coordination Center (MACC), de las Naciones Unidas, es quien lleva el expediente de desminado en el país.

Las primeras mujeres en ser detectoras de minas en el Sahara Occidental fueron Mariam y Toufa, dos chicas de 25 y 28 años que renunciaron cuando decidieron casarse. Eso fue en 2012. Hoy son 31 las mujeres que buscan minas, y 148 los hombres. El MTT3 es un equipo formado por cinco operadoras, cinco operadores, un jefe, un subjefe, un médico, un chofer y un cocinero. Todos saharauis. Trabajan para Dynasafe. Por ese trabajo en el que cada día arriesgan su vida, operadores y operadoras cobran 20.000 dinares argelinos por mes. El equivalente a 145 euros, unos 4000 pesos argentinos.

Temprano

Lo más importante es escuchar el detector de metales
Lo más importante es escuchar el detector de metales Crédito: Rosario Marina

Mutha Hama Fucu se levanta a las 5.30. Aún no es de día y tampoco tiene luz eléctrica, por eso desde el colchón donde duerme en el piso se para e inmediatamente enciende su linterna. La electricidad se activa a las 6. Va al baño, se peina. Reza. Desayuna. Se cambia el pijama por el pantalón de trabajo, se pone la chaqueta blanca y unas botas que compró con un plus que le dio la empresa porque todas las que había disponibles le quedaban grandes; eran para hombres.

Ya con luz y fuera de su habitación prepara su detector de metales, revisa que tenga las cuatro baterías que lleva, pone en el bolso los palos con punta roja, los de punta azul que marcarán el área segura, la pala, el hilo grueso. Se acomoda, con la ayuda de una compañera, otra chaqueta celeste que se ata abajo y a los costados. También el visor para proteger sus ojos. No tiene puesta la melfa pero igual todo su cuerpo está cubierto. Sobre el pelo usa un pañuelo marrón con dibujos.

Cuando el equipo está listo suben a dos coches y el conductor los lleva al terreno que les han designado para limpiar. "Después empezamos a abrir un camino. Entramos con una línea, poco a poco, cada 20 cm. En mi parte limpio hasta que encuentro una señal con el detector. Veo si hay algo encima de la tierra. Si hay, pues lo cojo. Si sigue sonando, es que hay algo debajo", dice Mutha. Y si hay algo debajo de la tierra, es muy probablemente eso que busca.

Si no escucha el detector, por vientos fuertes o lluvias, no puede trabajar. Los días fríos se reducen las horas de trabajo porque tampoco se oye el pitido que alerta de un posible artefacto peligroso. Lo más importante, lo sabe, es escuchar el detector. Y probar, cada ciertos minutos, que no se le haya acabado la batería.

Aunque limpiaran todo el territorio liberado, no terminarían la tarea. Es que existen entre 7 y 11 millones de minas a las que no pueden acceder porque están alrededor de un muro de 2720 kilómetros, el muro más largo que existe sobre la tierra después de la Muralla China. Un muro aún más largo que el que divide Estados Unidos de México. Un muro que recorrería la distancia entre Buenos Aires y Ushuaia, y aún seguiría. Un muro construido durante la guerra por Marruecos y hoy controlado no solo por un cerco de 5 km de ancho repleto de explosivos, sino también por militares marroquíes repartidos en distintos puestos de vigilancia.

Desde la distancia no se distingue claramente, pero al acercarse van apareciendo ante los ojos esos puestos militares. En el desierto todo es interpretar: unas piedras que delimitan lo que parece un camino son en realidad el marcado de un área segura de minas. A 100 metros cinco refugiadas buscan explosivos de guerra con un detector de metales. Buscan que caminar por su tierra ya no sea un peligro.

Territorio minado

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Es la cantidad de minas terrestres que se destruyeron desde 2009. Hay casi medio millón de metros cuadrados contaminados con minas

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Son los integrantes del equipo de Mutha. El dinero para financiar estas acciones lo consiguen las Naciones Unidas. Ahora mismo proviene del Ministerio de Asuntos Exteriores alemán

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