En un Mundial el factor humano es aún más poderoso que la planificación

Messi, eje de las aspiraciones argentinas en Rusia Fuente: Archivo
11 de junio de 2018  • 23:59

La táctica y la cabeza. Los esquemas y el espíritu. La planificación y los imponderables. Llega el Mundial y todas estas cuestiones vuelven a ponerse sobre la mesa. Hay una lógica, que permite hacer ciertos pronósticos, pero no mucho más que eso. Cabe suponer que España imponga su juego sobre la mayoría de los rivales pero eso no le garantiza la eficacia. Básicamente, porque quien pretenda entender el fútbol solo desde los aspectos tácticos está muy equivocado.

Carlos Peucelle, un "moderno" de la década del 30, decía que no existe mejor esquema que el 1-10, en el que todos corren, todos juegan, todos participan. Y 80 años más tarde, el actual momento del fútbol le da la razón. Todo se ha sofisticado. Los jugadores son más integrales y hay una interpretación más profunda, global y colectiva del juego. Pero no siempre llega a desarrollarse en una selección nacional, donde los tiempos de entrenamiento y convivencia son menores a los de un equipo y resulta más complicado trasladarla a la cancha.

La consecuencia es que las opciones de aquellos que han sostenido una idea a través del tiempo se igualan bastante a las de otros como la Argentina, siempre encomendada a una receta salvadora o a una figura que haga ese milagro que, a veces, incluso sucede. Es paradójico. Uno habla del juego, de ideas, del orden, del método; y después un futbolista, una jugada o el simple azar terminan resolviendo una final.

Este Mundial contará con cantidades de información, modos de entrenamiento y niveles de conocimiento más refinados que nunca, pero en el fútbol seguirán pasando las mismas cosas de siempre: los imprevistos, la capacidad individual, la magia de un jugador... Porque el factor humano sigue siendo el más poderoso y es en ese punto donde entran a jugar la cabeza y el espíritu.

Los jugadores, consciente o inconscientemente, guardamos en algún rincón de la mente la certeza de que el azar interviene y que el resultado de un partido puede depender del acierto o el error de cualquier protagonista. Esos partidos especiales, a cara o ceca que se dan a partir de los octavos de final, se viven desde ese lugar.

Nada hay más difícil en las competencias cortas que tener el control absoluto de las emociones. El mismo Peucelle decía que "la única experiencia valedera es la anímica", es decir, saber quién se agranda y quién se achica, quién es débil y quién es sólido en circunstancias extremas. Entonces, aunque ni la táctica ni la intención del entrenador sean prudentes o cautelosas, la propia tensión del jugador puede hacer que pierda soltura, que se inhiban algunos de sus comportamientos habituales.

Con todos estos ingredientes se vive y se juega un Mundial. Sabemos que habrá muchas selecciones - España , Alemania , Brasil , Argentina, Francia, Bélgica, Inglaterra.- que saldrán con la intención de mirar lo propio e imponer su juego; y también un puñado de un perfil más conservador -Islandia, Egipto, Suecia.-, cuya idea será limitar a los adversarios. Pero nadie puede vaticinar lo que sucederá a partir de esos planteos iniciales.

A priori uno puede decir que a los ingleses les falta tiempo para asimilar un cambio cultural que ya tienen incorporado españoles y alemanes. Que Messi responderá a muchos, pero no a todos, los interrogantes que plantea nuestra selección. Que el hambre salvaje de Suárez y Cavani puede compensar en parte el poco juego que suele exhibir Uruguay . Pero desconocemos cómo afrontarán los encuentros decisivos belgas, franceses, peruanos, colombianos y los demás. Ahí también radica buena parte del encanto.

La última consideración es para los espectadores. Entiendo lo que significa un Mundial en cada hogar, la hermandad tan particular que se enciende en las reuniones para ver los partidos. Pero mezclar los sentimientos patrióticos con los deportivos es un absurdo. La ley del fútbol pasa por otro lado. Un jugador puede cantar el himno, besarse el escudo, adorar a su país y hacer un gol o errarlo, pero ni será un héroe en un caso ni un traidor en el otro, porque no acierta o falla desde esa lógica. La capacidad de acertar o fallar está guardada en la condición de cada uno, no en la escarapela, y el más nacionalista de los jugadores puede equivocarse.

Comprendiendo estas cuestiones y liberándonos de las angustias y las obligaciones de ganar a cualquier precio todos podremos disfrutar de un Mundial que espero sea bueno y nos divierta, a los futboleros y a los que no lo son. Lo aguardamos tantos años que vale la pena hacer el esfuerzo.