La revolución italiana

Loris Zanatta
Loris Zanatta PARA LA NACION
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11 de junio de 2018  • 18:18

Italia está en el tobogán y por un tiempo dará espectáculo. Los italianos decidimos subirnos. Ya veremos si fue una buena idea; si Europa también se subirá o nos convencerá a bajarnos.

Desde que los italianos han hecho su revolución, un aire mágico flota en el país: todo lo que antes parecía imposible ahora está al alcance, cada promesa es creída, cada tontería suena a golpe de genio. La creatividad de un pueblo que fue de santos, héroes y navegantes ha recuperado su pujanza, ha redescubierto el ímpetu hasta hoy conculcado por los hoscos alemanes, eternos herederos de Hitler; por los burócratas de Bruselas, aburridos leguleyos; por los opresivos mercados, monstruos sin rostro que chupan la sangre de nuestros niños. Ya basta: ahora somos libres, mejores, morales. Todo el mundo hablando de diferenciales financieros, todos persiguiendo el vil dinero, el estiércol del diablo: nosotros nos dedicamos al hombre; más: al Hombre. No crean sea coincidencia que la cúpula de San Pedro descolle en el cielo de nuestra capital.

En estas semanas de circo italiano, recordé a Osvaldo Soriano: yo era joven y su Créase o no era el hilarante relato dominical de la Argentina menemista. ¿Qué decir? Allí entonces como hoy aquí, nos reímos por no llorar. Sé que que al reírme pasaré por esnob, por intelectual malhumorado cuyo corazón no palpita al unísono con el pueblo, por un lerdo conservador que no huele el viento perfumado del cambio. Estoy resignado: el viento del cambio lo huelo muy bien; es el perfume que se me escapa. Créase o no, pensé, viendo al profesor Conte, flamante jefe de gobierno, diciéndole al G7 que habría que invitar a Putin. ¿Quién decidió cambiar nuestras alianzas internacionales? ¿Cuándo? Ganó las elecciones, se dirá. No es verdad: no participó. ¡Pero Italia es un sistema parlamentario, cuenta la mayoría en el Parlamento! Es cierto: pero al menos los primeros ministros de antes sabíamos quiénes eran, los habíamos escuchado en televisión, leído en los periódicos, habían debatido con sus adversarios. Sabíamos lo que pensaban, podíamos decir me gusta o no me gusta. ¡De este, ni siquiera sospechamos la existencia hasta ayer! No sabemos quién es, qué piensa, qué quiere: solo que es devoto del Padre Pío y amigo de muchos cardenales. Ahora conocemos dos cosas más: quiere a Putin en el G7 para hacer feliz a la Lega de Salvini; cerró el Jaguar en el garaje para hacer feliz a Di Maio: los 5 estrellas son "franciscanos", dicen ellos. Créase o no. Trump le dio una palmadita en la espalda: "un buen chico", tuiteó.

En realidad, este Conte parece buena persona, un honesto figurante. Podría convertirse en un personaje histórico, quién sabe. O peor: creerse desde ya que realmente lo es. Tan pronto lo intentó entreteniéndose con los periodistas, su vocero se lo llevó a la fuerza: mejor prevenir que retractar. Un vocero así no lo tiene nadie: se hizo famoso participando en el Gran Hermano. Dado que Conte es un profesor de derecho privado, prometió que será el abogado defensor de los italianos: ¿quién nos denfenderá de él? La verdad es que es el abogado del "contrato" entre los dos ganadores: la Lega de Salvini, el M5S de Di Maio. El primero ensalza al húngaro Orban, adora a la francesa Le Pen, presume de un antiguo selfie con Trump y le gustaría arrojar a los inmigrantes al mar: ahora es ministro del Interior, veremos si lo hará y cómo lo hará; el segundo es uno que nunca trabajó, de manera que será sin duda un buen Ministro del Trabajo: como buen napolitano, es un típico populista latinoamericano; cada tres palabras dice "pueblo", ama a los Correa y Morales, aunque confunda Chile con Venezuela; quiere combatir la pobreza con subsidios gubernamentales, no tiene idea de cómo funciona la economía y menos la democracia, predica el pauperismo y guiña el ojo a la Iglesia: ahora "el estado somos nosotros", le pareció natural decir al asumir en el gobierno!

Salvini lanzó una dura invectiva contra la dictadura de Maduro: para aplaudirlo. Pero ama a Putin, que de Maduro es el compadre, y se ha aliado con los únicos que en Italia siempre flirtearon con él: créase o no. Sí, porque hay algo más: Salvini quiere menos impuestos, Di Maio más gasto público; de hecho, el primero ha barrido en el norte, el segundo en el sur. ¿Y las cuentas públicas? ¿Y nuestra deuda, que equivale al 130% del producto nacional? Se entiende que estén de acuerdo en una cosa: sacarse a Europa de encima. Con Europa monitoreando nuestras cuentas, ¿cómo mantener las promesas electorales por un valor de cien mil millones de dólares?

Uno se pregunta cómo fuerzas tan diferentes gobiernen juntas: ¡buena pregunta! De hecho, durante años se dieron soberanas palizas: eran perro y gato, agua y vinagre, Boca y River. Ahora se ven como uña y carne. Muchos comentaristas que vieron en los 5 estrellas a la "nueva izquierda" tienen el bocado clavado en la garganta: ¿cómo digerir a ese fascista de Salvini? Muchos militantes que en la Lega vieron al partido productivo del Norte, encuentran difícil tragarse al Sur más parasitario como aliado. Sin embargo, hay una lógica: comparten la misma idea de pueblo y el mismo enemigo. ¡No es poco! Lega y M5S son movimientos populistas en sentido clásico: su pueblo es virtuoso, honesto, moral, redimirá al país; todos los demás son enemigos corrompidos por el pecado: la política es para ambos el escenario de la guerra eterna del bien al mal, del blanco al negro. Siempre fue así: las revoluciones son mojigatas: la legalidad no es suficiente, quieren convertirnos a su virtud, quieren que aplaudamos su fe.

¿Y el enemigo? Más que enemigo, chivo expiatorio: cada visión maniquea del mundo construye un demonio al que endilgar el origen del mal. En general, el enemigo de los populistas es el escéptico, el desencantado, quién ve más grises que blancos y negros. Bueno, quien hoy encarna esta visión a sus ojos es Europa, y dentro de Europa, Alemania: si Italia la pasa mal, es culpa de los alemanes. Si, por otra parte, el FMI inocula el aborto en las sanas costumbres argentinas, si el malvado imperio infectó a los puros cubanos con el SIDA, ¿por qué Alemania no querría aprovecharse de los pobres italianos? Para Salvini y Di Maio, la terrible señora Merkel se lleva con el euro lo que Hitler quiso llevarse por la fuerza; ¡como si Hitler no fuera nuestro aliado! Es un tema serio y sensible: es cierto que Alemania ha obtenido ventajas del euro, que es racional discutir reformas. Pero, ¿es culpa de Merkel si la productividad italiana está entre las peores de Europa? Si la corrupción y el crimen florecen? Si la infraestructura y la administración pública dan pena? Si tenemos que financiar nuestra inmensa deuda y transmitir confianza? ¡No a los alemanes, no a los "mercados": a los ahorradores, a nosotros mismos!

Estamos en el tobogán: veremos qué pasa. La razón lo ve negro, pero preferiría estar equivocado. De una cosa, sin embargo, estoy seguro; es una de las pocas cosas que he aprendido de la historia: estoy seguro de que los moralizadores de hoy serán los moralizados de mañana; alguien más puro, siempre se encuentra.

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