La cumbre de Singapur, primer paso de un camino riesgoso y sin final a la vista

Rafael Mathus Ruiz
Rafael Mathus Ruiz LA NACION
El acuerdo con Corea del Norte es la gran apuesta en política exterior de Trump
El acuerdo con Corea del Norte es la gran apuesta en política exterior de Trump Fuente: AFP
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11 de junio de 2018  • 19:00

WASHINGTON.- Una vez que el apretón de manos, la conversación y la histórica fotografía entre ambos sean ya parte del pasado, y la novela de la cumbre en Singapur haya terminado, Donald Trump y Kim Jong-un habrán dado apenas un primer paso en un largo camino, plagado de riesgos y sin un final certero a la vista.

Fue el secretario de Estado de Trump, Mike Pompeo, quien se encargó, horas antes de la cumbre, cuando los equipos de ambos líderes aún terminaban de pulir la declaración final, de poner paños fríos a las expectativas sobre el desenlace de Singapur al afirmar que el encuentro serviría para "establecer el marco para el arduo trabajo que seguirá".

"Esperamos que esta cumbre ayude a establecer las condiciones para futuras conversaciones productivas", prometió Pompeo, llevando la mirada al horizonte. "Este presidente se asegurará de que cualquier acuerdo potencial falle en abordar adecuadamente la amenaza de Corea del Norte", agregó. Palabra clave: "potencial".

La cumbre histórica de Donald Trump y Kim Jong-un - Fuente: RT

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Pompeo insistió en que, para Washington, el objetivo de ese "acuerdo potencial" no había cambiado: una desnuclearización "completa, verificable e irreversible de la península de Corea", dijo, es el único resultado que Estados Unidos aceptará. Pyongyang busca seguridad y desarrollo económico.

Ahora que Washington y Pyongyang han abierto una nueva negociación tras una de las cumbres más improvisadas e impulsivas que se recuerden, la primera pregunta que surge es la misma de siempre: ¿Es todo eso factible?

Ya antes de sentarse a hablar con Trump, Kim, uno de los dictadores contemporáneos más brutales, había ganado mucho entregando poco a cambio. Para empezar, algo que siempre buscó: legitimidad. Trump pasó de llamarlo "Hombre Cohete", a tildarlo de "honorable", viajó para verlo y sacarse la foto. Sus funcionarios dejaron de hablar de Libia, algo que provocaba escalofríos en Pyongyang. Trump borró del guión oficial el término "campaña de máxima presión". Pompeo, ayer, habló de "sanciones". Punto. Una más: cualquier discusión sobre derechos humanos quedó fuera de agenda.

Pompeo anticipó que ofrecerían "garantías de seguridad" inéditas para conseguir la desnuclearización. Pompeo no brindó detalles, pero dio a entender que el éxito dista de estar garantizado.

"Corea del Norte nos ha confirmado su voluntad para desnuclearizar y estamos ansiosos por ver si esas palabras son sinceras", admitió.

La lectura más optimista es que Kim dio un giro estratégico, y está dispuesto a canjear sus armas nucleares por desarrollo económico. El programa cumplió su fin, y es hora de dar vuelta la página. Aun si ese proceso se da, llevará tiempo. Otra lectura, para muchos, más realista, impone cautela y deja advertencias: Kim ocultará y se aferrará a un puñado de armas nucleares para garantizar su supervivencia -no habrá una entrega "completa"- y todo será difícil de verificar. Y nada es "irreversible". Así el conflicto persistirá, como ocurrió en el pasado. A esos riesgos se suma otro: que las diferencias respecto de qué significa la "desnuclearización", una palabra que tiene un significado en Pyongyang, y otro en Washington, complique los esfuerzos diplomáticos. Ese será el núcleo de la discusión.

Hay quienes temen que la ansiedad de Trump por un acuerdo con Kim lo lleve a otorgar demasiadas concesiones. El magnate carece, aún, de un logro significativo en política exterior. Ha deshilachado acuerdos: sacó a Estados Unidos del acuerdo de París, del acuerdo transpacífico, del acuerdo nuclear de Irán, y ha dejado al acuerdo de libre comercio de América del Norte (Nafta, según sus siglas en inglés) en estado "zombie". Inflamó Medio Oriente con el traslado de la embajada norteamericana a Jerusalén. Desató una guerra comercial que amenaza con descarrilar la economía global, y sacudió la confianza de sus aliados en el G7, además de pedir el regreso de Rusia, rival de las potencias occidentales.

Corea del Norte puede ser la gran excepción. Improvisaciones de lado, hasta los críticos más acérrimos del presidente elogian su política, la campaña de "máxima presión" -similar a la que Estados Unidos aplicó con Libia e Irán para forzar la desnuclearización- y la decisión de sentarse a negociar. Hasta le valió la candidatura al Nobel de la Paz, una novedad que Trump aceptó con una ancha sonrisa.

"Todo el mundo cree que lo merezco, pero nunca lo diría", dijo.

El largo camino que comenzaron a recorrer Trump y Kim puede terminar en un acuerdo, en otro fiasco, o incluso hasta en un nuevo enfrentamiento. Los optimistas recordaban, antes de la cumbre, el primer encuentro entre Ronald Reagan y Mikhail Gorbachov, en 1985. Hubo tres encuentros antes del apretón de manos final, recordó el historiador Julian Zelizer, de la Universidad Princeton.

"Pronto todos lo sabremos", dijo Trump, en Twitter, horas antes de ver cara a cara a Kim.

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