Vanidades

Víctor Hugo Ghitta
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12 de junio de 2018  

Es un mal hábito de la televisión. Un espíritu freudiano podría atribuirlo a la inseguridad, pero no es seguro. Lo cierto es que con una frecuencia que asusta quienes conducen programas en la televisión abierta suelen celebrar lo que ellos mismos hacen, o las intervenciones de los miembros de su equipo, como no sucede en otros oficios. Es como si en medio de una intervención quirúrgica el cirujano aplaudiese el trabajo del anestesista o en el estrado judicial el abogado defensor celebrase el testimonio de su testigo. Muchos prometen un programón, y apenas este echa a rodar les agradecen su gran trabajo al cronista del móvil de exteriores o a los miembros de su mesa de debate.

Cualquier día de estos empezaremos a aplaudir aquí mismo un texto extraordinario de esta misma edición. Algunos diarios del mundo cuentan con una columna en la que un editor pone en duda los contenidos de ese medio, cuestionándolos con cierta severidad. Ese gesto establece empatía con el lector, que suele sentir que esa voz amablemente disidente expresa su opinión. Es un raro ejercicio democrático. En la televisión argentina, en cambio, sucede lo contrario: crece el pobre (y empobrecedor) ejercicio de la autocelebración.

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