Un poema secreto

Diana Fernández Irusta
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12 de junio de 2018  

Me gusta mi barrio. También a veces, como suele ocurrir con todo lo amado, me desespera. Vivo en el vértice donde confluyen Almagro, Boedo y San Cristóbal. Falta verde, no hay glamour. Tampoco demasiado cuidado. Sin embargo -será que a algunos el apego nos ata fuerte-, no puedo imaginarme vivir en otro lado. Adoro la pequeña intensidad barrial de Independencia y Boedo. Los teatritos. El rostro como eterno de la señora que atiende el negocio de ropa para chicos; el mismo donde compraba mi madre hace muchos años y al que los cambios en la moda, las nuevas crianzas o la sofisticación de los consumos después de la década del 90 no parecen haber hecho mella: en sus estantes, la ropa de bebé es blanca, rosa o celeste; los diseños infantiles, discretos; las telas, simples. Cada tanto voy y compro algo para mi hijo, unas medias, alguna remera. Como para dar una mano, ayudar a que siga. Poner el granito de arena que le ataje el destino de la relojería que cerró, la heladería que parecía imbatible pero no lo fue, el videoclub que resistió hasta ayer nomás.

Quiero a mi barrio multicolor y plebeyo. Me gusta, cuando algún milagro me permite salirme de la locura cotidiana, sentir el pulso modesto y vivo de sus veredas; acercarme al Mercado San Juan -ese raro fósil viviente- y comprar pescado de pescadería, queso de almacén; productos que alguien corta, pesa y envuelve frente a tus ojos, mientras intercambia algún comentario con el chico del puesto vecino, el que tiene los pósteres de San Lorenzo al día.

Resulta que pienso en todas estas cosas cuando acabo de ver una película sobre París. Desde luego, no cualquier película. Ni cualquier París. Porque hace unos días Agnès Varda cumplió 90 años. Y me pareció que un buen modo de festejarlo -el mundo realmente es mejor con ella entre nosotros- sería sumergirme en alguna de sus películas. Así fue como vi Daguerréotypes, documental que filmó en la segunda mitad de los años 70 y que me confirmó que si hay algo vinculado con la frescura, la bondad y el gesto creativo, eso es el cine de la Varda.

La película no es una indagación sobre el daguerrotipo, aquella suerte de ancestro de la fotografía dado a conocer en 1839, sino sobre los habitantes de la Rue Daguerre, la calle donde vivía Agnès por aquel tiempo: una arteria parisina marcada por los pequeños negocios y una vida -en especial cuando se realizó esta película- como por fuera del frenesí de la gran urbe.

Al ver Daguerréotypes uno siente que, aunque la Rue Daguerre y sus pequeños locales sigan existiendo, mucho del mundo retratado allí probablemente haya desaparecido. La película abre con el negocio donde un matrimonio ya anciano vende las fragancias que él mismo fabrica -lavanda, jazmín, azucena- en botellitas a elección del cliente. Y ese es el tono: el día a día de la vida, al ritmo de ciertos comercios y ciertos consumos. La colonia que se le regalará a un amigo, la leche y el pan del desayuno, los tres botones de un saco, el corte de carne para la cena. Pero también los acordes de la clase de acordeón, la voz del maestro de manejo; el universo material, sensible y básico de lo cotidiano.

La cámara de Agnès sabe mirar; sus equipos de sonido saben escuchar. La belleza a veces tosca de lo simple se abre como un poema secreto; un atisbo de luz que se abstiene de encandilar. Hay cierta percepción de lo temporal: en la vida de los pequeños negocios hay tiempos muertos, esperas al ritmo de los clientes o de la materia misma de aquello que se está vendiendo. Hay precisión: la plasticidad de movimientos del artesano, el panadero, la peluquera. Varda, artífice de la imagen, respeta el saber de los que trabajan con las manos. Respeta y ama la pequeña magia que se produce, cada día, entre quienes nutren, arreglan, visten y dan entidad a la calle donde vive. Qué son las ciudades sino ellos, parece decirnos. Y sabemos de qué habla.

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