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Bestiario

A Pancho lo rescataron de la calle pero vive hace dos años en un pensionado porque no encuentra familia

Jimena Barrionuevo
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13 de junio de 2018  • 00:39

Iba a ser un día más en las recorridas que Majo Sierra y Antonella Mica realizan desde 2015 en los barrios vulnerables del Bajo Flores para rescatar del abandono a los perros y gatos que aparecen lastimados, enfermos y preñadas en los alrededores. Pero esa mañana algo les hizo cambiar su recorrido y desviarse hacia Villa Ramón Carillo. Y allí, paralizado por el miedo, temblando del frío y con la cola ensangrentada lo encontraron a Pancho. "Nos bajamos del auto y en cuanto nos vio caminó rápido a esconderse. Un vecino trajo una soga y, luego de un rato, pudimos sacarlo del lugar donde se había refugiado. Lo envolvimos en una frazada, aunque él nos gruñía y nos tiraba a morder, como suele suceder con otros perros en igual situación. Su estado era tremendo. El olor que despedía su cuerpo era nauseabundo. La cola estaba toda lastimada y chorreaba sangre", recuerda Majo.

Y partieron sin perder tiempo hacia la veterinaria. Pancho era un perro adulto, de unos ocho años aproximadamente, y tuvo que quedarse internado para ser estabilizado y hacerle estudios. Había grandes posibilidades de que tuvieran que amputarle la cola ya que se le había formado una bichera, probablemente como consecuencia de una mordida que quedó, desde luego, sin curar. Además, necesitaba ser tratado por el avanzado cuadro de sarna que presentaba.

Luego de tres días de internación y de varias curaciones en su cola, le dieron el alta. "Conseguimos un hogar de tránsito en Capital Federal y allí llegamos con Pancho y su miedo a cuestas. Fue Alejandro quien lo recibió en su departamento y pasó con él más de tres meses. Durante ese tiempo, Pancho dejó de gruñirle y empezó a tomar cada vez más confianza. En sus paseos se seguía mostrando muy miedoso, especialmente con otros perros. El tratamiento para la sarna causó su efecto y en el lomo de Pancho iban apareciendo más pelos. Sus ojos tristes ya no estaban tan grises y su cuerpo iba recuperando la forma normal. Todo el abandono, el frío, el hambre y el miedo que pasó en la calle iba quedando atrás. Pero no dejaba de estar alerta cuando se acercaba una persona o un perro desconocido", dice Majo.

Sin embargo, un viaje al exterior de Alejandro hizo necesario buscar un nuevo hogar de tránsito. Como nadie se ofreció, decidieron pagarle un pensionado. El espacio elegido fue un lugar en el campo, bien amplio, para que los perros pudieran correr y allí lo llevaron. "Desde el día de su rescate, publicamos la historia de Pancho muchísimas veces en Santa Ramona, nuestra página de Facebook pero nunca nadie preguntó por él para adoptarlo o darle tránsito. Hace dos años que pagamos mensualmente su pensionado con la esperanza de que algún día pueda conocer lo que es vivir en familia, pero aún no ha llegado el hogar que cambie para siempre la vida de Pancho", cuenta con resignación.

Lo pasado pisado

La tarea que hacen en Santa Ramona es enorme y muy demandante a la vez. Con muchisimo esfuerzo, rescatan a los animales que están lastimados o enfermos y a las preñadas también. Luego les brindan atención veterinaria y les buscan un lugar donde alojarlos hasta poder darlos en adopción. Sin estructura y sin recursos, con un auto y las donaciones que la gente les da, Antonella Minca, Majo Sierra y Laura Cedeira (que son las que en este momento están al 100%), llevan adelante esta tarea de 24 horas los 365 días del año. "Muchos vecinos del barrio tiene nuestro contacto y nos avisan cuando hay una situación de emergencia: ¿cómo no acudir cuando te cuentan que hay un atropellado tirado en la calle hace dos días? ¿cómo no intentar poner a resguardo a una perra que parió en la calle y está bajo un techo con sus 10 cachorros? Es interminable la situación, porque mientras no se castre de manera masiva, gratuita y constante en el tiempo, seguirán viniendo más y más cachorros al mundo, sólo para sufrir", explica con tristeza Majo.

Confían en que pronto llegará la familia que pueda cambiar la historia de Pancho. Además, con el dinero que actualmente destinan para el pago del pensionado y alimento ($2000 mensuales) pueden ayudar a otros animales y continuar con su tarea. "Pancho es un perro sumiso, lo único que necesita es sentirse cuidado y seguro. Sufrió muchísimo porque, según lo que nos dijo aquel día el vecino que nos ayudó a sacarlo de abajo del auto, era muy agredido por los otros perros del barrio. Si bien le cuesta entrar en confianza con otros perros, puede convivir con ellos (principalmente hembras). Soñamos con verlo calentito entre humanos que lo acaricien y le den amor", piensa en voz alta.

Mientras, aunque aseguran que lo que ellas hacen es pequeño y ayuda a unos pocos, ya son más de 273 perros y gatos los que lograron rescatar del abandono. "Así no vamos a lograr nunca terminar con las causas del abandono animal ni la superpoblación. Hay que educar, concientizar, legislar y ofrecer alternativas al sistema de salud privado. Muchas veces nos encontramos con animales que tienen familia que no puede pagar un tratamiento o, ni siqiuiera, llevarlos al veterinario. Los espacios gratuitos no dan abasto ni ofrecen servicios de atención complejos. Sólo se vacuna o castra en ciertos días", dice con preocupación.

Está comprobado: las castraciones son la única solución ética a la problemática de la superpoblación animal. Deberían ser prioridad del Estado, que las realiza en baja cantidad y sin continuidad. "Frente a esta ausencia, son los particulares quienes tomamos a nuestro cargo la tarea de intentar salvar la vida de los millones de animales que viven en la calle. Es una encrucijada, en realidad, porque sabemos que estamos haciendo lo que debería hacer el Estado. Y que mientras los funcionarios sepan que las ONGs y grupos nos ocupamos de castrar y rescatar, ellos seguirán sin ocuparse del problema. Esto hace Santa Ramona. Es lo mismo que hacen muchisímos grupos en otros barrios de CABA y el Conurbano. Entre todos tratamos de ayudarnos. Estamos en la misma causa".

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