Lanzallamas, cohetes y robots: la leyenda de Elon Musk

Valentín Muro
Valentín Muro PARA LA NACION
Elon Musk en 2015
Elon Musk en 2015 Fuente: Archivo
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12 de junio de 2018  • 15:23

"Elon Musk es un Tony Stark en la vida real", me decía un amigo el otro día. No cuesta ver el origen de la comparación: ambos tienen más dinero que la economía de algunas naciones, el aspecto de un playboy y sobre todo la presencia de alguien que no le debe explicaciones a nadie. Les obsesiona la supuesta ciencia detrás de sus hazañas y no tienen temple para los detalles aburridos.

Al menos en su versión hollywoodense, Tony Stark es el multimillonario traficante de armas que luego de una serie de eventos desafortunados se fabrica una armadura que lo habilita en sus proezas superheroicas. Robert Downey Jr, que encarna el personaje desde 2008, confesó que basó parcialmente su actuación en el mismísimo Musk, a quien incluso puede verse durante unos segundos en aquel debut cinematográfico.

Musk, por su parte, lentamente fue ocupando el enorme agujero que dejó Steve Jobs luego de su muerte, pero no solo como el arquetípico "emprendedor serial" sino como algo mucho más poderoso. En el imaginario colectivo logró ubicarse como una suerte de inquieto permanente, igualmente brillante como adinerado, en la búsqueda constante de nuevas ambiciones que perseguir.

Y es justamente el asunto de su ambición lo que no encuentra parangón con ninguna otra figura pública. En poco menos de veinte años Musk fundó SpaceX, una empresa aeroespacial, invirtió en Tesla, una marca de autos eléctricos con la esporádica pretensión de manejarse solos, fundó The Boring Company, una empresa de túneles, ayudó a fundar SolarCity, que vende infraestructura solar, y procuró hacer aportes científicos, por así decir, a la disciplina de la inteligencia artificial y el transporte.

¡Autos, cohetes, túneles, trenes y robots! La descripción del portfolio de Musk suena como la del cajón de los juguetes de un niño. Ante tales extravagantes ambiciones empieza a hacerse obvio cómo Musk es el sueño de todo aquel en búsqueda de clics. No tiene reparos en afirmar que probablemente estemos viviendo en una simulación (una antigua idea que ha generado su propio catálogo de refutaciones), que el desarrollo de la inteligencia artificial es más peligroso que las bombas nucleares (otra idea bastante mal concebida) y hasta llegó a bromear con estar fabricando un traje de Iron Man para el Pentágono.

De la repercusión que pueden tener sus palabras Musk parecería ser cada vez más consciente, en parte como víctima y en parte como protagonista de su propio relato. No sólo cada vez tuitea más, y de forma más desaforada, sino que la propia construcción de su figura pública no hace más que exacerbar los prejuicios en su contra. Jugar públicamente con la ambigüedad entre ser un villano o un genio puede divertir un rato, pero se vuelve patético rápidamente.

Su figura une todos los puntos que hacían al "gran hombre" decimonónico como motor de cambio. Thomas Carlyle, el filósofo escocés, decía en 1840 que "la historia de lo que la humanidad ha logrado en este mundo es la de aquellos Grandes Hombres que han trabajado aquí". La idea fue ampliamente refutada prácticamente desde su concepción, pero eso no hace que la leyenda del genio solitario finalmente muera. Si Musk nos sirve de ejemplo, toda su mitología está fundada en la figura del inventor solitario, que no es más que una útil ficción.

El cohete estratosférico de Elon Musk

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Pero esta construcción narrativa de su éxito no sólo es ficticia, sino que puede ser terriblemente dañina para las estructuras necesarias para la innovación. Por ejemplo, comenta la escritora de ciencia Amanda Schaffer, suele dejarse de lado el relato la inmensa financiación estatal, tanto para sus cohetes, autos eléctricos y paneles solares, como las contribuciones científicas que hicieron posibles a sus empresas. "Es tan responsable del escenario tecnológico en el que opera como los rusos del duro invierno que les permitió aniquilar a Napoleón", dice Schaffer.

Su acaparación del primer plano tampoco pasa desapercibida en sus propias empresas. Como cuenta Ashlee Vance en Elon Musk (2015), cada vez que alimenta la fábula de que prácticamente diseñó sus cohetes y autos por cuenta propia se pone en contra a medio equipo. La otra mitad es la que no tiene problema en bajar la cabeza y seguir trabajando mientras Tony Musk le habla a las cámaras.

Una de las voces que con mayor facilidad se irrita al leer los comentarios desproporcionados de Musk es Mariana Mazzucato, economista italiana que se especializa en la relación entre los sectores público y privado, y autora del indispensable El Estado emprendedor (2011). Mazzucato señala que Musk, como Jobs antes que él, rápidamente deja de lado la densa trama de aportes estatales que hicieron posibles sus "innovaciones". No se trata de quitarles mérito, se trata de evitar que lo acaparen.

Esta semana The Boring Company, su empresa de túneles, empezó a entregar los 20 mil "no lanzallamas" (el nombre es para evitar problemas) que puso en venta a 500 dólares en enero como ardid de marketing. El costo del dispositivo, que no es más que un soplete pegado a una pistola de aire comprimido, en realidad ronda los 100 dólares. Lo hiciste de nuevo, Elon, aunque nadie, realmente, entiende el sentido más allá del dinero. Y, aparentemente, tampoco nadie quiere hacerse cargo de repartirlos.

Para ser un genio científico-tecnológico Musk muchas veces parecería caer en la definición de multimillonario apático que vive atrapado en su propia versión lunática de la realidad. La fiesta en la que se entregaron los primeros mil lanzallamas se llevó a cabo en el estacionamiento de SpaceX en Hawthorne, CA, a solo 65 kilómetros de donde había en ese mismo momento una serie de incendios forestales. El año pasado fue por lejos el peor año de la década respecto de los incendios en California y uno de los peores de su historia. Pero ahí lo tenés al genio maligno repartiendo lanzallamas y quemando malvaviscos.

Sumado a sus elaboradas bromas piromaníacas, Tesla cada vez más es objeto de escrutinio. A diferencia de SpaceX, por ahora de inversión privada, Tesla cotiza en bolsa y sus inversores están cada vez más nerviosos. No solo sus autos con "piloto automático" se vieron involucrados en una serie de accidentes que afectan la percepción de la empresa, sino que las demandas de sus operarios por sindicalizarse y poder reclamar por mejores condiciones laborales son cada vez más notorias. Hasta hace poco Tesla tenía 30 por ciento más accidentes de trabajo que el promedio de la industria.

Musk, por su parte, dice que empezó a dormir en la oficina para poder hacer su aporte a la producción. Nadie podría criticar el gesto, pero algo de cinismo esconde la posibilidad de obtener 55 mil millones de dólares si todo sale de acuerdo al plan, en oposición a operarios que simplemente sugieren objetivos de producción más realistas.

Lloré con un vaso de whisky en la mano cuando en febrero de este año vi aterrizar verticalmente dos cohetes de forma coordinada y en tiempo real. Por streaming seguía el lanzamiento del Falcon Heavy de SpaceX que puso a u n auto Tesla en órbita alrededor del Sol. Estos méritos no son menos porque le bajemos el tono al heroísmo de su cara pública. En cambio, se trata de poner en contexto estos aportes, sobre todo para que puedan florecer miles de emprendimientos equivalentes.

La erradicación de los aportes del sector público a los relatos de la ciencia o la tecnología no hace más que poner en peligro a los futuros que nos hacen brillar los ojos. No sólo es impensable la exploración espacial sin fondos públicos, sino que también lo es el futuro de vehículos eléctricos, infraestructura eléctrica solar o transporte público supersónico en túneles. Si Musk es el mejor ejemplo de vanguardia científico-tecnológica privada por encima de lo público, el ejemplo funciona más bien como una refutación de su propia premisa.

Musk está dándole a una generación el tipo de historias que no cuesta imaginar contaremos en apenas unos años. Estuvimos ahí para ver cómo una vez más procuramos alcanzar las estrellas. Pero como sugiere Mazzucato, es inspirados por la admiración que Musk nos genera que debemos entender lo que sucede en el esplendor de su complejidad y no reducirnos a relatos que nos gustan pero que poco tienen de ciertos.

Ray Bradbury decía en el epígrafe a Crónicas Marcianas (1946), que "es bueno renovar nuestra capacidad de asombro -dijo el filósofo-. Los viajes interplanetarios nos han devuelto a la infancia." Musk puede que no sea un superhéroe, tampoco un villano ni un filósofo, pero ha renovado nuestra capacidad de asombro, y eso no es poca cosa.

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